miércoles, 13 de diciembre de 2017

El mejor de los mundos posibles (Relato)

Mario Szichman

El fiscal argentino Alberto Nisman

El 18 de julio de 1994, un automóvil cargado de explosivos estalló frente a la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires. El atentado dejó un saldo de 85 muertos y de 300 heridos. Versiones periodísticas que circularon en esa época, atribuyeron el atentado al gobierno de Irán.
Escribí este relato en abril de 1995, meses después de registrarse el ataque. Ahora, 22 años más tarde, el gobierno argentino acusa a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner de “traición a la patria” por haber presuntamente ayudado a  un “enemigo” del país: Irán, para eludir la actuación de la justicia. Según un juez, en el ataque habrían participado varios iraníes.
Hace dos años, el 14 de enero de 2015, el fiscal argentino Alberto Nisman acusó a la ex presidenta de “encubrimiento del atentado”. Tres días después apareció muerto. El gobierno de Buenos Aires alegó suicidio. La bizantina saga continúa. M.S.


El año era el 2035, y los judíos de Argentina vivían en el mejor de los mundos posibles. En primer lugar, había desaparecido el antisemitismo, gracias a una serie de leyes, una mejor que la otra.
La ley número 4962, había sido sancionada poco después del estallido de un pequeño artefacto nuclear en la reconstruida sede de la ex Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA). La ley señalaba que los execrables atentados con armas atómicas y/o de hidrógeno, eran un delito de lesa humanidad. Por lo tanto, no afectaban a un sector en especial, sino a la sociedad en su conjunto. Pretender lo contrario era sembrar las semillas de la discordia.
Meses después, la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, DAIA, fue reemplazada por la DAAU (Delegación de Asociaciones Argentinas a Ultranza).
Tras una exhaustiva investigación del atentado, la Policía Federal Argentina descubrió a un comando no identificado. El juez de la causa hizo denodados esfuerzos para encontrar a los culpables del ataque. Una de las pistas más promisorias era una boquilla de cigarrillo presuntamente empleada por uno de los perpetradores del hecho. El juez, tras visitar treinta y dos países siguiendo la pista a la boquilla, prometió importantes revelaciones.
La iglesia católica argentina emitió un comunicado denunciando la corrupción en las costumbres. A su vez, el presidente de la nación prometió no descansar hasta que se aplicara el condigno castigo a los culpables.

OBSTÁCULOS


Algunos desafectos, que habían cuestionado el rebautizo de la ex Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, denunciaron la lentitud en las investigaciones. Otros intentaron comparar la situación con otras épocas felizmente superadas.
La respuesta de la sociedad en su conjunto fue la siguiente:
–Observen las estadísticas: muere más gente en accidentes de tránsito que en execrables atentados.
–Toda mención a épocas felizmente superadas tiene como artero propósito impedirnos recuperar el lugar que tradicionalmente nos corresponde en el concierto de las naciones.
–La contemplación de otras sociedades confirma que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

El más poderoso de los argumentos era el tercero. Cuando los ciudadanos DOSNA (De Origen Semita no Árabe) previamente agrupados en la DAIA, contemplaban otras sociedades, debían admitir que vivían en el mejor de los mundos posibles.
Allí estaba el ejemplo de Rusia, donde el zar Alexei El Iluminado había ordenado revivir las populares milicias conocidas como Centurias Negras. Por cierto, su libro de cabecera era Los Protocolos de los Sabios de Sión, donde se detallaban los planes de los judíos para dominar el mundo.

AVATARES

Algunos meses más tarde, se registró un execrable atentado contra el hotel flotante donde tenía su sede provisoria la ex Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). De inmediato, el gobierno aprobó la ley 5355, y la sociedad argentina en su conjunto suspiró aliviada. La ley tenía como propósito sancionar todo execrable atentado que no hubiera sido autoinfligido. Varios directivos de la ex AMIA fueron interrogados por las autoridades, ignorándose los resultados de la pesquisa.
Días más tarde, la ex AMIA, que contaba con una nueva directiva, y había sido rebautizada Asociación Mutual de Argentinos Hasta la Muerte (AMAHM), inauguró su nueva sede en un refugio submarino en la Antártida. En el lugar habían habilitado también un criadero de pingüinos.
La Policía Federal Argentina, distraída de las perentorias tareas de evitar el crecido número de muertes por accidentes de tránsito, seguía varias novedosas líneas de investigación sobre el atentado a la ex AMIA. Todas eran igualmente prometedoras. Se aguardaban resultados en las próximas horas.
El juez de la causa había viajado al Himalaya, siguiendo la pista a una tuerca perteneciente al motor de la lancha empleada en el atentado a la ex organización.
La Iglesia Católica denunció en otra pastoral la corrupción de las costumbres, y envió un telegrama de condolencia dirigido a la sociedad en su conjunto.
A su vez, el presidente de la Nación insistió en su deseo de aplicar el condigno castigo a los malhechores.
Un mes más tarde, en un mensaje por cadena de radio y televisión, con los ojos que se le cerraban por el sueño, el presidente prometió que no iba a descansar “hasta descubrir a los responsables del abominable atentado”. Aludía con esas palabras a la destrucción de la sede diplomática de Israel con un misil. La sede había sido instalada en un dirigible parecido al Hindenburg, destruido en Lakehurst, New Jersey, en 1937, aunque era de menor calado. Las autoridades prometieron descubrir a los autores del atentado en las próximas horas.

INDAGACIONES


Otra cosa que mantenía insomne al presidente eran los presuntos criminales de guerra nazis que supuestamente habrían buscado refugio en la Argentina. El mandatario siempre había dudado de la captura de Adolf Eichmann en su vivienda de las afueras de Buenos Aires. Su hipótesis era que el individuo había sido “plantado” por alguna agencia de inteligencia, a fin de negarle a la Argentina el lugar que tradicionalmente le correspondía en el concierto de las naciones.
El presidente ordenó ir al fondo del asunto, y abrir al público los archivos de la Policía Federal Argentina. Las autoridades policiales se vieron obligadas a dejar nuevamente de lado la prevención de los accidentes de tránsito, a fin de examinar de manera minuciosa sus archivos.
Tras el incendio de los archivos, debido a una colilla de cigarrillo abandonada de manera descuidada en un escritorio, la policía continuó de manera denodada con sus tareas.
Luego de recónditas investigaciones, se pudo descubrir una carta parcialmente quemada con la firma de Josef Mengele, el médico que había hecho experimentos con gemelos univitelinos en Auschwitz. La carta parecía dirigida a un destacado funcionario.
Tres criptógrafos de la policía que se dedicaban a la tarea de descifrar la misiva, aparecieron muertos en sus respectivos domicilios, debido a escapes de gas. El juez encargado de presidir la investigación, se suicidó una semana más tarde. En una misiva de su puño y letra, rogaba que no culparan a nadie de su muerte, y explicaba que los seis balazos recibidos en la cara se debían a que había usado un arma de repetición. El arma no había sido hallada. Las autoridades prometieron redoblar sus esfuerzos para localizarla en las próximas horas.

