sábado, 20 de enero de 2018

Nazis y alpinistas

Mario Szichman


¿No se alimentará la complacencia
En el mundo de las imágenes
De una terquedad sombría en contra del saber?
Walter Benjamin

Discursos Interrumpidos
Todas las cosas hay que hallarlas entre líneas.
Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda nazi
Michael, novela




Ciertos deportes encarnan una filosofía de la vida que termina a veces convirtiéndose en una doctrina política. Stendhal decía que “En Inglaterra, los ricos, aburridos de su casa y con el pretexto de hacer ejercicio, recorren cuatro o cinco leguas cada día, como si el hombre hubiera venido al mundo para trotar. De este modo, gastan fluido nervioso por las piernas y no por el corazón”.
Si uno analiza esa genealogía de joggers que se inició con los tories británicos, descubrirá que la observación de Stendhal tiene cierta lógica. El trote extenuante es un ejercicio solitario, y una buena alternativa a los anhelos de escapada de un político o de un ejecutivo. Tiene la ventaja de impedir a una persona pensar en sus semejantes, que en su campo de visión se transforman en figuras difusas y temblorosas.
De la misma forma, durante la República de Weimar, en la década del XX del siglo pasado un deporte, el alpinismo, templó los corazones de los jóvenes ansiosos por extraer de la espalda de Alemania el puñal olvidado por los políticos y devolverle el papel que le correspondía en el concierto de las naciones.
Cada fin de semana, exaltados estudiantes de Munich abandonaban la capital y sus tentaciones y enfilaban hacia los frígidos Alpes bávaros para dar rienda suelta a sus encumbradas pasiones.
Tan popular era el deporte de los alpinistas que incluso se creó un género cinematográfico exclusivamente germano: el filme de escaladores. Y un realizador, el doctor Arnold Fanck, casi monopolizó el género, secundado por algunos colaboradores que, como Leni Riefenstahl, luego directora de El Triunfo de la Voluntad, terminarían creando una estética cinematográfica nazi.

                                               Propaganda del filme El triunfo de la voluntad

La técnica de Franck, decía Siegfried Kracauer, “combinaba precipicios y pasiones, acantilados inaccesibles y conflictos humanos insolubles (…) picahielos centelleantes y sentimientos inflados”. De esa manera, “la idolatría de los glaciares y las rocas fue uno de los síntomas de un irracionalismo que los nazis se encargaron de capitalizar”.
Ese socialismo para alpinistas, que se transformó en alpinismo nacional-socialista, tuvo un correlato literario en la novela Michaelde Joseph Goebbels (3) escrita algunos años antes de que el cínico escalador trepara al cargo de ministro de Propaganda del Tercer Reich.

TREPANDO AL MÁS ALLÁ


Goebbels y Hitler

La novela, con su combinación de precipicios y pasiones, acantilados inaccesibles y conflictos humanos insolubles, es interesante por tres razones: como ensayo general de los temas propagandísticos que Goebbels divulgaría posteriormente durante el Tercer Reich, pues confirma el daño que puede causar a la humanidad el artista fracasado -es difícil encontrar en otros elencos políticos fuera del nazismo una galería tan variada de seres tan ansiosos por exterminar a quienes no reconocían su talento- y porque muestra cómo el romanticismo no sólo coexiste con el cinismo, sino que parece ser su condición indispensable.
Escrita en 1923, Michael. Páginas de un destino germano, fue publicada en 1929, cuando Goebbels adquirió prominencia como director de la publicación nazi Volkische Freiheit.
En esos seis años, muchas cosas pasaron en Alemania y en la vida personal de Goebbels, que se reflejan en su novela. En 1923 murió Richard Flisges, un amigo de Goebbels a quien la novela está dedicada. En 1929, los nazis contaban ya con una organización política a nivel nacional.


LA TRANSFIGURACIÓN ROMÁNTICA

Flisges, dice Adam Parfrey en su prefacio a Michael, “expresó puntos de vista anarquistas, pacifistas y socialistas, e introdujo a Goebbels en Marx, Engels, Lenin y Dostoievski”.
Michael es parte Flisges, y parte Goebbels. Es bueno tener en cuenta esa dicotomía. Uno no debe olvidar que en la doctrina nazi de comienzos de la década de los veinte, el socialismo era la mitad de su fórmula.
El Michael, confeccionado sobre la silueta de Flisges, expresa puntos de vista socialistas: “Todos nosotros somos soldados en la revolución del trabajo”, dice su protagonista. “Queremos el triunfo del trabajo sobre el dinero. Eso es socialismo”. Pero el otro yo del doctor Merengue aportado por Goebbels da rienda suelta a su antisemitismo y a su darwinismo social;  “Me siento físicamente disgustado por los judíos”, dice el hombre que cojea de un pie. “Los judíos han violado a nuestro pueblo… El judío es una úlcera en el cuerpo de nuestra enferma población… Hay sólo dos posibilidades: o permitirle que nos destruya, o impedirle que haga daño. Ninguna otra alternativa es concebible”.
Del mismo modo, todo el texto tiende a una exaltación de la violencia. “La guerra es la forma más simple de afirmación de la vida”, dice Michael.

Novela de iniciación y finalización, pues Goebbels, hasta su suicidio, junto con el de su esposa y seis de sus hijos nunca volvió a incurrir en el género, Michael muestra el germen del héroe nazi en sus múltiples facetas: soldado, trabajador, amante, filósofo y poeta, que divide el mundo entre el intelecto y la acción (“el intelecto es un peligro para el desarrollo del carácter… No estamos en la tierra para llenar nuestros cerebros con conocimiento. Todo es periférico si no tiene relación con la vida… El milagro de una nación nunca radica en el cerebro sino en la sangre… El corazón soluciona muy fácilmente todas las cosas con las cuales la mente se ha atormentado durante siglos”) y entre la ciudad, poblada de filisteos, y el campo con seres nobles, “un antiguo, silencioso cementerio” y casas antiguas arracimadas en torno a la vieja catedral como polluelos en torno a la gallina clueca.

