sábado, 21 de octubre de 2017

Vida secreta de los cursos de idioma. (Relato)

Mario Szichman





El inspector de policía examinó la escena del crimen. La mujer había recibido un balazo en la mejilla, cerca de su ojo derecho. Estaba tendida junto a la mesa del comedor, rodeada de platos rotos.
El hombre estaba despatarrado a la entrada del dormitorio. Alguien le había arrojado un edredón rojo que disimulaba la sangre.
Un sargento estaba examinando cuadros en una pared.
–Póngase en la puerta de entrada—le ordenó el inspector. –Y ciérrela. Si alguien pregunta, usted no sabe nada.
El inspector se dirigió al dormitorio. En una de las mesas de luz encontró un juego de llaves, un teléfono celular, dos pares de anteojos y una libreta de anotaciones, muy gruesa.
El inspector se sentó al borde de la cama, abrió la libreta, y comenzó a revisarla. Al principio no había nada interesante. Apuntes de citas: con el psicólogo, con una hermana que en una frase se quejaba de su viudez. Un amigo le había dicho que aceptaba la invitación. ¿Para un almuerzo, para una cena? Mencionaba un restaurant.
El inspector pensó en colocar la libreta en un sobre, y entregarla en el laboratorio. Pero antes de hacerlo, notó que una página de la libreta tenía un doblez. Y allí comenzaba una nueva escritura, más fluida, con trazos más claros y firmes.
El policía comenzó a leer:

“Íbamos por la sexta lección de nuestro curso de italiano for beginners cuando apareció Bob Nelson en nuestras vidas. Bob era un exitoso empresario canadiense que visitaba la sede de su empresa en Firenze, se hacía amigo de sua collega Martina, y juntos visitaban negocios, museos, bares y restaurantes.
Al principio, la relación entre Bob y Martina era puramente amistosa. A Bob le gustaba il vino bianco, y a Martina, il vino rosso. A Bob le encantaba ir al centro de Firenze in sua machina. Martina, en cambio, prefería ir a pie. A veces –pero no siempre– coincidían en viajar en el tren subterráneo. En otras, Bob proponía usar La Metropolitana, pero Martina se negaba. Si bien se deshacía en elogios por el tren subterráneo, sugirió en varias ocasiones viajar en la machina de Bob.
Ya en la novena lección, surgió la primera dificultad, cuando descubrimos que Bob estaba casado y que su esposa vivía Al Canada.


Resultaba claro que Bob no deseaba hablar de sua moglie. Una vez, sólo una vez, informó que ella había nacido en Suiza, alla Svitzera. Pero luego, Bob se cerró como una ostra. Cada vez que Martina le preguntaba por su esposa, éste respondía con evasivas.
Las evasivas se prolongaron hasta la lezione quindici, cuando descubrimos el nombre de la esposa de Bob. Se llamaba Greta. La pareja tenía serios problemas conyugales.
Por supuesto, Bob era un dechado de cortesía. Nunca informó a quienes escuchábamos las lecciones, aquello que transcurría entre las cuatro paredes de su hogar en Toronto. Pero lo cierto es que, con una excusa u otra, Greta postergaba su viaje a Firenze para reunirse con il suo marito, su esposo.
En una ocasión  –ya habíamos llegado a la lección tuenti due– Greta anunció subbitamente que no podía abandonar Toronto. Cuando se disponía a embarcarse en el avión rumbo a Italia, descubrió que había olvidado sus tarjetas de crédito en el hogar. Eso nos pareció una débil excusa. Bob nos había informado dos lecciones antes que Greta era una mujer muy meticulosa. Poseía una extraordinaria memoria para el detalle. Nadie con esas cualidades puede olvidar las tarjetas de crédito en su casa cuando va a emprender un viaje all estero.