EL SUEÑO DEL PRESIDENTE

El presidente era un soñador. Su sueño más grande era abolir todos los conflictos sociales. Nunca se cansaba de predicar: “Somos todos una gran familia”. Eso incluía a los argentinos de origen semita no árabe (DOSNA), quienes expresaron su agradecimiento al jefe de estado con un gran banquete en uno de los hoteles más prestigiosos de la gran urbe.
Cuando el hotel debió ser desalojado tras recibir una amenaza de atentado del partido de las Cabezas Rapadas (rama moderada), el presidente solicitó poderes extraordinarios, para armonizar a la sociedad en su conjunto.
Un gran paso en ese sentido fue la promulgación de la ley 8.345, que obligó a los promotores del odio racial a ponerse pelucas.
Luego, vino el Gran Salto Adelante. La sociedad en su conjunto pasó a integrar las categorías Gente Pudiente a Secas (GPAS) y Gente Pudiente de Recursos Más Modestos (GPRMM).
En tanto la Gente Pudiente a Secas era proclive a vivir en las proximidades del elegante barrio de La Recoleta, que hasta contaba con osario propio, la Gente Pudiente de Recursos Más Modestos solía enterrar a sus muertos en el cementerio de La Chacarita.
Fue entonces cuando los ciudadanos De Origen Semita no Árabe descubrieron algo inesperado: no tenían literalmente donde caerse muertos. Tras revisar códigos, estatutos y leyes, no encontraron una sola cláusula que les asignara un sitio donde poder descansar en paz.
El presidente propuso que los ex ciudadanos judíos usasen los cementerios ya habilitados. Los representantes de la comunidad señalaron que era imposible, porque en esos lugares estaba prohibido el uso de las estrellas de David. El presidente estuvo a punto de ofrecer otra solución, pero se frenó a tiempo. La comunidad no parecía psicológicamente preparada para emplear dispositivos que elevaban la temperatura de los fenecidos a más de mil grados centígrados.
El presidente les dijo que deseaba complacerlos, pero nada podía hacer, pues atentaría contra la armonía social. Nuevas leyes habían dividido la sociedad simplemente entre Ellos y Nosotros. Era imposible retornar a las épocas de Ellos, ya felizmente superadas. Su anhelo era que sólo existiesen los Nosotros, igualados por la fe, el respeto mutuo, y un solo Dios verdadero.
¿Recordaban acaso los ciudadanos DOSNA los conflictos causados por las diferencias? Preguntó el presidente. ¿Qué había ocurrido en Polonia a raíz de su partición entre Rusia, Ucrania, Eslovaquia, Lituania, Alemania y Tajikistán? Cuando el único judío sobreviviente intentó cruzar la frontera polaca en el momento de la partición hubo agrias disputas, y diferentes trozos de su cuerpo fueron reclamados por los seis países.
Los argumentos del presidente resultaron irrebatibles. Los ciudadanos DOSNA debieron reconocer que solo en la Argentina se vivía en el mejor de los mundos posibles.
Todos aceptaron integrarse en esa Asociación Mutual de Argentinos Hasta la Muerte (AMAHM), y cesaron de añorar la anterior institución semita no árabe.
En cuanto al jefe de estado, tras lamentar la destrucción de la sede de la AMAHM en el refugio submarino de la Antártida, prometió flamantes instalaciones en una zona de la provincia de Misiones que parecía el paraíso en la tierra. En el lugar sería habilitado también un criadero de ñandúes.

Este relato fue publicado originalmente en el número 10 de la revista NOAJ de Israel, en julio de 1995.






sábado, 9 de diciembre de 2017

Leer o no leer, esa es la cuestión


Mario Szichman



En El buen soldado Schweik, su autor, el checo Jaroslav Hasek, narra cómo reclutas analfabetos deciden aprender a leer apenas sus jefes prohíben la circulación de periódicos porque en ellos se denuncia los maltratos que la oficialidad comete contra los subalternos. 
Siempre pensé que la mejor forma de fomentar la lectura es prohibirla, y la peor manera es propiciarla. Un buen ejemplo lo brinda la proliferación de ejemplares de Don Quijote cuando se cumplió en el 2005 el cuatricentenario de su publicación.
Varios gobiernos de América Latina, entre ellos el de Venezuela, en esa época liderado por Hugo Chávez Frías, publicaron la novela en ediciones baratas, o simplemente la regalaron. No sé a dónde fueron a parar esos centenares de miles de ejemplares impresos en letra diminuta, pero dudo que hayan conseguido muchos lectores. La intención de esos gobiernos no era difundir a Cervantes sino exaltar su propia munificencia. Despilfarraron un montón de dinero y nada consiguieron.


No es así como se promueve la lectura. En realidad, hubiera sido más provechoso que cada uno de esos gobiernos hubiera lanzado un ukase prohibiendo el Don Quijote. Cualquier excusa era buena. Podían decir que era un libro pornográfico. En ciertas partes lo es. ¿Qué criterios usaron las autoridades eclesiásticas españolas para aprobar Don Quijote o La vida del Buscón, de Quevedo? Después de todo, abundan las escenas eróticas, no solo entre seres humanos, sino también entre animales, como cuando el pacífico Rocinante quiere refocilarse con algunas yeguas. También es posible alegar que describe sin remilgos la excreción. (“Hueles, Sancho, y no a rosas”, le reprocha Don Quijote a su escudero, luego que éste sufre un desagradable percance).
También abundan los discursos mock heroics, donde se patrocina hasta la alcahuetería, como honesta forma de ganarse la vida. Don Quijote defiende a un condenado señalando que “el alcahuete limpio no merecía el ir a bogar a galeras, sino a mandarlas y a ser general de ellas, porque no es así como quiera el oficio de alcahuete, que es oficio de discretos, y necesarísimo en la república bien ordenada”.
En cuanto a la novela de  tiene aún más desparpajo en su descripción de vicios y de hábitos contra natura.

BALANCEANDO LOS PROS Y CONTRAS

 De la misma manera en que siempre necesitamos una autoridad que nos consienta, y eso incluye el territorio de la lectura, debería existir otra dispuesta a censurar los productos de la cultura, a fin de espolearnos en su conocimiento. Y en ese sentido ¿Cuántas lecturas han sido promovidas por los reyes o los inquisidores españoles?
En El libro en un libro, Manuel Alonso Erausquin dice que “la censura más antigua y eficaz contra los libros en España la protagonizó el rey Recaredo, tras su conversión al cristianismo, al ordenar la destrucción de todas las obras con doctrina arriana, de las que no ha subsistido ninguna”. Pero la hazaña del rey Recaredo es difícil de imitar. Otras formas son más sutiles para enviar a un libro al desván de los recuerdos.
Es suficiente que alguien se desviva en elogios por un texto y sugiera (u ordene) que es imprescindible leerlo para que la mayoría de los lectores se niegue a leerlo. Afortunadamente, para eso están las academias, que imponen la lectura de textos indigestos, accediendo a que perduren.
A veces, los editores que han debido lidiar con libros indigeribles, han sido piadosos con sus lectores.
La lectura de Los Miserables, de Víctor Hugo, es para mí una tortura. En fecha reciente compré una nueva edición de la novela en versión digital. Es una edición abridged, resumida. Y el benévolo editor explica por qué han sido extirpados capítulos y partes enteras. Tal vez en esta ocasión tenga suerte, y pueda finalmente leer la obra maestra. 
Tampoco es cuestión de que la versión original de Los Miserables tenga más de mil páginas.
La guerra y la paz supera las 1.300 páginas, y A la búsqueda del tiempo perdido las 1.800. Y son muy legibles y apasionantes.
 Creo que Bertolt Brecht señalaba que la novela de Proust marcaba para todo aspirante a escritor el cruce de un umbral. No se podía seguir escribiendo de la misma manera tras leerla. Y Vladimir Nabokov la consideraba un prolongado cuento de hadas.
Una actriz de Hollywood, muy bella, muy inteligente, asegura que necesita releerla al menos una vez cada dos años. Sospecho que ella no requiere otra lectura en su vida. (Creo que el otro umbral fue diseñado por William Faulkner. Como en el caso de Proust, hay un antes y un después para los narradores. Nadie que haya leído a Faulkner puede escribir ignorando su prosa y sus personajes).