BEBÉS DE INCUBADORA

Por supuesto, abundan las lágrimas. Cada vez que Michael lee Wilhelm Meister, de Goethe, “las lágrimas asoman a mis ojos”. También se emociona escuchando La Novena Sinfonía de Beethoven, la Oda a Safo, de Brahms, y los Impromptus de Schubert.
¿Y por qué se emociona Michael? Porque, como se lo explica su platónica novia Herta Holk, “tú eres un idealista, Michael, inclusive en tu actitud hacia las mujeres”.
El idealismo de Michael hacia las mujeres es curioso. Consiste en estas reflexiones: “la tarea de una mujer es ser hermosa y traer niños al mundo (…), odio a las mujeres vociferantes que se entrometen en todo y no entienden nada. Ellas habitualmente olvidan su verdadera misión: criar niños”.

Pero por sobre todas las cosas, Michael es un alpinista. Cuando Michael se pone en contacto con precipicios y pasiones, acantilados inaccesibles y conflictos humanos insolubles, su prosa tiene la elaborada ornamentación de un reloj cucú.
“Esto es lo que anhelaba”, dice Michael cuando finalmente vuelve a las alturas, “toda esta divina soledad y calma de las montañas, esta nieve blanca, virginal”. (Goebbels tenía un problema con la pasión sexual).
“Estaba harto de la gran ciudad. En las montañas siento que he vuelto al hogar. Paso muchas horas en su blancura inmaculada y me vuelvo a encontrar a mí mismo”.
Es posible que pocos meses antes de la publicación de Michael, en 1929, tal vez cuando corregía las galeras para la publicación de la novela, Goebbels percibiera otra buena ocasión de trepar e incluyera la que históricamente es ahora la parte más famosa del libro, su visión del líder:
“Me siento en un cuarto que nunca antes había visto.
“Apenas advierto la presencia de una persona que de repente se para en el cuarto y comienza a hablar. Tímido y vacilante al principio, quizás buscando palabras para cosas demasiado grandes como para ser comprimidas en formas estrechas.
“Entonces, súbitamente, el flujo de su discurso se desata. Quedo cautivo, presto atención. El hombre gana ímpetu. Parece iluminado.
(…)
“No es un orador. Es un profeta.
(…)
“El hombre en el podio me observa por un momento. Esos ojos azules me golpean como flamígeros rayos. ¡Es una orden!
“En ese momento me siento renacer”.
Para algunos, resulta difícil compaginar este exaltado romanticismo con Goebbels el ministro de Propaganda, conocido por estudiar durante horas frente al espejo la manera más espontánea de expresar sus emociones.
El historiador Hugh Trevor-Roper dice que el 18 de febrero de 1945, en las postrimerías del nazismo, Goebbels organizó una gran manifestación en el Palacio de los Deportes de Berlín. Durante su discurso, Goebbels apeló a su “habitual radicalismo histérico. Albert Speer, que se hallaba en el lugar, dijo luego que nunca había visto una audiencia tan eficazmente exaltada al fanatismo”.
Pero luego del discurso, y “ante el asombro de Speer, Goebbels con tranquilidad y complacencia analizó, como un ejercicio puramente técnico, el discurso que en ese momento parecía una espontánea explosión emocional. Inclusive en su momento de mayor fanatismo, Goebbels fue siempre el realista desapasionado, que observaba con desprendida, profesional experiencia, el efecto de su oratoria cuidadosamente estudiada”.
La coexistencia de idealismo y cinismo, esa conjunción de Flisges y Goebbels que dio origen a Michael, fue un conflicto que el líder nazi nunca pudo resolver.

Es curioso que Michael brinde al menos dos claves personales del hombre detrás de la máscara. Una es el nombre de su amante, Herta Holk. La hache inicial fue reiterada en el nombre de cada uno de sus seis hijos. La otra es aún más significativa: Michael comienza el dos de mayo, un día después de la fecha del suicidio de Goebbels y de toda su familia, que ocurrió el primero de mayo de 1945. Finalmente, el romántico y el cínico volvieron a estrecharse las manos al cerrarse el circuito iniciado con la novela Michael.

miércoles, 17 de enero de 2018

Las narrativas imposibles

  
Mario Szichman




¿Por qué ciertas narrativas crecen fecundas en un suelo, y otros nunca prosperan, ni siquiera con un buen trasplante? ¿Por qué el Cándido de Voltaire parece imposible de ser pensado en otro sitio que no sea Francia? ¿Por qué El buen soldado Schweik de Jaroslav Hasek es difícil de imaginar fuera de Europa oriental? ¿Es posible un Robinson Crusoe español? ¿Es factible un Buscón inglés?
Aventuro una hipótesis. El Cándido no puede prosperar sin una fuerte influencia de corrientes filosóficas en una sociedad, y de filósofos en sus salones. Y eso engendra su opuesto: el deseo de poner en ridículo esas corrientes y especialmente a sus portavoces.
Todo el Cándido es una burla a Leibnitz y a su teoría de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Pero para eso, Leibnitz debía ser bastante conocido en los círculos que frecuentaba Voltaire, y algunas de sus teorías lo bastante divulgadas y satirizadas para que el escritor francés decidiera que había llegado el momento de poner al filósofo alemán en la picota.
Algo parecido ocurre con Schweik. El buen soldado es un malingerer, una persona que se finge enferma para no cumplir sus funciones. Lleno de ardor patriótico, nadie sabe cómo se las arregla para postergar siempre su llegada a la línea del frente. Pero sucede que no es lo mismo ser patriota en la patria de uno que patriota en tierra ajena. Y Schweik es checo, y su país ha sido subyugado por la monarquía austro-húngara. La forma de mostrar patriotismo hacia su verdadera patria es hacer lo posible y lo imposible para no servir de carne de cañón en la patria impuesta por el ocupante.