Cuatro lecciones más tarde, Bob decidió viajar subbitamente al Canadá, pero sin hacer alusión alguna a Greta. Eso sí que era extraño. Y aún más extraño fue lo que ocurrió a la lección siguiente: Bob retornó del viaje, piu contento, hizo una mención al bellisimo clima de Toronto, y ninguna alusión a Greta.
Mi esposa y yo debimos esperar tres lecciones más para que Greta reapareciera en la conversación. Pero la mujer parecía más un fantasma que un ser vivo. Bob, nuestro viejo conocido del curso de idiomas, comenzó a mostrar una conducta sospechosa. No se parecía en nada al Bob de las primeras lecciones, dicharachero, siempre optimista, un hombre que parecía genuinamente enamorado de su mujer y de suo lavoro. Ya en la lección vigésimo novena del curso de idiomas, sentimos una sombría premonición cuando Bob anunció que estaba vendiendo su casa en Canadá.
Martina, su amiga italiana –ni yo, ni mi esposa creímos por un momento que se tratase de una relación platónica–, le preguntó flirteando, por qué había decidido vender su vivienda. Bob dijo que intentaba comprar en Viterbo un apartamento. Para eso usaría el dinero obtenido de la venta de su casa en Toronto. Sin aludir a Greta, Martina le preguntó si no eran piu difficile los trámites para vender la casa en Toronto.
Martina no se animó a decir lo que nosotros sabíamos: era difícil, casi imposible, vender la casa sin el previo consentimiento de Greta. A menos... a menos que Bob ya no necesitara su consentimiento.
¿Se habrían divorciado en el curso de dos lecciones de italiano sin avisar a sus estudiantes? Mi esposa, que tiene una frondosa imaginación, pensó algo todavía más siniestro. Tal vez Greta había discutido violentamente con Bob cuando éste la visitó en Toronto. Tal vez reveló su amor por su amiga de Firenze. Y quizás... No, no. Era imposible. Durante las lecciones habíamos aprendido que Bob era tropo gentile, un verdadero caballero.
A la lección siguiente, Martina, de manera suave, pero imperiosa, le pidió a Bob que le explicara cómo pensaba vender la casa en Canadá sin la aprobación de Greta. Había inclusive algo de amenaza en la pregunta de Martina. Bob trató de explicar la situación. Pero sus disquisiciones eran confusas. O, al menos, no estaban al nivel de nuestros estudios.
   Y así se lo dijimos... Bueno, no a Bob. Decidimos enviar una carta a la empresa que había creado el curso de idioma, y señalamos nuestras dudas. Luego, seguimos escuchando las lecciones con renovado interés.
Hubo una serie de cambios en nuestras lecciones. La empresa que alquilaba las grabaciones, pasó del casette al disco compacto. La trama cambió, no parecía pertenecer al mismo curso. La voz de Bob adquirió un tono distinto. Le dije a mi esposa que parecía más juvenil. No, no era eso, dijo mi esposa. Era otro el hombre que recitaba las lecciones. Además, y podía ser producto de su imaginación, el nuevo Bob hablaba con premura. Parecía angustiado.
En la lección cuarenta y dos, Quarantadue, Bob desapareció completamente de los discos compactos. Volví a escribir a la empresa grabadora, señalando mi desconcierto ante esa ausencia. Tres semanas después, recibí una carta muy amable, donde el gerente de la empresa pedía disculpas, y explicaba que recibiríamos un reembolso de todas las lecciones de nuestro curso intermedio. Y como reparación, se nos enviaría un pequeño obsequio.
"... Pues habrá que esperar", decía en la libreta de anotaciones.
El inspector de policía observó que las dos páginas siguientes estaban en blanco. En la tercera, comenzaba una nueva escritura. La tinta negra había sido reemplazada por tinta verde.

Esta era la última entrada en la libreta de anotaciones descubierta por el inspector de policía:
"Siempre pensé que habían desaparecido las viejas reglas de cortesía. Pues me equivoqué: están más presentes que nunca. Nunca creí que Bob, o el actor que interpretaba a Bob, se tomaría la molestia de venir personalmente a entregar el reembolso del dinero que pagamos por las lecciones.
Me había imaginado a Bob de manera muy diferente. Bueno, la voz suele engañar. Nos habló de las dificultades que había tenido con el libreto. Sí, porque él había redactado el libreto de las lecciones.
Le dije que me había fascinado la intriga. No es habitual que en lecciones de idioma se interponga un drama pasional.
¿Había advertido entonces, me preguntó, que se había desarrollado una intriga sentimental entre Martina y Bob?"
-Bueno, le dije, aunque estaba presentada de una manera muy sutil."
-Ese era el propósito de la lección, me dijo, introducir una complicación sentimental. De lo contrario, todo se hacía muy aburrido."
-¿Formaba parte de la intriga la dificultad de vender la casa sin el previo consentimiento de sua moglie?"
-Ah, sua moglie. Sua moglie Greta ... Me alegra que haya aprovechado las lecciones".
-... A menos...
-... A menos que Bob ya no necesitara el consentimiento de Greta, añadió el personaje que interpretaba a Bob.
-Bueno, eso adquiere un nuevo twist, le dije. Usted tendría que desarrollar ese guión. Tal vez escribir una novela.
-No lo había pensado, reconoció con una sonrisa. Me imagino que usted se preguntó por qué Bob ya no necesitaba el consentimiento de Greta.
-Se me ocurrieron toda clase de escenarios desagradables, le dije con cierta picardía.
-Me temo que usted posee una imaginación desbordada, dijo Bob con una sonrisa.
-...¿Quizás librarse de Greta por algún método no convencional?, le pregunté.
-Piense en algunos de ellos -dijo contemplando el techo-. No me disgustaría compartir royalties. Luego me pidió permiso para ir al baño.
Aproveché su ausencia para venir al dormitorio y escribir mis impresiones. ¿Compartir royalties? Bueno, tampoco es cuestión de hacerse ilusiones... ¡Eso sonó como un disparo! No, como si se hubieran caído algunos platos..."