LAS FORMAS DE LEER

Recién pude leer Don Quijote cuando descubrí una edición de bolsillo de Aguilar, una joya de encuadernación, con páginas de papel cebolla y un aparato crítico ameno y enormemente instructivo. El problema con el Quijote es que han pasado 400 años desde su publicación. En ese período, el castellano ha evolucionado no solo en España sino en el mundo hispanohablante. Cervantes habla de fermosura, y nosotros de hermosura. ¿Quién sabe, en la actualidad, en qué consiste una comida llamada “duelos y quebrantos”? (Es un revuelto de huevos con torreznos o tocino frito). ¿Cuántos lectores están enterados de la rivalidad entre Cervantes y Lope de Vega  que anima muchas páginas de Don Quijote? El incidente en que Rocinante trata de enamorar a una yegua y unos labriegos lo muelen a palos, le ocurrió en realidad a Lope de Vega, cuando intentó seducir a una dama y fue agredido, al parecer, por el marido y algunos amigos del marido. 
Faltando el contexto, y abundando el idioma cervantino en refranes que también han caído en desuso, un lector desprevenido muy difícilmente avance más allá de la segunda página. Pero si cuenta con un buen aparato crítico, como la edición de Aguilar antes mencionada, logrará disfrutar enormemente de la mejor novela cómica de todos los tiempos.
Aprender a leer es toda una técnica, y sin su aprendizaje, la lectura es una continua frustración. No existe un lector más exigente que un niño. Si un niño no encuentra placer en la lectura, abandona el libro. Los libros infantiles perduran mucho más que los libros para adultos, aunque sea en versiones abreviadas. Excepto por La isla del tesoro, o por las novelas de Emilio Salgari, los libros infantiles necesitan de atajos. No todo es interesante en Robinson Crusoe o en Los viajes de Gulliver, y en el segundo caso, hay tanta escatología y una visión tan pesimista del mundo, que los mayores suelen eliminar muchas páginas cuando se trata de recontar a los menores de edad las aventuras de Lemuel Gulliver
El niño es mucho más cruel que un adulto a la hora de juzgar una historia. Prefiere la verdad a los buenos modales, y suele amar personajes que pueden ser sanguinarios con sus enemigos y gentiles con las damas, como es el caso del pirata Sandokan.
Pero ante todo, el niño necesita ser absorbido por la historia, vivir, durante algunas horas o días, en otro mundo paralelo, más temible, y más encantado, repleto de peligros y de seres interesantes donde siempre, al final, triunfa la justicia.

TRISTEZAS DE UNA PIEZA DE HOTEL

Cuando nos volvemos adultos autorizamos a algunos escritores a narrar finales desdichados. Al parecer, algunos creen que ese tipo de final es superior al feliz. Como dice Ansel Dibell en su extraordinario libro Plot, un “final feliz” satisface, inclusive si “termina con virtualmente todos los personajes muertos en el suelo, como en Hamlet”-
Los atributos de un final feliz “consisten en algo adecuado (los personajes parecen haber conseguido el final que se proponían a raíz de las acciones adoptadas en el transcurso de la novela, para bien o para mal) y definitorio (la resolución de la historia es clara, apropiada y decisiva. Se ha llegado a una conclusión)”. En general, la mayoría de los finales terminan con una nota optimista. Nadie tiene ganas de leer una novela policial donde el asesino no es capturado, los amantes nunca vuelven a reunirse, o el niño secuestrado jamás retorna al hogar. 
Algunos escritores suponen que un final desdichado es superior al final feliz, pues toda vida concluye en la muerte. Todo joven, con suerte, se convierte en un viejo no muy seductor, y nuestra residencia temporal es un valle de lágrimas. Pero la literatura no ha sido inventada para multiplicar nuestras tribulaciones sino para escapar de ellas. Y si bien eso suena a escapismo ¿qué tiene de malo el escapismo?
Recuerdo una aterradora película polaca, Kanal. Era la historia de un grupo de combatientes de la resistencia antinazi que intentaban huir por las cloacas de Varsovia. Todos iban muriendo por el camino. Finalmente, el protagonista encontraba una vía de escape. El espectador empezaba a respirar más confiado. Y cuando creía que el personaje podría emerger del túnel hacia la libertad, descubría que la única salida estaba sellada con barrotes de hierro. 


El cineasta francés Jean Pierre Melville hizo también un filme sobre la resistencia antinazi, protagonizada por Lino Ventura y Simone Signoret. Las peripecias eran horribles. El personaje que interpretaba a Simone Signoret terminaba delatando a sus compañeros. Lino Ventura, junto con otros compañeros, era encerrado en una prisión, y a todos ellos les daban la oportunidad de salir corriendo del lugar. Sus captores, armados con ametralladoras, prometían empezar a disparar luego de que los prisioneros lograran algunos metros de ventaja. Nadie se salvaba.
Y sin embargo, era una película optimista, porque se adecuaba, como señala Dibell, al resto de la trama. Los personajes alcanzaban un final heroico que habían buscado a raíz de las acciones adoptadas en el transcurso del film, y la resolución de la historia era clara, apropiada y decisiva. Eso no ocurría en Kanal. Se le hacía una trampa al espectador ofreciéndole la ilusión de que el protagonista lograría huir, aunque finalmente concluía atrapado entre barrotes a escasos metros de la libertad.
Como decía Dibell, “la melancolía no es intrínsecamente más honesta, valiente, o de mayor respetabilidad intelectual que la alegría. Solo se hace creíble en el contexto de una historia en particular. La desesperación puede ser tan trillada y banal como la felicidad”.
Dije al principio que siempre necesitamos una autoridad que nos autorice. Montaigne, no precisamente el más inculto de los autores, decía en uno de sus ensayos que nunca leía por obligación, sino por puro placer.
“Si estoy leyendo y tropiezo con puntos difíciles, no me molesto en continuar la lectura. Si persisto, lo único que gano es perder el tiempo y mi propio yo. Si no lo veo en la primera lectura, menos lo podré observar más adelante. Cuando un libro me parece tedioso, lo abandono y tomo otro”. 
Montaigne autoriza a abandonar libros tediosos. Inclusive algunos extraordinarios libros se convierten en tediosos a poco o mucho de andar. Ferdydurke, la novela de Witold Gombrowicz, tiene una primera parte extraordinaria. El resto es aburrido, un añadido que poco agrega a ese deslumbrante comienzo. Por lo tanto, se puede leer la primera parte, y dejar el resto a los críticos. El tambor de hojalata es otra portentosa novela, pero hacia la mitad, muere la madre de Oskar, el diminuto protagonista, y ahí se derrumba toda la estantería. Tal vez no para otros, pero sí para mí.
Existe en sectores de la cultura moderna una necesidad de sufrir, pero la vida es demasiado corta para arrostrarla leyendo libros insufribles.
Hay que tener el coraje, y la autoridad moral de Montaigne para decir “Cuando un libro me parece tedioso, lo abandono y tomo otro”, sin dejarse avasallar por aquellos que persisten en convertir nuestra vida en un calvario.




miércoles, 6 de diciembre de 2017

El placer de leer a Harry Whittington


Mario Szichman




El novelista norteamericano Harry Whittington escribió y enseñó a escribir memorables novelas –unas 200–, en base al suspenso. Su consejo básico para crear novelas imposibles de abandonar fue éste: “El suspenso es mayor, cuando algún personaje que amamos elige una alternativa que odiamos”.
Whittington (1915 – 1989), publicó sus textos en paperbacks o libros de bolsillo, que proliferaron en Estados Unidos en las décadas del treinta y del cuarenta del siglo pasado. Esos paperbacks se vendían a 25 o 50 centavos de dólar el ejemplar, y cubrían toda la gama de la narrativa popular.
Whittington escribió en todos los géneros: el policial negro, el “soft-porn,” o pornografía recatada, el Western, la novela histórica y la ciencia ficción, usando los seudónimos de Ashley Carter, Whit Harrison, Harriet Kathryn Myers, Blaine Stevens, Curt Colman, John Dexter, Tabor Evans,  Kel Holland, Suzanne Stephens, Clay Stuart, Hondo Wells, y J.X. Williams. La lista no es exhaustiva. Tras su muerte, se encontró un baúl con los manuscritos de otras 39 novelas finalizadas.
El narrador podría haber ingresado en numerosas entradas del Libro Guinness de los Récords. En un lapso de doce años escribió 85 novelas, en ocasiones, siete por mes. Superó en productividad a Henry James O'Brien Bedford-Jones (1887–1949) otro autor que merece ser redescubierto, quien escribió más de 100 novelas históricas, de aventuras, de fantasía, de ciencia ficción, de crimen y Westerns.
El editor de pulps Harold Hersey visitó en cierta ocasión a Bedford-Jones. En la habitación de su hotel, en Paris, el escritor tenía dos máquinas de escribir en dos mesas distintas. Estaba trabajando dos novelas de manera simultánea.