¿Es posible transferir Robinson Crusoe a una isla española? Según los historiadores, Robinson Crusoe es la versión novelada de un auténtico naúfrago, Alexander Selkirk, un marino escocés que pasó cuatro años en una isla desierta. El naufragio de Selkirk ocurrió a fines del siglo XVII, una época en que esa ocurrencia era moneda corriente en las principales líneas de navegación del Atlántico.
Muchos españoles fueron víctimas de naufragios. Pero ¿qué convierte a Robinson Crusoe en una epopeya difícil de imitar en el mundo de habla hispana? Tal vez sus atributos mercantiles, poco afines al espíritu español, o quizás su flexibilidad, secuela de un ímpetu capitalista.
Cada población humana distingue ciertos objetos por la incidencia que tienen en sus vidas. En los lenguajes Sami, del norte de Escandinavia, nos informa Peter Trudgill en su excelente trabajo Sociolinguistics, hay muchas palabras asociadas con el reno. A su vez, los beduinos árabes tienen muchas palabras vinculadas con el camello.
¿Qué harían los anglosajones sin la palabra business? Posiblemente perecerían. Tengo en mi pantalla el diccionario electrónico Oxford. Abro la ventanita de business, y me informa que business se puede traducir como negocios, o comercio. Pero cuando se comienzan a analizar las frases hechas que incluyen “business”, el tamaño es abrumador.
Si un anglosajón quiere impedir que otro se entrometa en sus asuntos personales, le dice, “That´s none of your business”, (eso no es asunto tuyo). Los dueños de perros los sacan a pasear para que hagan sus “business”. Cuando el gobierno de Washington, cada vez con más frecuencia, debe arrojar por la borda a una de esas pesadas cargas que son sus secretarios de gabinete, lucha con denuedo para dar la apariencia de “business as usual”, de que no ha pasado nada.
En nuestros países, tenemos los refranes: Antes es la obligación que la devoción, o Primero el deber, y después el placer. Predomina el sentimiento estoico, religioso. En Estados Unidos eso se traduce como “business before pleasure”, negocios antes que el placer.
Y Robinson Crusoe es la primera figura de la literatura moderna que piensa como un comerciante. ¿Cuál es la esencia del espíritu mercantil? Que se acomoda a la naturaleza, en vez de enfrentarse a ella. Como sabemos, la naturaleza odia la artritis. Y el comerciante odia todo aquello que entorpezca sus deseos de ganancia.
En el mundo del vestuario, un sucedáneo de la artritis es la armadura. Seguramente un Robinson Crusoe español nunca se hubiera querido librar de la armadura. Un Robinson Crusoe con armadura no hubiera sobrevivido a la puesta del sol. (No hay mejor prueba del realismo cervantino que analizar las vicisitudes afrontadas por el Quijote por negarse a prescindir de algún elemento de su armadura).
El Robinson Crusoe de Defoe cree fervorosamente en el trabajo, y necesita indumentarias cómodas para trabajar. Descubre, a diferencia del conquistador español, que el oro es totalmente irrelevante en la isla desierta. (Up to a point, hasta cierto punto, como diría Evelyn Waugh. Pues tras encontrar algunos doblones de oro en el galeón semi hundido del que ha logrado huir, y luego de pronunciar algunas hipócritas frases sobre lo deleznable de esas riquezas materiales, Robinson Crusoe lo piensa mejor, y decide atesorar las monedas. Hay un solo elemento que le falló a Defoe. ¿Dónde guardó las monedas? Pues antes de lanzarse al agua, el protagonista se había quitado los pantalones).
Además, Robinson Crusoe es un personaje muy práctico. Le parece más importante conseguirse una ridícula sombrilla para protegerse del sol, que ponerse de rodillas y rezarle a Dios para que libre de los feroces elementos. (El náufrago sólo eleva sus oraciones al señor tras una demoledora jornada de trabajo).
No me imagino un Robinson Crusoe español desprovisto de rígidos brocados, de camisas que concluyen en cuellos envarados, de casacas que parecen hechas de latón, o de esos guantes de cabritilla que oprimen las manos y estrangulan los dedos, o de jubones estrechos y de tela tiesa, o de esas botas de caña entera, pese a la temperatura ambiente. Y además ¿es concebible un Robinson Crusoe español sin un criado?
Un Robinson Crusoe español demostraría una moral invencible. Su lema sería Que se rompa, pero que no se doble.
Cuando pienso en un Robinson Crusoe español, recuerdo la leyenda de ese monarca, también español, que estaba cerca de la chimenea. Sus ropas comenzaron a arder, y él decidió achicharrarse vivo antes que dignarse a pedir a su criado que lo salvara del fuego. El monarca no quería humillarse ante un subalterno.
¿Qué haría Robinson Crusoe, el auténtico, al tropezar con una armadura? Supongo que la fraccionaría y la volvería a componer. Y eso, por cierto, es lo que ocurrió en las colonias del norte de América cuando llegaron los primeros peregrinos. También ellos traían armaduras enteras. Pronto descubrieron que esas no eran las mejores indumentarias para enfrentar a los indios, pues eran pesadas, incómodas para usar.
Por lo tanto, los herreros decidieron seccionar las armaduras y unir sus partes con argollas. Eran así mucho más livianas, se adaptaban mejor al cuerpo, y rechazaban las flechas. Además, de cada armadura original podían obtenerse cuatro o cinco. (Una técnica más capitalista que feudal).
Y si Robinson Crusoe nunca podría prosperar en suelo donde se habla el español, uno de los géneros de la literatura española, la picaresca, muy difícilmente cuente con un sucedáneo en el mundo de habla inglesa.