El inspector de policía cerró la libreta de anotaciones, se alzó de la cama, y retornó al comedor. Observó los cadáveres. Estaban algo más rígidos. Los fragmentados platos tenían manchas de sangre.
Ahora era necesario localizar a Bob, e investigar qué había ocurrido con sua moglie.
Se dirigió hacia la puerta de entrada. La abrió. Preguntó al sargento si alguien lo había fastidiado.
–No, inspector. Pasaron dos o tres personas, miraron con curiosidad, pero siguieron de largo.
–Usted estudió leyes—le dijo el inspector.
–Sí, pero abandoné cuando llegué a la ley Sálica. Era insoportable.
–¿Estará al tanto de leyes más modernas?
–Aunque abandoné los estudios, siempre me interesó la jurisprudencia.
–¿Tiene idea si existe un tratado de extradición entre Canadá e Italia?


miércoles, 18 de octubre de 2017

Gloria al bravo pueblo


Mario Szichman



El domingo 15 de octubre de 2017, hubo elecciones regionales en Venezuela. Estaban en juego 23 gobernaciones. El chavismo obtuvo 17 gobernaciones, y la coalición opositora MUD (Mesa de Unidad Democrática) cinco. Falta una por definirse. ¿Fueron comicios limpios? Más de uno piensa que el gran elector fue el técnico alemán Max von Frauden.
Las peripecias que pasaron los venezolanos en enclaves opositores son dignas de Ripley. Hubo reubicación de centros electorales, demora en apertura de las mesas, horas de colas, y toda clase de inconvenientes. En ocasiones, “colectivos” motorizados enviados por el gobierno, agredieron a potenciales votantes.
No hubo monitoreo internacional, se limitó el acceso de periodistas, se multiplicaron las trabas. Y aún más importante, la oposición aceptó las reglas de juego impuestas por un gobierno que solo soltará el poder al día siguiente que las ranas críen pelos. El gobierno de Nicolás Maduro, como dicen en nuestro ámbito, “le tomó el tiempo” a la oposición. Ya en el 2015, la oposición ganó la mayoría absoluta en los comicios parlamentarios. ¿Qué hizo el chavismo? Fue despojando de poderes a la Asamblea Nacional opositora, hasta convertirla en un objeto decorativo.
La única acción que se recuerda de la AN fue haber ordenado quitar del hemiciclo los cuadros del fallecido presidente Hugo Chávez Frías. La primera acción que adoptó el chavismo tras ganar las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente –en las cuales se abstuvo la oposición— fue devolver los cuadros de Chávez al hemiciclo.
La Mesa de Unidad Democrática, la franquicia electoral opositora, estaba segura de un abrumador triunfo en los comicios regionales. Cuando se revelaron los resultados, vastamente favorables al gobierno presidido por Nicolás Maduro, la oposición se negó a respaldar los resultados. Exigió una auditoría, y convocó a salir a la calle para protestar. Sin embargo, según indicó The New York Times, la oposición “no ofreció evidencia alguna de fraude a través del sistema de auditoría”.
Estoy escribiendo en la noche del martes 17 de octubre. Quizás en los próximos días la oposición exhiba las pruebas del presunto fraude. Quizás. Ocurre que algunos de sus voceros son notoriamente unreliables, como suelen decir en estas tierras. Por ejemplo uno de ellos, Freddy Guevara, anunció el pasado 11 de enero la remoción del presidente Nicolás Maduro. Guevara nunca se disculpó por esa incorrecta aseveración. No es su estilo. El estilo es siempre pasar a otro tema.
La noche del domingo 15 de octubre, mientras se aguardaban los resultados de las elecciones, Gerardo Blyde, jefe de la campaña opositora, fue consultado sobre la cifra de participación. Blyde indicó con cierta jactancia: “Somos respetuosos de la ley. Yo no puedo dar en este momento las cifras de participación que manejamos, pero vean mi cara”. Y mostró una sonrisa de gran triunfador.
En otro país, su sonrisa hubiera aparecido al día siguiente en la primera plana de muchos periódicos, con irónicos pies de leyenda. En la Argentina solían decir que se retorna de todas partes, menos del ridículo. En cualquier otro país, esa foto hubiera obligado a Blyde a renunciar a su cargo, y buscar refugio en alguna remota isla del Pacífico. Pero nada ocurrió en Venezuela. Blyde seguirá en su cargo de jefe de campaña, o en otro puesto importante. Todos los políticos, a ambos lados del espectro, suelen ser vitalicios en Venezuela. Nadie aludirá a su desplante. Tampoco lo objetará. Con cada día que pasa, Venezuela profundiza su status como el país de la desmemoria.