Cada novela de Whittington se define por sus bien delineados caracteres, y por sus dramáticas escenas. Cuando alguien le preguntó cómo hacía para introducirse en la piel de sus personajes, o para detallar situaciones de gran peligro, respondió: “Un escritor no necesita morir incinerado para describir un incendio intencional”.
El prolífico autor ingresó al territorio del paperback por casualidad. Apenas un adolescente, se sumergió en la literatura “seria” del siglo diecinueve: Fiodor Dostoievski, Guy de Maupassant, Honorato de Balzac, Gustave Flaubert, y Alejandro Dumas.
En la década del treinta del siglo pasado, apenas un veinteañero, Whittington se enamoró simultáneamente de una mujer, y de las novelas de Francis Scott Fitzgerald. Era plena época de la Gran Depresión. No había siquiera dinero para comprar una novela de tapa dura. Y además, Scott Fitzgerald pasó rápido de moda. Sus libros estaban out of print, y eso encarecía su valor.
Al principio, Whittington pasaba la mayor parte de su tiempo leyendo a Scott Fitzgerald en bibliotecas. Hasta que su novia, en base a ahorros forzados, logró adquirir todas las novelas del autor de The Great Gatsby.
“Me sentí tan abrumado de gratitud, alegría y regocijo”, dijo Whittington en una corta biografía, “que me casé con ella. Todavía conservo a esa mujer, junto con los libros de Scott Fitzgerald”.
Tras Scott Fitzgerald, los escritores más admirados por Whittington fueron Dashiell Hammett (Cosecha Roja, El Halcón Maltés, La llave de cristal), Raymond Chandler (El largo adiós) y James M. Cain (Double Indemnity, El cartero llama dos veces). Esos autores le descubrieron la importancia de la trama, y de los personajes que la habitan.
Whittington ignoraba, por esa época, que los escritores más exitosos de Estados Unidos no vivían exclusivamente de la literatura. Hammett había vendido los scripts de varias de sus novelas a Hollywood, Chandler era ejecutivo de una empresa petrolera, Cain escribía para periódicos y revistas, y vendía guiones de películas. Otros eran profesores universitarios, reporteros, abogados, políticos, o trabajaban en agencias de publicidad.
Los inicios de Whittington fueron difíciles. Demoró siete años en vender su primer cuento a United Features en 1943 por 15 dólares. Tardó otros cinco antes de poder vender sus historias de manera regular.
En una ocasión, en 1949, asistió a una conferencia  de escritores en Chicago. Un editor le explicó que era posible ganarse la vida escribiendo novelas de misterio y de suspenso. En su viaje en autobús de retorno a Ocala, Florida, donde residía, Whittington tuvo que viajar aplastado contra la ventana por una mujer enorme. Fue ahí que se le ocurrió su primera novela corta de misterio. Aunque nunca reveló la fuente, es obvio que la obesa dama despertó sus instintos asesinos.
Cuando llegó a su hogar, un lunes, se sentó a escribir la nouvelle. La envió por correo a la empresa editora King Features, de la cadena Hearst (Su dueño, el empresario William Randolph Hearst, pasó a la historia del cine como el protagonista de Citizen Kane, el film que lanzó al estrellato a Orson Welles). El viernes de esa misma semana, el escritor recibió un cheque por 250 dólares, una suma bastante importante en esa época.
Lanzado en la carrera literaria, aunque no de su elección, pues soñaba con escribir como Scott Fitzgerald, “con un toque de Somerset Maugham”, Whittington escribió 30 novelettes para King Features.

I COULD PLOT, BABY. I COULD PLOT. 

Pero nada resultó fácil para Whittington. Dijo que demoró trece años en aprender a crear una narrativa compelling, apasionante. Y, una vez aprendió la técnica, siempre se vanaglorió de que  I could plot, baby. I could plot. Estaba en condiciones de crear argumentos.
Y eso cambió su vida. Podía vender prácticamente todo aquello que escribía, y vivir como un millonario.
Cada una de sus novelas estaba concebida con muchísimo esmero, pues esa era la tarea de un verdadero profesional. Una de sus mejores, Forgive me, Killer, es un modelo de economía, y de intriga.

En la primera escena Mike Ballard, un policía corrupto, visita en una cárcel a Earl Warren, un hombre acusado de haber asesinado a Ruby Venuto, una prostituta de alta clase. El policía visita al prisionero presionado por su sacerdote, por la madre del recluso, y por un profesor de la escuela secundaria.
Ballard ha revisado el prontuario del prisionero, y está convencido de que cometió el crimen. Se trata de apenas una visita de cortesía, para no quedar mal con personajes que figuran entre sus amistades.
En el segundo capítulo nos enteramos de que Mike Ballard ha sido comprado por el mafioso de su precinto. Algunos lo temen, otros lo desprecian. En cualquier momento, descubrirán sus manejos, y terminará, en el mejor de los casos, perdiendo su pensión de retiro, y en el peor de los casos, en la cárcel. Los lectores comienzan sutilmente a rogar que Ballard se reforme y se salve.
Recordemos que “El suspenso es mayor, cuando algún personaje que amamos elige una alternativa que odiamos”. ¿Cómo resolverá el escritor la intriga para que el personaje pueda elegir una alternativa que amamos?
Es entonces cuando Whittington introduce en la rueda de la trama el primer obstáculo. Ballard no es totalmente corrupto, y tiene algunas cuentas que saldar con sus jefes, algunos de ellos tan corruptos como él, pero dotados de suficientes contactos para salir ilesos.
Ballard está cargado de fallas, pero Whittington nos convence rápidamente que nada es lo que parece. El protagonista tiene también sus rasgos atractivos. No es una marioneta, y está ansioso por recuperar su dignidad, siguiendo el ejemplo de su padre, quien también fue policía, y fracasó intentando defender su honestidad.
¿Cómo poner a Mike Ballard en conflicto con su entorno? (No hay trama sin conflicto. Y cuando el conflicto es más denso, resulta más sencillo atrapar a los lectores). “Cherchez la femme”, busquen a la mujer.
Es inevitable que aparezca una mujer para acentuar los riesgos. En el caso de Ballard se trata de dos mujeres. Por un lado está Peggy Walker, la esposa del prisionero que visitó el detective. No es precisamente una Venus. Mucho más bella y seductora es Hilma, la amante de Ballard. Pero Hilma está harta de los desplantes del policía, de sus horas irregulares. Ella necesita un compañero constante, y que no beba tanto.  Es obvio que los lectores apuesten por Peggy. Excepto que Peggy está casada con el convicto Earl Warren.
Peggy está convencida de la inocencia de su esposo. Hilma querría librarse de Ballard. Pero, al mismo tiempo, lo ama, físicamente, de una manera apasionada.
Una de las vueltas de tuerca más inteligentes de la trama, es esa confrontación entre ambas mujeres. Si hay algo que diferencia a Hilma de Peggy Walker, es la sensualidad. Peggy Walker es una mujer sacrificada. Pero está dispuesta a sacrificar su cuerpo para salvar a su marido. Si tiene que acostarse con Ballard, a fin de interesarlo en el caso de Earl Walker, no tendrá problema alguno en hacerlo.
Cunde la tentación. Una mujer que se entrega no es un objeto excesivamente codiciable para Ballard. Pero Peggy, que al principio parece una simple ama de casa carente de todo atractivo, de pronto adquiere rasgos muy seductores.
El perfume de su cabello, y su generoso busto lo atraen. Y especialmente una honestidad que choca con la desbocada sexualidad de Ballard. Es en ese momento cuando comienzan a cambiar los roles. Ballard decide actuar cagey, con reserva y cautela. Un poco lo que hacía Alfred Hitchcock en sus filmes. Sus actrices eran siempre muy formales, tímidas. Solo revelaban su pasión en el boudoir.