¿Qué tiene el Buscón que lo hace tan intransferible al inglés? Bueno, en primer lugar, sus inagotables juegos de palabras. Don Pablos, el Buscón, al comentar la supuesta nobleza del bribón de su progenitor, señala, “Dicen que era de muy buena cepa, y según él bebía es cosa para creer”. El hermano del Buscón muere “de unos azotes que le dieron en la cárcel”. Y su madre lo lamenta mucho “por ser tal que robaba a todos las voluntades”.
¿Cómo traducir la hambruna que pasan don Pablos y don Diego Coronel en la casa del licenciado Cabra? El licenciado tiene “las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas”. Don Diego Coronel le explica al Buscón que intentó “persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían creer”.
¿Cómo explicar en inglés las peripecias del Buscón en la corte de Madrid, rodeado de pícaros que se hacen pasar por gentilhombres, y prodigan embustes para sobrevivir?
Uno de ellos enuncia: “Jamás se halla verdad en nuestra boca. Encajamos duques y condes en las conversaciones, unos por amigos, otros por deudos, y advertimos que los tales señores, o están muertos o muy lejos”.
Inclusive las ropas en el Buscón cumplen una función impensable para Robinson Crusoe. Hay una genealogía de la vestimenta que se asocia no con la producción, sino con la sobrevivencia.
“No hay cosa en todos nuestros cuerpos que no haya sido otra cosa y no tenga historia”, enuncia uno de esos gentilhombres. “Esta ropilla; pues primero fue greguescos, nieta de una capa y bisnieta de un capuz, que fue en su principio, y ahora espera salir para soletas y otras cosas. Los escarpines, primero son pañizuelos, habiendo sido toallas, y antes camisas, hijas de sábanas; y después de todo, los aprovechamos para papel, y en el papel escribimos, y después hacemos dél polvos para resucitar los zapatos, que de incurables, los he visto hacer revivir con semejantes medicamentos”.
Leyendo recientes reseñas de críticos anglosajones sobre El Buscón, sigo encontrando rechazo, hasta repugnancia por la falta de moral de Don Pablos.
¿Qué ética puede encontrarse en un personaje que tiene como progenitores a un ladrón y a una hechichera? ¿Qué personaje puede ser rescatado en el peregrinaje que emprende don Pablos desde su hogar hasta la Corte?
Y entonces, reflexiono nuevamente en Robinson Crusoe, con su moral elástica, y sus suaves hipocresías –como abominar del maldito oro, y luego guardárselo, aunque ignoramos cómo– y observo a don Pablos, que es de una sola pieza, acatando las desdichas que le ha tocado sufrir, sin mentir nunca, sin tratar de disculparse. Es imposible eludir la admiración.
Pienso que si alguien lo enfrentara para reprocharle su actitud, el Buscón lo miraría, arrogante y despectivo, y le respondería con una frase que suena mucho mejor en inglés: “That´s none of your business.”


sábado, 13 de enero de 2018

Malas y buenas novelas


Mario Szichman
Mark Twain

        ¿Es la escritura de malas novelas un arte o un oficio? Me inclino por el oficio. Pues si se trata de un arte, debe ser producto de la inspiración. Pero ¿qué sentido tiene inspirarse para escribir una mala novela? En cambio, si es una manera de ganarse la vida, es posible que algunas instituciones académicas enseñen a escribir malas novelas y cuenten con  planes de estudio, profesores, y asignaciones de tareas, aunque no se divulguen como academias. Pero que existen, existen. Pues los resultados están a la vista.
        Basta observar los estantes de cualquier librería, o las hileras de novelas en cualquier biblioteca de mediano tamaño, para advertir la proliferación de textos ominosos. Y en ese mundo paralelo poblado por recusados émulos de un Cervantes o de un Proust estoy seguro que figura el Don Quijote de las ficciones repudiables, y el retrato en negativo de A la búsqueda del tiempo perdido. Es solamente cuestión de explorar.
     Por supuesto, nadie busca sugestionarse para escribir malas novelas o invierte parte de sus ahorros para que lo adiestren en el ejercicio de lo deplorable. Es probable que esos prosistas hayan empezado transitando por la buena senda y en el camino entablaron amistad con malas compañías, hasta que concluyeron redactando malas novelas. Pues nadie es el mal puro. Antes de sus campañas de exterminio, Hitler fue un buen hijo. Amaba a su madre con una devoción que se acercaba al incesto.

¿ES POSIBLE SABER CUÁNDO UNA NOVELA ES MALA?