En otras partes, quien recuerda no repite. En Venezuela, todo se olvida con gran facilidad. Hay presos políticos que se encuentran en la cárcel desde hace más de una década, o quince años. Solo sus familiares los recuerdan.
 Desde chismes hasta bulos, desde promesas hasta flagrantes traiciones, todo se relega. Al punto que los malos de ayer se convierten en los fugaces héroes de hoy. Es suficiente con que “salten la talanquera”, que se pasen al otro lado. Ha ocurrido recientemente con la ex fiscal general Luis Ortega Díaz. Presos y decenas de familiares de presos políticos se la han pasado denunciándola durante años por su complicidad con la justicia chavista. Una vez saltó la talanquera, se convirtió en heroína de parte de la oposición.
Lo mismo ocurrió con un temible general que cuando era capitán, y mientras participaba en la asonada militar de 1992 contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, intentó asesinar a la esposa del primer magistrado y al resto de la familia, que había tomado refugio en La Casona, la residencia presidencial. El general llegó a ministro del Interior durante el gobierno de Maduro, y una de sus tareas consistió en ordenar la muerte de un temible miembro de los colectivos. El sujeto en cuestión logró dar declaraciones por televisión señalando que si algo le ocurría, el responsable era el general. Algo le ocurrió. El miembro de los colectivos fue ultimado de 34 balazos.  En Youtube quedó el indeleble testimonio de su denuncia.
Pero una vez el general fue destituido, y saltó la talanquera, comenzó a ser alabado por miembros de la oposición. Eso a pesar de que él, o alguno de esos sujetos con tenebroso pasado chavista, nunca sería invitado a una fiesta por una persona en su sano juicio. Simplemente para no pasar vergüenza ante el resto de los asistentes.

LO QUE VA DE AYER A HOY

Venezuela me recuerda un episodio de The Great Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald. El narrador de la novela, Nick Carraway, es invitado, en cierta ocasión, a la residencia de un misterioso millonario que vive en Long Island. Multitud de personas de diferente pedigrí asisten a la reunión. Nick Carraway se aburre muy pronto del clima de la fiesta. Pero cada vez que intenta abandonar el lugar, se entromete alguna conversación, que lo obliga a escuchar. Nada interesante emana del diálogo. En realidad, todo es muy banal. Y sin embargo, se suman las trivialidades, y Nick pierde varias horas intentando descifrar el insípido subtexto.
Es muy difícil huir del monomaníaco diálogo venezolano para alguien que habitó ese país durante casi una década (1967-1971—1975-1980), en el cual pudo ejercer el periodismo sin censura, y ganarse honestamente la vida.
Siempre le voy a estar agradecido a Venezuela por haberme cobijado en una época muy difícil para los argentinos. Cuando viajé por segunda vez a Caracas, en 1975, fue porque en la agencia noticiosa de Buenos Aires donde trabajaba, parapoliciales o paramilitares se habían llevado a cinco de mis compañeros de trabajo, que integraron luego la legión de “desaparecidos”. El episodio ocurrió poco antes de la llegada del general Jorge Rafael Videla al poder, en marzo de 1976, pues la lucha contra la guerrilla se había iniciado durante el tercer gobierno de Juan Perón, y la Triple A, presuntamente liderada por el ministro de Bienestar Social, José López Rega, había comenzado a secuestrar personas haciéndolas “desaparecer”.
Aunque yo no era un sujeto peligroso para las autoridades, era siempre mejor prevenir que lamentar. En esa época se comentaban las peripecias de un conejo, que había huido de la Argentina tras llegar a sus oídos la versión de que las autoridades estaban matando tigres.
 “Pero tú no eres un tigre”, le decía uno de sus colegas al conejo. “Es cierto”, reconocía el conejo. “Pero aquí, disparan primero, y averiguan después”.