EL DESEO BAJO LOS OLMOS

Si revisamos las parejas del policial noir, observaremos la abundancia de femmes fatales. James M. Cain fue un maestro en diseñar a esas mujeres, que fueron luego idolizadas en filmes como Double Indemnity (Barbara Stanwick) y The Postman Always Rings Twice (Lana Turner).
Pero ¿qué ocurre cuando no existe la mujer fatal, como ocurre en el caso de Peggy?  Muy sencillo: se la transforma de la cabeza a los pies. No recuerdo caso alguno en que un ama de casa se reconstruya desde el interior hacia afuera como hace Peggy Walker ante los ojos del policía.
¿Cuánto de esa nueva mujer es genuino, y cuánto es la invención de Ballard? ¿Es acaso importante? No. Pues Forgive me, Killer está contada desde la primera persona de Ballard. Nos enamoramos de manera vicaria de Peggy a través de los ojos de Ballard. Confiamos en su criterio. Y la postergada consumación de esa fogosidad, crea algunos de los capítulos más sugestivos de la novela. Es difícil encontrar en el policial noir escenas románticas tan cargadas de erotismo como en Forgive Me, Killer, aunque en realidad, nada ocurre. Finalmente, Ballard, transformado en el caballero con la brillante armadura, logra descubrir la inocencia de Earl Warren. Y eso carga la trama con otra complicación. La puesta en libertad de Earl puede poner fin al romance entre Peggy y Ballard.

EL AMOR OCULTO

Stephen King se quejaba en uno de sus ensayos de la “plomería del amor”, de todas esas novelas eróticas que causaban rechazo en lugar de seducir al público, debido a escenas cargadas de risible sensualidad.
Whittington era demasiado sutil para caer en esas cursilerías. Y esa es una de las razones de su persistencia. Aunque durante varios años su narrativa desapareció de los estantes, ha comenzado a reaparecer, de manera lerda, en algunas editoriales. Escribía con vigor, pero de manera muy controlada. Sabía crear personajes, situaciones y conflictos. Solía tener piedad por sus criaturas. Conocía mucho de psicología. Sus finales no suelen ser felices. Pero sí optimistas.

Puede decirse de él, lo que el crítico literario Edmund Wilson dijo de James M. Cain: “Nadie suspendió jamás su lectura en la mitad de uno de los libros de Jim”.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Las dos muertes del general Simón Bolívar, de Mario Szichman, por Simón Alberto Consalvi

Simón Alberto Consalvi leyendo su texto sobre la novela de Szichman

 Simón Alberto Consalvi (1927 - 2013) fue un escritor, historiador, periodista y político venezolano. Desempeñó el cargo de canciller durante los gobiernos de Carlos Andrés Pérez y Jaime Lusinchi, representante permanente de Venezuela ante la ONU, fundador —junto a otros intelectuales, como Mariano Picón Salas— del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA) y del sello editorial del Estado venezolano, Monte Ávila Editores. Fue elegido miembro de la Academia Nacional de la Historia (Sillón C) en octubre de 1997. Y además de su calidad como intelectual, fue una gran persona, y un gran amigo.

Consalvi leyó este texto durante la presentación de la novela en la librería El Buscón de Caracas. M.S.



Grandes biografías, ensayos, notas, biografías noveladas, historias como novelas, novelas como historias, poemas, novelas, relatos singulares como El último rostro, todos los géneros y en todos los idiomas, se han intentado para retratar a Simón Bolívar y descifrar sus enigmas humanos o políticos.
Carlos Marx lo consideró un pequeño burgués, pero Pablo Neruda lo vio con otros ojos rojos. Para Germán Arciniegas fue un guerrero, para Indalecio Liévano Aguirre un hombre de Estado, para Augusto Mijares el Libertador más allá del bien y del mal, para don Vicente Lecuna un dios, para Salvador de Madariaga, un hombre que ambicionaba la corona del Nuevo Mundo, obsesionado por Napoleón Bonaparte. Para José Domingo Díaz era un traidor. Para el general Eleazar López Contreras, la esencia de  la patria. Para el presidente de Venezuela Hugo Chávez Frías, Simón Bolívar no era más que un guante de boxeo, una espada sonámbula que vengaba antiguas injusticias.
Los historiadores Germán Carrera Damas con El culto a Bolívar, y Elías Pino Iturrieta con El divino Bolívar, han intentado rescatar al personaje de la idolatría a que ha sido condenado. Para otros, Bolívar quizás sea, simplemente, una excusa. Hay un Bolívar revolucionario, y un Bolívar conservador, como hay quienes confunden a Bolívar con su sombra.
En su ensayo Unidad y Nacionalismo en la historia hispanoamericana, Mariano Picón Salas definió las etapas del pensamiento de Bolívar.
Veamos: “El Bolívar del Manifiesto de Cartagena corrige ya al vago soñador de 1810. El de la Carta de Jamaica, saca su primera revolución venezolana por todo el continente convulsionado; el del Discurso de Angostura crea la primera confederación de pueblos, de la Constitución de Bolivia conoce ya las terribles fuerzas de la disgregación y de la anarquía que habrán de desatarse después de la Independencia”.
Guerrero, político, conspirador, amante. Gabriel García Márquez escribió El General en su laberinto después de leerse alrededor de setenta libros sobre el personaje Bolívar y las historias que lo condujeron a Santa Marta.
García Márquez confesó que su novela había tenido origen en el relato de Alvaro Mutis, El último rostro.
Novelas o biografías, relatos o ensayos históricos, giran en torno al hombre llamado Bolívar y ante sus enigmas la imaginación se rinde.
¿A cuenta de qué viene este largo cuento, pensarán ustedes, como nota introductoria a la presentación de otra novela sobre el personaje, escrita en la isla de Manhattan, en momentos en que en Venezuela el nombre de Bolívar se tropìeza en cada esquina, en cada cuartel, en cada bolsa de Mercal, en cada fusil guerrillero, en cada jaculatoria presidencial, de mañana o de noche, en lo claro o en lo oscuro? En todas partes nos espera finalmente el rostro o la sombra de Bolívar. En una carta el personaje dijo: "Parece que el diablo dirige las cosas de mi vida". El mismo se llamó "El hombre de las dificultades".
Todo eso se dice para coincidir con el propio Bolívar y darle la razón. Fue, y sigue siendo, el hombre de las dificultades. Bolívar es un mar y no pocos han naufragado en sus aguas. El escritor Mario Szichman se salvó de ese naufragio al escribir Las dos muertes del general Simón Bolívar.
Es una novela donde el protagonista, unas veces vivo, otras veces muerto, o a punto de morir, no se sabe, delira bajo los terrores de la traición y de la muerte.
Miranda, Santander, Piar, Páez ... Cada nombre es una historia y cada historia una pesadilla diabólica que no encuentra refugio en el olvido.
La novela transcurre mientras el escultor Lebranche trabaja la máscara mortuoria del personaje. Así comienza: “Primero me ponen la muselina sobre la cara”. Cien páginas después leemos: “El escultor Lebranche me trae el correo y se sienta en una silla, frente a la alacena donde reposa mi máscara mortuoria. Comienza a cortar trozos de soga con su puñal de ceremonia, las sumerge en yeso, y les va dando raras formas con ayuda de cordeles que ata a diferentes distancias. Extraña criatura este Lebranche. Con ojos claros, su estatura mediana y su acento, ¿Estará destinado a ser mi asesino? El puñal está bien afilado. Su mirada es más escurridiza que la mía. Baraja sus palabras como si fueran cartas de tresillo. No se expone, no quiere hablar sobre su pasado”. El personaje sólo ve enemigos alrededor. Incluso su propio médico, el doctor Reverend, quiere asesinarlo.