         Y eso nos conduce al núcleo del dilema. ¿Qué es específicamente una mala novela? ¿En qué se distingue una mala novela de una novela buena? ¿Existe una categoría llamada “novela buena” y otra clasificada como “novela mala”? Diariamente, a nivel mundial, se publican centenares de novelas. Y la gran mayoría, de acuerdo a los expertos de la industria, suelen ser novelas malas.
      Malísimas novelas se convierten en formidables best-sellers, en tanto maravillosas novelas pasan de inmediato a dormir el sueño de los justos. Stendhal vendió exactamente 57 ejemplares de Rojo y Negro. Por supuesto, luego las ventas empezaron a subir, pero varias décadas  después de su fallecimiento.
       Eso indicaría que un buen rasero para evaluar si una novela es mala consiste en aguardar el paso del tiempo. Paul Collins dice en su libro Banvard´s Folly (Editorial Picador, Nueva York, 2001) que más del noventa por ciento de la producción intelectual y artística de un ciclo histórico termina en el tacho de basura. Poemas, novelas, cuadros, que eran considerados en una época obras de genios, han desaparecido completamente del inventario de la humanidad.
    Si no fuese por Collins, nadie hubiera rescatado del olvido a personas injustamente célebres durante su vida, y cuyos méritos eran tan absurdos como sus aparentes logros. Ahí está el caso de Martin Tupper, que a mediados del siglo XIX compartía el Parnaso con Nataniel Hawthorne, Alfred Tennyson y Harry Longfellow. No solo eso: Tupper fue uno de los duendes inspiradores de Walt Whitman. El gran poeta norteamericano dijo en una ocasión que de no ser por Proverbial Philosophy, el libro más famoso de Tupper, jamás habría escrito Hojas de Hierba.
     Trate el lector de encontrar un ejemplar Proverbial Philosophy de Tupper, y le resultará difícil. Y sin embargo, a mediados del siglo XIX, Tupper logró vender de Proverbial Philosophy unos 250 mil ejemplares en el Reino Unido, y 1,5 millones en Estados Unidos. Por esos mismos años, Edgar Allan Poe necesitaba escribir un cuento por semana para las revistas y diarios de Baltimore a fin de mantener cosido el cuerpo a su alma.
     Collins es otro ensayista que cree en la piadosa labor del tiempo para librarnos de la mala literatura, de la mala pintura, de la mala escultura. Pero entre tanto ¿cómo hacemos para extirpar la mala hierba?

LA LABOR DE LA PRINCESA MIAGKAYA

     Es allí donde ingresa el buen crítico literario, que recuerda a la princesa Miagkaya, la inmortal creación de Tolstoi. Si alguien desea conocer el genio de un escritor no debe buscarlo en los grandes personajes sino en aquellos seres que transitan apenas algunas páginas de un texto, y en ese corto tramo se hacen inolvidables.
     La princesa Miagkaya necesita apenas tres páginas de Ana Karenina para hacer imborrable su figura. En una escena, la princesa Myagkaya dice que Ana Karenina es “una mujer espléndida. No me gusta su esposo, pero ella me gusta mucho”.
      Cuando alguien le pregunta por qué no le gusta Alexei Karenin, el marido de Ana, considerado “uno de los escasos estadistas que existen en Europa”, la princesa responde: “Sí, mi esposo me dice lo mismo. Pero yo no lo creo. Si nuestros esposos no hablaran con nosotras, veríamos las cosas tal como son. Yo creo que Alexei Karenin es simplemente un idiota. Cuando me pedían que lo juzgara una persona inteligente me la pasaba todo el día buscando su talento, y me creía una idiota por no descubrirlo. Pero en el mismo instante en que pensé que Alexei era un idiota, todo se aclaró. Una de dos, o él es un idiota, o la idiota soy yo. Y como nadie puede decir de sí mismo que es un idiota…”
       Tengo gran confianza en los críticos que además admiro como autores. Ellos siempre conducen por la buena senda. Algunos de los ensayos de Borges, como su Arte de injuriar, o El escritor argentino y la tradición, además de tener una afable ironía, ayudan a extirpar la mala hierba.
      Me causa mucha gracia este comentario que hizo Borges tras leer que un poeta uruguayo había escrito el siguiente verso: “El poncho fue el primer techo que tuvo el gaucho”. Borges dijo que le provocaba curiosidad ese “curioso techo con un agujero en el medio”.

  Heinrich Heine 

      Heinrich Heine era otro formidable crítico. Y perdura fuera de Alemania más como crítico que como poeta, simplemente porque carece de buenas traducciones, pues su poesía es excepcional.
     Sin embargo, ensayos como La escuela romántica o Religión y filosofía en Alemania, son incomparables. Heine es un maestro cuando se trata de bajarles los humos a las nulidades engreídas. Dijo del poeta francés Alfred de Musset que su vanidad “era uno de sus cuatro talones de Aquiles”. Y en sus ensayos literarios no temió siquiera arremeter contra Goethe, (“Goethe es un gran hombre que luce el chaleco de seda de un cortesano” dijo en cierta ocasión). Pero en ese caso específico, Heine tuvo también la generosidad de proclamar la gloria del gran hombre de letras.
    Quien más se acercó a la definición de qué constituye una buena novela es Mark Twain, tras mostrar lo que era para él una mala novela: The Deerslayer, de James Fenimore Cooper.


      En su trabajo, James Fenimore Cooper Literary Offenses, Mark Twain se preguntaba si The Deerslayer era una obra de arte, y respondía de inmediato con un rotundo no. La novela, explicaba el autor de Huckleberry Finn, “Carece de inspiración. No tiene orden, sistema, secuencia o resultado. Le falta vida, fogosidad, emoción, realidad. Sus personajes han sido diseñados de manera confusa. Sus actos y sus palabras demuestran que no son la clase de personas que el autor asegura que son. El humor es patético. El patetismo es risible. Las conversaciones son… ¡oh, indescriptibles! Sus escenas de amor resultan odiosas.  El inglés que se usa es un crimen contra el lenguaje. Aunque, si todo eso se descarta, lo que resta es arte. Eso hay que reconocerlo”.