UNA NUEVA VIDA

En Venezuela conseguí trabajo de inmediato, y en varios medios periodísticos. Trabajé con Sofía Imber y Carlos Rangel en el programa de televisión Buenos Días, y en la revista Auténtico. Luego pasé a la Cadena Capriles, donde colaboré en la revista Elite y en Venezuela Gráfica, antes de dirigir el Suplemento Cultural del diario Últimas Noticias.
Para un periodista, Caracas era una fiesta. Abundaban los medios de prensa, y los sueldos resultaban bastante decentes. La prosperidad podía olfatearse en el aire, junto con un increíble desperdicio de dinero, y una manera de arrojar manteca al techo que hubiera causado envidia a Jay Gatsby.
Personas de clase media enfilaban los fines de semana a Miami para poder llenar su vivienda de objetos innecesarios. Una de mis alumnas en la universidad Andrés Bello, viajó en cierta ocasión con su esposo a Miami. Su exclusivo propósito era adquirir toallas para el baño. Cuando retornó a Caracas, descubrió que las toallas no combinaban con los azulejos. Por lo tanto, a la semana siguiente, viajó nuevamente a Miami para comprar azulejos que hicieran juego con las nuevas toallas.
Nunca viví en una ciudad tan irreal como Caracas. Como dicen en estas tierras: It´s too good to be true, era algo demasiado bueno para ser verdadero. Y por supuesto, no lo era. Se trataba de una gigantesca burbuja que poco necesitaba para estallar.
La política estaba dominada por la clase alta, y por pequeños sectores de la clase media. Pero los llamados “Amos del Valle” (de Caracas) controlaban el país.
La mayoría de los venezolanos vivían en los cerros que circundaban el valle. Y la población de esos cerros crecía de manera constante, siempre en condiciones precarias.
El petróleo era el milagroso maná que permitía subsidiar toda clase de actividades. Se construían hospitales y escuelas, autopistas, y durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, líder de Acción Democrática, se implementó un descomunal plan de desarrollo que incluyó plantas siderúrgicas en el estado Bolívar, la presa del Guri,  empresas petroquímicas y otras obras de industria pesada.
Pero la mágica riqueza seguía surgiendo del petróleo. La creciente dependencia del oro negro era evidente. Declinaba la agricultura y la ganadería. Comenzaba a acechar el fantasma de la inflación. Alrededor del 90 por ciento de los ingresos de Venezuela provenían de las exportaciones de crudo.
Aunque se hablaba de diversificar la economía, existían grandes baches para implementarla. El empresariado venezolano rehusaba todo riesgo. Por lo tanto, había que subsidiarlo. Y eso encarecía los productos.
La crisis se fue acumulando. No tenía la magnitud que destruyó los ahorros de los alemanes en la República de Weimar, o que hundió a Estados Unidos en La Gran Depresión. Pero había muchos síntomas alarmantes. Luego, con el gobierno del socialcristiano Luis Herrera Campins, comenzó la devaluación del bolívar, que durante varios años se había mantenido en la paridad de 4,3 bolívares por dólar.
Para sumar el insulto a la ofensa, aumentó la corrupción. El cómico Joselo insistía en sus programas de televisión en que Venezuela estaba siendo devorada por “la marabunta adeca”.  (Los partidarios de Acción Democrática eran calificados de “adecos”). Los gobiernos socialcristianos podían enorgullecerse de contar con una marabunta similar.
En cierta ocasión, el intelectual y político venezolano Arturo Uslar Pietri reclamó “sembrar el petróleo”, usar el dinero de sus ingresos para diversificar la economía. El famoso pintor y caricaturista Pedro León Zapata, replicó con un dibujo en el periódico El Nacional. Un pobre venezolano comentaba: “Aquí, cada vez que siembran petróleo, solo crecen cambures”. (Cambur es sinónimo de plátano, pero también de empleo. Estar encamburado, es contar con un empleo rentable, y provisto por el gobierno de turno).