Lo que sucede con el escultor sucede con Miranda. Con PIar. Con Páez. Con Santander. Con Boves y los fantasmas de las guerras a muerte que ambos libraron. Con Manuelita, con el rey Fernando, con el criado José Palacios. El personaje desanda su propia historia. Pasa de un duelo a otro duelo, de un enemigo a otro, vuelve y escapa para volver. Es un Prometeo encadenado.
Teodoro Petkoff dice que “toda la acción está en la mente de Bolívar y en las reflexiones que comparte con el reducido grupo de sus interlocutores en San Pedro Alejandrino”.
La mascarilla que le hace el escultor es como el espejo retrovisor por donde desfilan la vida, los enemigos y sus fantasmas.
"Finalmente, el escultor despega de mi rostro la endurecida muselina que arrastra, en sus concavidades, sospecho, un invertido bajorrelieve de mis facciones". La novela se acerca a su final.
Diré que Mario Szichman ha escrito una excelente novela que, como dice también Teodoro, contribuye a rescatar al verdadero Bolívar, despojado de la maraña de sus acólitos.


Mario Szichman conb Teodoro Petkoff y Simón Alberto Consalvi

Las dos muertes del general Simón Bolívar es la segunda novela venezolana de Mario Szichman. Antes fueron Los papeles de Miranda. Ahora nos promete Los años de la guerra a muerte[i].
Son novelas inscritas dentro de la calidad de un bestseller memorable, sobre uno de los fenómenos políticos más persistentes de la América Latina: A las 20:25 la Señora pasó a la inmortalidad. Novelas, en fin, que le dan dimensiones imprevistas a la novela histórica, que libran un desafío entre la realidad y la imaginación. Así es el arte de Mario Szichman.
Caracas, octubre 14, 2004.



[i] La novela fue publicada en el 2007 por el mismo sello editor.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Cortinas flameando al viento (Relato)


Mario Szichman

–1–

Pogrom de Kielce, Polonia, Tras la segunda guerra mundial 
Entierro de ataudes 

En el invierno de 1943, mi tren se detuvo en la estación de Kloplotz.  Todas las ventanas del gueto estaban abiertas. Sus andrajosas cortinas flameaban al viento. Por la ventanilla del tren vi a un hombre subir rápidamente a mi vagón. Apenas el tren se puso en marcha, el extraño me dijo:
–Seguramente usted querrá saber qué ocurrió con los judíos de Kloplotz–. Sus dientes castañeteaban de frío.
–No necesariamente—le respondí. Eran tiempos difíciles. Algunas personas formulaban preguntas por motivos perversos. Otras, hacían trabajos chapuceros que ponían la vida en peligro. El hombre que me vendió un pasaporte alemán lo estropeó, fijando mi foto del permiso de residencia  con grapas oxidadas. Los documentos otorgados por las autoridades alemanas usaban grapas de acero inoxidable.
–No se preocupe: soy un id[i] , como usted– me dijo el hombre frotándose las manos para entrar en calor. Antes de que abriera la boca, desdeñó mis potenciales disculpas con un movimiento nervioso del hombro, un giro de la cabeza y la oferta de una sonrisa. Era un gesto que sólo podía emanar de alguno de los nuestros. Al verme más tranquilo, me contó la extraña desaparición de los judíos de Koplotz.
–No fue un pogrom, o una redada hecha por soldados del Tercer Reich. Tampoco fue el resultado de una mala lectura del momento judío– me dijo el hombre.
– ¿Qué momento judío?
–Temo que usted es un cosmopolita. Debe haber pasado mucho tiempo viviendo en Varsovia ¿O fue en Bucarest?
–Nací en Viena.
 –Sí, un cosmopolita de Viena. Esos judíos vieneses están tan interesados en asimilarse que nunca se preocupan por el momento judío.
Enseguida mostró gestos de simpatía para que sus palabras no sonaran muy duras.
–Pero en los shtetls[ii] , la cosa es diferente—añadió. –Siempre llega el momento en que presentimos una catástrofe. La hemos bautizado: “el momento judío”. Cuando los idn de Kloplotz sospecharon que el momento judío estaba a punto de atravesar el shtetl, decidieron huir. Una vez advirtieron el error, ya era muy tarde para retornar. Por lo tanto, continuaron su éxodo y algunos se las arreglaron para salvar sus vidas. En cuanto a lo que ocurrió con el resto... Bueno, prefiero pensar en los sobrevivientes.

–2–                            


Al día siguiente de la noche de los cristales rotos en Alemania          

Fue Moishe el Umruhik[iii]  quien aventuró la posibilidad de que el momento judío estaba a punto de llegar a Kloplotz, me dijo el extraño. Según le explicó a Ianquele el herrero, sus sospechas se habían acrecentado al descubrir que los goim [iv]se abstenían de contar chistes antisemitas.
Sin soltar la pata del caballo que estaba por herrar, Ianquele le preguntó a Moishe:
–¿No será por el clima? La gente se pone muy rara cuando el clima no se acomoda a las estaciones.
¿Y cómo explicaba Ianquele el extraño incidente con Vatia?
Ianquele nada había oído del incidente.
–Cuando Vatia fue ayer a la panadería, el matón del pueblo se le acercó– dijo Moishe.
–Se lo tiene merecido– comentó Ianquele. El caballo, muy paciente, seguía con la pata apoyada en la rodilla del herrero. –Vatia no debería salir sola a la calle. Tiene dieciséis años. ¿Donde estaban sus hermanos?
–Es imposible convencerla de que necesita escolta—dijo Moishe. `Yo sé muy bien cómo defenderme´, dice. Desde que se hizo sufragista, está llena de ínfulas. Hasta se cortó el cabello a la garçon. Bueno, lo que ella cree que es a la garçon. El hermano mayor le puso una taza en la cabeza, y cortó todo el cabello que sobraba.
–Hay que tenerle paciencia. Es joven.
–El matón del pueblo hizo algunos comentarios muy desagradables. ¿Y qué hizo Vatia? Le pegó una cachetada y después fue a la comisaría y presentó una denuncia...
–...Seguro que le hicieron pasar la noche en la cárcel—intercedió Ianquele.
–Nada de eso.
–...Y la obligaron a limpiar el piso de la comisaría con un cepillo de dientes...
–Está equivocado...El propio jefe de policía ordenó arrestar al matón.
Por primera vez, Ianquele dejó de observar la pata del caballo.
–¿Quién te dijo eso?
–Tengo mis fuentes– alardeó Moishe. – No solo eso. Quien pasó la noche en la cárcel fue el matón.
–Eso es imposible.
–Hay más: al día siguiente, el matón recibió una citación. La semana que viene tiene que presentarse ante un tribunal.
 –¿Puedes garantizar la seriedad de tus fuentes?—lo conminó Ianquele.
–Claro que sí.
–En ese caso, voy a convocar a la Kehilla[v] . Me temo que el momento judío se está acercando a Kloplotz. La cortesía de los funcionarios públicos siempre precede a un pogrom.