LA TAREA DEL ALBAÑIL

     Exigimos a un albañil aquello que nunca nos atrevemos a pedirle a un escritor. Si un albañil, como los sabios de la Academia de Lagado, empieza a construir una vivienda por el techo, si sus paredes quedan torcidas, o los baños se inundan por un mal drenaje, o se levantan los pisos, de inmediato le entablamos juicio por incumplimiento de contrato.
     Sin embargo, no sancionamos a ese escritor cuyas tramas son absurdas, su sarcasmo pobre, su humor incómodo, sus dramas cursis, sus escenas de amor despreciables, sus personajes marionetas, y sus confusos diálogos enuncian tonterías afines a sus ideas.  
     Obviamente, el albañil es un profesional, que necesita acatar normas y procedimientos. Y el mal narrador es un amateur que ha descubierto una gran herramienta para salvarse de las críticas y hacer pasar gato por liebre: la mezcla de géneros.

LA NOVELA BIFRONTE

     Uno de los híbridos más exitosos, al menos a nivel de la academia, es la cruza entre el ensayo y la novela, pues puede funcionar de manera simultánea como drama y como parodia.
     Alfred Hitchcock le decía a Francois Truffaut que en la época del cine mudo era posible alterar totalmente el guión de un filme usando subtítulos. Como el actor sólo pretendía hablar y el diálogo aparecía de inmediato en la pantalla, se le podían poner en la boca cualquier cosa que al director se le antojara. Así se salvaron de la hoguera muchas malas películas.
    “Por ejemplo, si el drama había sido pobremente filmado y resultaba totalmente ridículo”, le dijo Hitchcock a Truffaut, “se le insertaban títulos cómicos y así la película se mudaba en sátira y lograba un gran éxito”.  
     En los últimos años he tenido ocasión de leer varias novelas bifrontes donde es imposible separar la ficción de la crítica literaria. Y el enlace es generalmente la sátira de textos. El ensayista se disfraza de narrador, y el narrador se ciñe en la trama del ensayo.
     En una de esas novelas el narrador, que es además un narrador, nos informa que ha escrito una novela de la cual no parece muy convencido de su calidad. Ya con el solo hecho de que el escritor se arriesgue a incluir la narración en su narración, y la desprecie, está amparado de la crítica. Con ese gesto, le advierte al crítico que, gracias a su ironía –la del autor– se ha distanciado del texto y puede juzgarlo con la misma eficacia que un crítico.
       Al trabajar el híbrido, el autor redime a su novela de lo que realmente es. La novela en sí está pobremente escrita,  y resulta muy aburrida. Se trata de una especie de guía turística donde invita a viajar por las mentes de los popes del postmodernismo.
     Pero al insertar la noción de parodia, el autor consigue que el híbrido funcione no como un fracaso, sino como una parodia del fracaso. El elemento clave es el injerto de la palabra parodia. Así el autor se adelanta al juicio del crítico, que podría considerar la novela un fracaso ausente de toda parodia.
Como esa mujer cuyas piernas delgadas revelan que no tendría por qué haber engordado, excepto si se tiene en cuenta que era la única manera de ampararse de su sexualidad, el mal novelista se recubre de las capas de grasa de diferentes textos y de la noción de parodia a fin de bloquear la penetración del crítico o del lector.
       Por supuesto, apostar a la parodia cuando se trata de un mal texto, enfrenta otros peligros. Pues, como decía el profesor Kendall en Savage Night de Jim Thompson, la parodia “no puede existir fuera de la enrarecida atmósfera de la excelencia. La parodia es excelente o no es nada”. En el caso particular de la novela a la que aludo, la parodia es nada.
     Pero, inclusive las malas parodias se salvan pues siguen perteneciendo al reino de la parodia. Y otorgan al autor una puerta de escape adicional: minimizar el aporte que requiere hacer de su texto. El resto existe gracias a la veneración de sus discípulos (uno deja de ser maestro cuando se rodea de discípulos) y a las caritativas almas de la academia, que nunca califican nada de mediocre.
       Afortunadamente, hay varias herramientas para desbrozar la mala novela de la buena. Una, la más segura, es acudir a los clásicos y comparar sus novelas con aquellas que leemos en la actualidad. Después de leer Crimen y castigo de Dostoievski; Ilusiones perdidas de Balzac; Bouvard y Pecuchet, de Flaubert; Rojo y Negro de Stendhal; La guerra y la paz, de Tolstoi; Huckleberry Finn, de Mark Twain, los relatos de Kafka, El buen soldado Schweik, de Jaroslav Hasek, El astillero, de Onetti, cualquier relato de Flannery O´Connor, Luz de agosto, de Faulkner, y todo, absolutamente todo Jim Thompson, nos podemos dar una idea de la buena literatura.
      Hemingway se vanagloriaba de poseer un artefacto para descubrir malas novelas: se trataba de “Un buen detector de m..., y a prueba de golpes”.
Faulkner usaba un método indirecto para ayudar al lector a encontrar buenas novelas. En una entrevista publicada en The Partisan Review explicaba que “El propósito de cada artista es atajar el movimiento, que es la vida, por medios artificiales y retenerlo en su inmovilidad, para que cien años después, cuando un extraño lo observe, vuelva a actuar, puesto que es vida. Ya que el hombre es mortal, la única inmortalidad que resulta posible para él es dejar detrás algo que es inmortal pues siempre se mueve”.
      Basta leer cualquier novela buena antes mencionada para verificar la aserción de Faulkner. En todas ellas, los personajes reviven y se mueven, son agobiados por pasiones que los zarandean como muñecos. A veces fracasan, en otras ocasiones triunfan tras sobrellevar increíbles peripecias. Suelen comenzar generalmente como perdedores, y terminan triunfando, o al menos, derrotando sus propias debilidades y carencias.
        Tras cerrar las páginas de cualquiera de esas novelas, algo ha cambiado en nosotros, algo que nos purifica de muchas dolencias, reales o imaginarias. (Balzac, en su lecho de muerte, no pedía la visita de su médico de cabecera, sino del médico que aparecía en una de sus novelas) y nos brinda optimismo y esperanzas, como toda gran tragedia.
        La última instancia a la que puede acudir el lector ante un texto que le disgusta y que sin embargo la mayoría aprueba de manera incondicional, es el coraje de sus convicciones, y la defensa de su desencanto.
       También puede apelar al saludable escepticismo de la princesa Miagkaya.