FALSOS POSITIVOS

Venezuela no era una meritocracia. Era una partidocracia. En cierta ocasión, fui a pedir trabajo en una planta de la televisora oficial. El director de la planta me entregó un sobre. Dentro había un cheque por 500 bolívares. Algo más de cien dólares. Le devolví el sobre. Le expliqué que buscaba trabajo. Sonrió amable. No entendió mi gesto. Tal vez le pareció absurdo que buscara trabajo cuando podían subsidiarme. Luego, resignado, me ofreció empleo. Como archivista. Meses más tarde, uno de los periodistas del canal de televisión renunció, y yo pasé a ocupar su puesto. Eso fue a finales de la época del presidente adeco Raúl Leoni.
Tras las elecciones, los adecos fueron reemplazados por los copeyanos que lideraba Rafael Caldera. Como yo había ingresado a la planta durante un gobierno adeco, al cabo de pocos días me echaron del trabajo. Estaban convencidos de que era adeco. A cambio, hicieron ingresar a un copeyano. Quizás a varios. El partido que obtenía el poder, monopolizaba los empleos públicos.
Recuerdo que cuando nos convocaron a todos los empleados del canal para saludar a la nueva junta directiva, más de cien personas que nunca había visto en mi vida, aparecieron en el salón. Según me explicaron luego, se trataba de adecos, cuya única tarea era ir los 15 y 30 de cada mes a cobrar el cheque, en pago por sus inexistentes servicios.

FAST FORWARD



Por estos días trabajo en una biografía de un político y diplomático venezolano. Reencontrarme con él, tras varias décadas, ha sido muy interesante. Posee una increíble memoria, ha tenido que lidiar con personajes muy importantes, y observarlos, además, en vivo y en directo. Siempre ha sido un indeclinable adversario del fallecido presidente Hugo Chávez, desde el día de su inauguración.
En un debate con un chavista, dijo: “Yo conocí quién era el comandante Chávez a las 5: 00 am del 4 de febrero de 1992, cuando entré en el Palacio de Miraflores con el presidente Pérez y vi en la puerta de su oficina la sangre de un oficial que venía a matarlo por órdenes de su comandante. Ese día supe quién era Chávez”.
Mi respetado amigo, a quien conocí en Caracas, me ha servido, entre otras cosas, como una vara de medir. Sus relatos me han permitido comparar de manera constante la Cuarta República de adecos y copeyanos, con la Quinta República bolivariana. También analizar la evolución de los personajes políticos de la Cuarta.
Muchos de ellos se convirtieron en una caricatura de sí mismos durante la Quinta. Los románticos, juveniles, audaces luchadores de la Cuarta, se transfiguraron en asalariados de burócratas opositores, o solapadamente, del gobierno. Hablan eternamente por los dos costados de la boca, usan discursos trillados, carecen de una mirada fresca, están anquilosados en sus gestos, son perezosos hasta para pensar, y suelen reemplazar sus reflexiones con bravuconadas que nunca cumplen.
Los vientos de la Cuarta República han traído la tempestad de la Quinta. Si bien la destrucción de la Cuarta República, fue acelerada en cierta forma por la rebelión militar de 1992, uno de cuyos cabecillas fue Chávez, todo anunciaba los difíciles tiempos por venir. Un poco como el putsch de Munich en que participó Adolf Hitler en 1923. Gracias a esa rebelión, Hitler obtuvo una fama nacional que lo propulsó al poder en los comicios de 1933.
En Venezuela, la devastación culminó con el juicio político al presidente Pérez, y la desastrosa segunda administración de Caldera –quien además indultó a Chávez y contribuyó a convertirlo en una figura nacional.
Chávez nunca permitió  el juego democrático, y las últimas elecciones han demostrado –aunque la oposición sigue sin exhibir pruebas—que cuando un régimen decide quedarse en el poder, es casi imposible desalojarlo.
Diecinueve años de chavismo han creado un país tan irreal como el surgido en la Cuarta República, aunque obviamente, mucho peor.
Venezuela no es todavía el agujero negro de Calcuta, pero va en camino de serlo. La miseria ha permitido al gobierno de Nicolás Maduro ampliar su clientela electoral a través del otorgamiento de bolsas de comida, y de otros subsidios.
Los relatos que uno escucha de la gente son para poner los pelos de punta. Entre tanto, una de las vías de escape son los comicios, que el régimen convoca prácticamente cada año, o que cancela a voluntad cuando se le antoja, como ocurrió con el Referéndum Revocatorio destinado a librarse de Maduro. El referéndum debía haberse llevado a cabo el año pasado, y nunca se concretó.
Todos los poderes han sido capturados por el chavismo. Eso le permite gobernar a su antojo. Venezuela es ahora una sociedad de irresponsabilidad ilimitada. Las esperanzas de que algo cambie son magras. El problema es que la oposición oscila perpetuamente entre la resistencia y la cohabitación.
Recuerdo que el historiador venezolano Domingo Alberto Rangel decía de los chavistas: “son como los adecos, pero a lo bestia”. Los chavistas parecen a veces una mutación, en otras, una prolongación corporal de sus antecesores, aunque más obesos. Abundan las dobles papadas en sus filas.
Pese a sus defectos, la Cuarta República era una democracia. Quizás chucuta, pero democracia al fin. Ejercía la violencia, aunque era mucho más morigerada que la violencia actual. Tampoco mostraba el total desprecio por la ley de que se vanaglorian los chavistas.
Intentar eludir el malsano atractivo de la política que se practica en Venezuela es a veces difícil. Me siento, insisto, como el Nick Carraway de The Great Gatsby.
Venezuela es un país muy aburrido. Pero cada vez que uno intenta eludir su temática, siempre surge alguien trabando el camino hacia la salida. Es cierto, nada interesante se oye en el diálogo. Es verdad, todo resulta trivial. Y sin embargo, pese a eso, uno derrocha horas enteras oyendo propuestas, algunas alucinantes, intentando descifrar el subtexto. En esa irrealidad sobrevuela un aire de locura.
Pero es muy difícil huir del monomaníaco, improductivo diálogo venezolano. Aunque representa una enorme pérdida de tiempo. Y puede afectar la salud mental.