–3–


Caricatura antisemita. Archivos de Yad Vashem

Esa noche, todos los judíos de Koplotz se congregaron en la sinagoga, que recordaba a un anfiteatro romano luego que una explosión de origen desconocido había volado el techo.
Los dos secretarios: Leibele el afligido, y Duveth el jovial, se encargaron de registrar los procedimientos.
Primero Leibele leyó en tono sombrío una lista de 42 comunidades judías situadas dentro de la esfera del Gobierno General de Polonia en las cuales habían suspendido la narración de chistes antisemitas. Se oyeron murmullos de consternación.
Leibele cedió el podio a su amigo Duveth el jovial.
 Duveth se levantó de su silla, agradeció a Leibele su cortesía, y anunció que tenía una noticia para levantar los ánimos: aunque habían cesado de contar chistes antisemitas en la zona, abundaban en varios países de Europa oriental. Le habían relatado algunos que ponían los pelos de punta. Inclusive uno de ellos había hecho reír a un oficial nazi de alta graduación. Luego, Duveth extrajo una libreta de apuntes. Según sus cálculos, en el presente año fiscal los chistes antisemitas habían aumentado en un 21 por ciento. Además, se habían triplicado las denuncias antisemitas acusando a los judíos de fabricar pan ázimo con la sangre de bebés.
La audiencia continuó afligida, pese a las alentadoras palabras de Duveth. Uno de los asistentes le reprochó tomar en cuenta solo la macroeconomía, y olvidar la coyuntura.
Tras una pausa de quince minutos en que circuló aguardiente fermentado con cáscara de papas y una bandeja con minúsculos trocitos de arenque, la congregación convocó a sus expertos en pogroms.
El primero en subir al podio fue Jeremías el metafísico. Su última hipótesis provenía del gran filósofo griego Xenón de Eleas. Las paradojas de Xenón, explicó Jeremías, demostraban la imposibilidad de que los miembros de la Asociación Patriótica de Ucrania pudiesen causar un pogrom en Kloplotz.
–Todos los presentes estarán de acuerdo conmigo en que un pogrom solo es posible cuando los patriotas ucranianos vienen montados a caballo– explicó Jeremías. –Bueno, Xenón de Eleas ha demostrado que un caballo que sale del punto A, nunca puede llegar al punto B. En este caso, debemos imaginar que el punto B es Kloplotz. Bueno, es matemáticamente imposible que el caballo pueda llegar. Sin importar la distancia a ser atravesada, siempre se puede dividir por la mitad. Y así sucesivamente.
La exposición de Jeremías no convenció a nadie. Uno de los concurrentes recordó la prisa con que los caballos pogromistas solían llegar al shtetl.
Luego, le tocó el turno a Shatke el escéptico. Shatke era un viejo rival de Jeremías, y cuestionaba el cauteloso método de su rival para pronosticar las vísperas de un pogrom.
Aunque el defecto de Shatke era su inveterado recelo, su fortaleza consistía en su detección de señales imperceptibles. En ocasiones desechaba pogroms que una comunidad consideraba inevitables. En otras, era capaz de anticipar un baño de sangre imposible de percibir. Un pogrom nunca ocurría de manera súbita, sino en el curso de varias semanas, y en diferentes lugares. Un día se registraba una violación, una semana más tarde un matón se emborrachaba, dos meses después algunas vacas aparecían envenenadas, el cielo se teñía de rojo, y alguien olvidaba apagar la estufa de leña en la sinagoga, etcétera, etcétera.
–¿Cómo podemos saber si la escasez de chistes antisemitas indica que ha llegado el momento judío?– preguntó Shatke a la audiencia. –Nadie se ha preocupado por averiguar la recurrencia de los diptongos en las amenazas de muerte.
–No hay tiempo para eso– le recordó Ianquele.
–Es lo primero que analiza Tinianov—insistió Shatke. –La recurrencia de diptongos.
–No es lo mismo analizar la composición del poema Eugene Oneguin, que una incursión de las Centurias Negras—insistió Ianquele. Las Centurias Negras volcaban su patriotismo en la cacería de judíos.
–Bueno, si ustedes no están satisfechos con mi método, le pueden preguntar a Joshua. Tal vez su prognosis sea más acertada– dijo Shatke, y alzando la nariz se dirigió a su sitio en silencio, mientras ignoraba los elogios de algunos judíos. Estaba furioso con Joshua. Con sus técnicas de mercadeo, el advenedizo había adquirido una fama que no se compadecía con su práctica.
–Por favor, Shatke, no te ofendas– le rogó Ianquele. –Nadie duda de tu experiencia. Propongo un voto de aplauso por la magnífica exposición del amigo Shatke.
Solo Ianquele aplaudió.
Joshua era seguidor del químico ruso Mendeleyev, el creador de la tabla periódica. Mendeleyev había organizado los elementos químicos según sus pesos atómicos, pronosticando así la existencia de elementos aún desconocidos. Siguiendo el método de Mendeleyev, Joshua había creado una tabla periódica en la cual incluía la cifra de personas muertas en cada pogrom y la multiplicaba por las sinagogas profanadas. Eso a su vez era dividido por la longitud y latitud del lugar en el que había ocurrido el pogrom. La raíz cuadrada brindaba un factor constante que Shatke había designado “El momento judío kloplotziano”.
–Todo está muy bien, Joshua –le dijo Ianquele el herrero- Pero basado en tus cálculos ¿cuántos días tenemos para huir antes que llegue el pogrom?
 –Sin tomar en cuenta la recurrencia de diptongos, yo calculo dos días– dijo Joshua. La audiencia quedó consternada. Por primera vez alguien se animaba a fijar una fecha.


–4—


Al día siguiente, los líderes de la comunidad de Kloplotz acordaron enviar a Ianquele a Varsovia, donde delegados de todo el mundo se habían reunido para discutir la amenaza de diferentes momentos judíos.
Gracias a una colecta, pudo recaudarse dinero suficiente para que Ianquele pudiera viajar parte del trayecto dentro del vagón de un tren.

Dos días antes que se cumpliera el plazo fijado por Joshua, los judíos de Kloplotz recibieron una carta enviada por Ianquele desde Varsovia.
 Tras ofrecer en su esquela algunos detalles de su accidentado viaje a la capital polaca, donde varios perros hostigaron su trasero, Ianquele explicó que los delegados de Moscú y Nueva York reprocharon a los judíos de Kloplotz sus ínfulas. La coyuntura era más importante que el improbable momento judío en Kloplotz .
Cuando Ianquele  informó que los judíos de Kloplotz estaban alarmados por la ausencia de chistes antisemitas, el delegado de Moscú le señaló que debían imitar el ejemplo de la Unión Soviética: el genio de Stalin había encontrado la solución dialéctica en el tercer volumen de sus obras selectas. En ese momento intervino el delegado de Nueva York. Dijo que el regocijo por oír chistes antisemitas era propio del auto-odio que aquejaba a muchos judíos de Kloplotz.
Cuando Ianquele intervino para insistir en la posibilidad del estallido de un momento judío en Kloplotz, hubo una rechifla generalizada.
 El delegado de Nueva York le pidió a Ianquele que tuviera la humildad de los judíos de Buenos Aires. Aunque les habían atacado tres sinagogas en el último mes, seguían reclamando el irrestricto respeto a los judíos en territorio de la Unión Soviética. Eso había sido muy elogiado por las autoridades militares argentinas, quienes consideraban a los judíos casi como sus compatriotas. No descartaban ofrecerles algún día el permiso de residencia.
El delegado soviético, por su parte, recordó la directiva 101 del camarada Stalin. Todos los chistes antisemitas habían sido reemplazados por narraciones que describían a pioneritos participando en las cosechas del último Plan Quinquenal.


–5–
Ataudes de víctimas del pogrom de Kielce. Julio 1946

Ianquele retornó a Kloplotz en medio de la noche, sujetando con disimulo un cojín que apoyaba en el sector donde había sido embestido por los perros. Cada vez consideraba más inevitable el pasaje del momento judío por el pueblo. En varias partes de Europa, los judíos visitaban lugares y tomaban fotos, persuadidos de que esa sería la última ocasión en que verían a sus familiares, o dormirían en sus viviendas.
Ianquele se dirigió en primer lugar a la vivienda de Leibele el afligido.
–Parece que habrá que abandonar Kloplotz—le dijo Ianquele suspirando.
–El momento judío no podía llegar en peor ocasión– se quejó Leibele. –Justo cuando estaba por dar el seminario. Mira, mira esto– añadió, tendiendo a Ianquele un papel apergaminado.
 Ianquele arrimó a la nariz sus lentes con las patillas plegadas, y comenzó a leer. El seminario trataría los siguientes puntos:
A) El sufrimiento: una perspectiva judía.
B) El sufrimiento en general y el libro de Job, que es para retorcerse las manos de angustia.
C) El sufrimiento a través de las edades.
D) Sufrir por la causa justa.
E) Sufrir por la causa equivocada.
F) El sufrimiento físico, incluyendo la ruptura de hernias.

¿Piensas quedarte en el pueblo?– le preguntó Ianquele a Leibele.
–Todavía no lo sé. Hay mucha información, pero poca evidencia.
–¿Tienes alguna idea?
–Tal vez no quieren desalojarnos por lo que somos sino por lo que tenemos.
–¿Qué tenemos? No tenemos ni donde caernos muertos.
–Tal vez estamos viviendo en una zona que se ha hecho valiosa de repente. Quizás descubrieron oro, vaya uno a saber.
–No lo había pensado– dijo Ianquele alzándose de la tambaleante silla y abandonando la casa de Leibele con el cojín bajo el brazo. No permitió que el anfitrión lo acompañara hasta la puerta.