 Una de dos, como hubiera dicho la terrible princesa, “O Alexei Karenin es un idiota, o la idiota soy yo. Y como nadie puede decir de sí mismo que es un idiota...”

miércoles, 10 de enero de 2018

Caracas: ciudad malandra

Mario Szichman





El 29 de diciembre de 2017, The New York Times publicó un artículo firmado por Megan Specia y titulado How Venezuelans Avoid Being Robbed, (Cómo los venezolanos evitan ser robados). La nota está centrada en Caracas, y la manera en que está escrita es de una persona que ya se ha resignado a que la capital de Venezuela es uno de los lugares más inseguros del mundo. “Ladrones armados golpean en ventanillas de vehículos que están atascados en el tráfico y dicen: ´Entreguen todo lo que tengan´. Hombres roban teléfonos celulares y joyas de peatones. Secuestradores siguen a las personas a sus viviendas en sus vehículos, y exigen el pago de rescate de sus familias”.
Una persona que trata de evitar atracadores en Caracas, necesita “una cuidadosa mezcla de planificación y medidas de precaución”, dice el artículo. A medida que la economía de Venezuela se ha desmoronado, el incremento del crimen ha creado lo que un grupo local ha denominado “una sensación de miedo permanente y silencioso”.
Lo interesante del caso es que hay un crimen de la delincuencia común y un crimen que ya se puede calificar de chavista, apadrinado por figuras del régimen, inclusive un ex alcalde de Caracas.

UNA VENTANA PERMANENTE
ENFILADA HACIA LA DELINCUENCIA

Hay un factor delictivo que es muy difícil encontrar en otras ciudades del mundo: el crimen como espectáculo, que puede grabarse en video y proyectarse de manera constante, como esos collages creados a base de fragmentos de una película pornográfica. Despojadas de movimiento, esas imágenes convocan lo macabro en sus bocas abiertas, la impiedad en sus contorsionados cuerpos.
 A veces pienso en Twitter como mi ventana personal. En vez de asomarme a la ventana de mi apartamento para contemplar la calle por la cual transito todos los días del año, instalo mi computadora en Twitter, y veo las cosas más indiscretas o espantosas.
Caracas es uno de los sitios más prolíficos cuando se trata de contemplar desagradables incidentes. Por ejemplo, hay nítidos vídeos de atracos a damas solas. Generalmente ocurren temprano en la mañana. Una dama está aguardando el autobús, y de repente, pasa a su lado una motocicleta en que viajan dos jóvenes. La motocicleta se detiene, el que viaja en la parrilla desciende sin premura, arrebata la cartera o el portafolio a la dama sin alharacas, vuelve a montarse en el vehículo y ambos parten con parsimonia.
Otro video que tuvo buena audiencia mostraba a dos hombres arrojándose sobre un transeúnte. Uno de ellos sacaba un arma, y le disparaba al transeúnte dos balazos en el estómago. Milagrosamente, el hombre lograba levantarse, e intentaba perseguir a sus agresores. Daba algunos pasos, cargado de energía, y de repente se derrumbaba muerto.

LA SUCURSAL DEL CIELO

Para los malandros, Caracas es una ciudad abierta. Ya constituyen parte del paisaje urbano. Muchos son conocidos de quienes se atraviesan en su camino. Tal vez algunos viven en la misma parroquia. Supongo, sin embargo, que existe un código de conducta entre esos delincuentes. Eso incluye no entrometerse con los vecinos de su urbanización.
Por supuesto, Caracas nunca ha sido una ciudad tranquila. Recuerdo que cuando vivía en la capital venezolana, en la década del setenta, a un amigo mío le robaron el automóvil. Se dirigió a una jefatura de policía a fin de presentar su denuncia. “Mira, Mario”, me dijo mi amigo. “Decidí no presentar la denuncia. Estaba seguro de que cualquiera de los policías presentes podría haber participado en el robo”.

Jon Lee Anderson

Jon Lee Anderson, periodista de la revista The New Yorker, hizo varios viajes a Venezuela, reseñando los logros y desafíos que enfrentaba La Revolución Bonita cuando todavía vivía Hugo Chávez Frías. Y su visión del proceso liderado por el presidente, intentó ser ecuánime.
Inclusive el propio Anderson reconoció que algunos de los personajes que entrevistó en su última ocasión para la revista The New Yorker (semana del 21 al 28 de enero de 2013), aceptaron hablar con él porque era "políticamente aceptable": Chávez nunca le había cerrado las puertas de su despacho.
Bueno, dudo que funcionario chavista alguno vuelva a abrirle las puertas a Anderson, debido a las devastadoras críticas que formuló. La Caracas que era la envidia del resto de América Latina “ya no lo es más”, dijo el periodista.
“Después de décadas de abandono, pobreza, corrupción y convulsiones sociales, Caracas se ha deteriorado más allá de toda medida”, indicó. “Su tasa de homicidios es una de las más altas del mundo”. En el 2012, en una ciudad de apenas tres millones de habitantes, fueron asesinadas 3.600 personas, “alrededor de una cada 2,4 horas”.
Desde que Chávez llegó al poder hasta su fallecimiento, se habían triplicado la cifra de asesinatos. Por supuesto, esos números han perdido actualidad. Ahora son mucho más altos. Los malandros son los dueños de la capital de Venezuela.
Hay tres peculiaridades que definen a Caracas, dice Anderson: el clima, que es casi siempre glorioso, el tráfico, que es una pesadilla, y “el crimen violento, o su amenaza”. Pero hay un elemento que distingue a Caracas de otras ciudades: la connivencia de los malandros con los políticos.