sábado, 14 de octubre de 2017

Ángel Rama: La realidad de Mario Szichman





El 21 de marzo de 1978, Ángel Rama escribió en su diario: “Desde que publico un artículo cada domingo, en El Universal (de Caracas), hay silencio en torno mío. Para el medio intelectual es el leprosario, del cual se tiene noticia, pero no se habla. Comprendo el frenesí de Szichman que lo lleva al ataque: en él siente que existe”. Y luego, Rama despotricaba sobre la vida intelectual venezolana. O su casi total ausencia. Todo se reducía a “Chismografía, pequeños intereses, exhibicionismos pueblerinos. Pero nada de auténtica pasión por la tarea intelectual, ni diálogo sobre sus proposiciones... Están comidos por la vida trivial y la pueblerina imitación de lo que creen las maneras de los escritores. Repiten gestos a falta de poder asumir los significados intelectuales que rigen esos gestos”. (Ángel Rama: Diario 1974--1983. Prólogo, edición y notas de Rosario Peyrou. Ediciones Trilce, 2001. Montevideo, Uruguay).
La mención de Rama al frenesí de mis ataques contra las nulidades engreídas de Venezuela fue un generoso homenaje de ese valioso intelectual uruguayo. Rama careció, en la Caracas de su exilio, del respaldo de otros profesionales de la escritura. Fue un trabajador a tiempo completo en la Biblioteca Ayacucho, un monumento cultural muy difícil de igualar en el resto del continente.  
Afortunadamente, nunca tuve que lidiar con la burocracia cultural venezolana, o con sus monigotes. Siempre me gané la vida en el periodismo, donde era más difícil serrucharle el piso a los rivales. Las amenazas de perder el empleo si lidiaba con vacas sagradas como Arturo Uslar Pietri o Miguel Otero Silva, uno de los propietarios del periódico El Nacional de Caracas, resultaban inexistentes. Hubiera sido diferente en un empleo público.  
Por lo tanto, como decía Rama, me dediqué al frenesí de atacar la prosa, o la poesía, de muchos intelectuales. Escribí Miguel Otero Silva: mitología de una generación frustrada, y perdí toda posibilidad de publicar en el periódico El Nacional. Ese mismo año, publiqué Uslar: cultura y dependencia. Ninguno de esos ensayos es recordable, o perdurable, pero al menos, sentí que existía, vivía, en mis cuestionamientos.
Rama tuvo la generosidad de comentar en 1978, en el periódico El Universal, dos de mis novelas. No tenía necesidad alguna. Por el contrario, corría riesgos del establishment caraqueño. Sin embargo lo hizo. Y además, con rigor y equilibrio. Siempre le estuve infinitamente agradecido. 
                                                                 M.Szichman