Ianquele comenzó a caminar sintiendo un gran peso en el corazón. Y de repente, se encontró en un callejón sin salida. ¿Sería algún tipo de premonición? Porque Duveth el optimista vivía en la segunda casa del callejón sin salida, a partir de la esquina.
Aunque el infeccioso entusiasmo de Duveth irritaba a Ianquele, al menos esa noche necesitaba consuelo.
Ianquele tocó la campanilla en la puerta de entrada. Ningún sonido salió del artefacto. Probó una segunda vez sin oír respuesta. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió de manera abrupta.
Ianquele estuvo a punto de lanzar un grito. Duveth ahogó el grito poniendo un trapo húmedo en la boca de Ianquele, y lo arrastró al interior de la casa.
–Casi me matas del susto– dijo Ianquele en un susurro mientras Duveth lo empujaba hacia la ensombrecida sala de estar. –La campana en la puerta de entrada no suena.
–Oh, me había olvidado de quitarle esto– dijo Duveth mostrando el trapo húmedo que había usado para ahogar el grito de Ianquele.
–No luces muy bien– dijo Ianquele mientras Duveth el optimista comenzaba a llenar dos vasos con un líquido aromático.
–Prueba esto– le dijo Duveth tendiéndole el vaso. –Te sentirás mejor. ¿Qué haces con ese almohadón?
–Tiene buen gusto– dijo Ianquele tras probar el licor. Luego giró la cabeza hacia atrás–Los perros de Varsovia son una cosa seria.
–Tienen fama de antisemitas.
Ianquele tomó un sorbo más del licor. –¡Qué gusto tan raro para ser una bebida blanca—comentó.
–Los italianos lo llaman grapa. Se lo compré a un gitano. Me pone todavía más optimista que en épocas normales.
–¿Un gitano? Ahora que lo pienso, ¿Te fijaste que los gitanos se han convertido en los preferidos de los zhlobs?[vi] ? Eso me preocupa.
–¿Preocuparte? ¿Por qué? No hay nada por qué preocuparse– De repente Duveth quedó inmovilizado. –¿No oíste algunos ruidos? ¿Cómo el galopar de caballos?
–No, no escuché nada.
–Bueno, debe ser mi imaginación. Aunque  no se puede tener imaginación y ser un optimista como yo. ¡Dios mío, qué contento que estoy! ¿Un poco más de grapa?
–No, por favor– dijo Ianquele poniendo la mano sobre el vaso, pero Duveth ya había comenzado a verter la grapa y le mojó la mano.
 –Bueno, seguramente mi pobre imaginación escuchó los caballos... Aquí tienes, límpiate con esto– le dijo Duveth tendiéndole el trapo que había usado antes para acallar el sonido de la campana. –Nunca estuve más contento en toda mi vida. Joshua me estuvo explicando el teorema de los binomios de Newton.
–Duveth, creo que tendrías que comer algo. No es bueno tomar tanto con el estómago vacío– dijo Ianquele al ver que Duveth empezaba a beber directamente de la botella.
–Por cierto– continuó Duveth cada vez más animado –¿Sabías cuantas piedras se necesitan para matar a una persona? Cincuenta y seis. Eso, de acuerdo al teorema de Newton. Ah, y además se necesitan diez zhlobs, cada uno de ellos con brazos como los de Sansón. Como te darás cuenta, eso es imposible. Si tienes un momento, te puedo explicar el teorema de Newton en un pizarrón.
Ianquele le dijo que no, que tenía una idea general, y se despidió de su amigo.
–Mi casa está a la orden. Y por muchos años– dijo Duveth sonriendo, mientras la nuez de Adán le subía y bajaba por la garganta.
Cuando Ianquele abandonó la casa, vio que Duveth se acercaba furtivamente a la campana y volvía a insertar el trapo húmedo. Posiblemente no quería que ruido alguno lo distrajera del que debían hacer potenciales caballos pogromistas galopando por el shtetl.

 –6—

A la mañana siguiente, cada judío de Kloplotz despertó en un estado lamentable. Muy pocos habían podido dormir, tras enterarse que los zhlobs del pueblo habían convertido a los despreciados gitanos en sus favoritos tras muchos años de repudio. La última barrera entre los judíos y un pogrom había desaparecido.
Cuando se volvieron a reunir en la sinagoga, Joshua dijo que había revisado sus cálculos. Era necesario adoptar una resolución en menos de veinticuatro horas. Pero antes de decidir, propuso enviar al pueblo a Moishe el Umruhik, para que evaluara el ambiente.
Moishe visitó a varios zhlobs conocidos por su intransigencia. Se sorprendió por su cortesía y placidez. Y para completar las cosas, uno de los zhlobs, que un mes antes había acusado a una gitana de robarle dinero tras decirle la buena suerte, formuló respetuosos comentarios sobre los gitanos, su vida, costumbres y leyendas.
Cuando Moishe fue a la sinagoga e informó que los zhlobs habían cancelado no uno sino dos prejuicios al mismo tiempo, la congregación decidió huir.

 –7—

Una hora más tarde, todos los habitantes de Kloplotz habían empacado sus pertenencias. Las salpicaduras de lodo de los carruajes que abandonaban el pueblo continuaron hasta la noche.
 Al día siguiente, frío y soleado, las ventanas del barrio judío estaban abiertas y sus andrajosas cortinas flameaban al viento.
–Fue realmente una mala lectura del momento judío– dijo el extraño que viajaba conmigo en el tren, mientras agitaba su paquete de cigarrillos y me ofrecía uno.
–¿No había amenazas de pogrom?– le pregunté.
–Bueno, el pogrom era inevitable, pero no inmediato. Y lo peor del caso es que cada uno de los judíos de Kloplotz adivinó parte de la intriga, pero no pudo sumar dos más dos. Mucho más tarde descubrimos lo que había ocurrido. Algunos gentiles de Kloplotz habían comenzado a atraer gitanos a nuestra zona. Ellos los necesitaban porque ambicionaban sus maravillosos caballos y las monedas de oro que las mujeres llevaban cosidas a sus pañuelos. Y si además podían desalojar a los idn y quedarse con sus pertenencias ¿por qué no? Por lo tanto los gentiles prohibieron los chistes antisemitas, seguros que eso causaría pánico en la congregación. Al mismo tiempo, comenzaron a atraer a los gitanos contando chistes contra ellos. Estaban convencidos de que sólo la ausencia de chistes étnicos anunciaba malos tiempos. Una multitud de gitanos cayó en la trampa, como abejas en un tarro de miel. Nunca se supo qué pasó con ellos.
 Una sombra pasó por los ojos del narrador.
–Usted debe ser uno de los judíos de Kloplotz– le dije.
–Sí, el que se quedó último para apagar la luz. ¿Y sabe cuál es la última imagen que tengo del shtetl? La del zhlob que el día anterior me había mostrado un libro donde se destacaban los grandes aportes hechos por los judíos a la cultura polaca. Pero en esta ocasión, el mismo zhlob le estaba contando a un gitano un chiste de mal gusto sobre otro gitano. El gitano estaba a punto de reunirse con uno de sus compañeros, que por supuesto era un ladrón de caballos. El gitano se reía, mostrando su dentadura perfecta. Y en el cuello tenía una cadena de oro que debía valer el precio de cinco caballos...
El narrador se calló la boca. Luego asintió silenciosamente a sus propios recuerdos, y suspiró.
–Usted debe ser Moishe– le dije para romper el pesado silencio.
–Sí, la gente me llama Moishe el Umruhik– me dijo distraído. –El que originó este éxodo–. Y luego, tratando de recuperar la compostura, añadió tendiéndome la mano: –No necesito saber su nombre. Encantado de conocerlo.
Fin
Este relato forma parte de un volumen titulado Cuentos para la hora del davenen.





[i] Judío.
[ii] Aldeas.
[iii] Inquieto, desasosegado.
[iv] Gentiles
[v] Congregación. Hebreo.
[vi] Persona inculta, grosera.