LA TORRE DE DAVID



El ingrediente que convierte al reportaje de Anderson en una gran pieza de periodismo es que lo encarna en objetos y en personajes concretos. Para el periodista, la Caracas actual está simbolizada por La Torre de David, un complejo edilicio de cuarenta y cinco pisos que empezó a construir, a comienzos de la década del noventa, el banquero David Brillembourg. Su propósito era convertirlo en el centro financiero de Caracas. Brillembourg falleció en 1993, y el edificio nunca fue terminado.
Ahora, la inconclusa Torre de David ha pasado a ser el símbolo arquitectónico del chavismo. Anderson cita a Guillermo Barrios, decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela, quien dijo que la torre encarna la política urbana del régimen chavista, que puede definirse por la “confiscación, la expropiación, la incapacidad del gobierno, y el uso de la violencia”.
En una época se pensaba que la torre podría ser el emblema de la prominencia financiera de Caracas. Ahora, se ha convertido “en la villa miseria más alta del mundo”.

SUBIDA AL CIELO

La torre fue invadida en octubre de 2007, dijo Anderson, por varios centenares de personas, “encabezadas por un grupo de veteranos ex convictos”.
El jefe de la torre se llamaba en ese momento Alexander El Niño Daza, “un ex delincuente que se convirtió en pastor evangélico”, dijo Anderson. Daza era un “ardiente partidario de Chávez”. El pastor evangélico asesinó a su primera persona cuando tenía apenas 15 años de edad. El amo de la Torre de David no negó el episodio, pero dijo al periodista que “se había regenerado”.


PRESERVANDO LAS PERFIDIAS

De todas maneras, si Daza se había regenerado, algunos de los personajes que habitan o habitaron la torre, nunca se arrepintieron de sus fechorías. Uno de los apadrinados por Daza se llamaba Argenis. Tras cumplir una condena de nueve años de cárcel por homicidio, Argenis se acogió a la protección del amo de la torre.
Tampoco Argenis se mostró muy tímido al hablar de sus andanzas. “Yo asesiné a hombres”, le dijo a Anderson, “y dejé a otros en silla de ruedas. También a algunos los dejé estériles, e imagino que me odiarán toda la vida”. No hay que tener una vasta imaginación para pensar que a nadie le gusta verse privado de sus partes pudendas.
La torre de David, dijo Anderson, ha ganado fama como centro del crimen. Abundan las denuncias periodísticas de que es un santuario de matones, asesinos y secuestradores que cuentan “con la tácita aprobación del gobierno de Chávez”. Al parecer, el único tipo de criminales que se combate en la Venezuela chavista son forajidos opositores. Si poseen un carnet de la patria, todos sus crímenes se olvidan. Y es mejor que los salteadores se hagan chavistas.
Anderson dijo haber escuchado historias de que delatores y ladrones capturados en la torre habían sido “mutilados y los trozos de su cuerpo arrojados desde los pisos más altos”. Quizás por pertenecer a la disidencia chavista.

LA MALANDROCRACIA


Juan Barreto

Otro personaje que aparece en la crónica de Anderson es Juan Barreto, un político chavista que fue alcalde mayor de Caracas entre el 2004 y el 2008.
Barreto es otro chavista que cree en la rehabilitación de criminales. O simplemente, en su palabra.  Entre sus protegidos, dijo Anderson, figura Cristian, quien antes de someterse a la rehabilitación de Barreto era un asesino a sueldo.
Barreto presentó a Cristian con esta pregunta: “Dime, Cristian ¿Cuántas personas has asesinado?” El adolescente murmuró: "Creo que unas sesenta".
Cuando Cristian divulgó la información, dijo Anderson, su protector “alardeó encantado”.
Barreto es el enfant terrible de los chavistas, uno de los escasos que habla de profundizar la revolución. Pero, al mismo tiempo, muestra en sus manierismos y en sus gustos, una proclividad por la buena vida, el exceso de comida y la violencia. Como tantos chavistas, la única diferencia en su rostro, entre 1999, el año de la llegada del chavismo al poder, y la actualidad, es su doble papada.
En la casa de Barreto en la urbanización El Cementerio, Anderson observó, emplazada en una repisa, una botella de uno de los whiskies más caros del mundo, Johnny Walker Platinum (“regalo de un amigo”) y la imagen de Marlon Brando en su rol de Don Corleone.

EL CHAVISMO DESPUÉS DE CHÁVEZ

Anderson visitó Caracas en el 2012, cuando ya Chávez estaba en La Habana, agonizando –otros decían que recuperándose– del tratamiento que recibía de los médicos cubanos.
Según el diagnóstico del periodista, para los chavistas, “la muerte de Chávez representa el fin de una performance prolongada y fascinante. Ellos le dieron el poder, en una elección tras otra. Ellos son las víctimas de su afecto por un hombre carismático, a quien permitieron convertirse en el personaje central en el escenario venezolano, a expensas de cualquier otra cosa. Luego de casi una generación, Chávez deja a sus compatriotas con muchas preguntas sin responder, y sólo una certidumbre: la revolución que intentó llevar a cabo nunca existió”.

Esa revolución, dijo Anderson, “Comenzó con Chávez y es muy posible que concluya con él". Fue un pronóstico muy optimista. La revolución concluyó mucho antes del fallecimiento de Chávez. Y sus secuelas han condenado al pueblo venezolano al hambre, y a la constante desesperanza.