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Texto de Rama:
Se llama Mario Szichman, nació en Buenos Aires en una familia de inmigrantes judíos y desde hace tiempo vive en Venezuela. Tiene 32 años y fuera de un don de libelista dentro del magisterio de Paul—Louis Courier, es autor de tres novelas –escritas en Caracas—que son una y la misma novela obsesiva.
Su escritura ardiente y descuidada, la composición compleja y jadeante de sus relatos, el vigoroso acento existencial, su visión desenmascaradora de los personajes, sus planteos dramáticos que aborda de manera sarcástica desmesurando el grotesco, han hecho de él una de las figuras que importan en esa narrativa en marcha de América Latina que procura sustituir la estética de los autores del boom narrativo. Los tres libros son Crónica falsa (1969) que obtuvo una primera mención en el Concurso Casa de las Américas,  Los judíos del Mar Dulce (1971) y La verdadera crónica falsa (1972), que es una nueva versión de su primera novela.
Todas cuentan un mismo asunto y manejan los mismos personajes, desde una perspectiva francamente autobiográfica.  Es un problema que concierne visceralmente al narrador y a la vez, a su liberación. Una y otra vez vuelve sobre un círculo de criaturas familiares y las “revive”. Eso implica contarlas y contarse en un trance de notorio trasfondo psicoanalítico, pues esos son los fantasmas que deben ser corporizados mediante el discurso literario.
El narrador se asume al asumirlos e ingresa a un combate, por momentos doloroso, por el otro sarcástico hasta la irrisión. De esa manera postula el tránsito simultáneo por tres ámbitos que se entremezclan: es la existencia de miembros de una familia cuyo significado último no se alcanza dentro de una opacidad generalizada, aunque es de una vitalidad directamente carnal; es la vida de un narrador como una sombra de ese mismo círculo mágico, colocada en circunstancias concretas que reiteran el absurdo y la opacidad; es finalmente ese tejido de mediaciones y recursos que objetivan a los seres humanos permitiendo reconstruirlos sobre otros campos: fotos, películas, reportajes periodísticos, investigaciones, palabras, la propia escritura y la composición literaria.
La atención extremada para los dos ámbitos primeros, exacerba aquí la conciencia de ese tercero, que es el de la literatura como sucedáneo del discurso psicoanalítico. En él es posible retrotraer el tiempo, dar un cierto cuerpo nuevo al fantasma, manejar objetos culturales (palabras, imágenes) que como los sueños transportan cargas profundas. Y sobre todo, componer un orden aparentemente desordenado, que traduce con paralela intensidad, tanto el universo que se investiga como la forma en que esa investigación es realizada y quien la lleva a cabo. De ahí que sus novelas sean reconstrucciones en que el método y el sistema aplicado resulten tan explícitos y necesarios como el material que se recupera de un pasado abolido.

EMPLAZANDO A LOS PECHOF

Todo tiene que ver con los Pechof, una familia de judíos polacos que emigra a la Argentina, iniciando allí el proceso de adaptación que, si por una parte los incorpora progresivamente a las costumbres y asuntos de la vida argentina, por el otro los va despojando despaciosamente de esa tan cerrada red de tradiciones y modos de conducta que viene desde el lejano gueto, con su lengua idisch, su religión, su conciencia racial, su concepción cerrada de la familia. Se trata de una red en la que siguen moviéndose, tratando de prolongarla, como si en ella les fuera la vida, o al menos su significado.
Se trata de judíos pobres, instalados en los barrios suburbanos, aplicándose a insignificantes oficios, prendidos a la vida con vigor, entrelazados al margen de la sociedad, y al mismo tiempo conviviendo con la más extravagante serie de personajes y situaciones de la vida humilde porteña.
La figura de Natalio, el padre, que rige a la Crónica Falsa, destaca el proceso de integración a través de su participación en el socialismo argentino. En cambio, la visión más amplia del conjunto familiar, que se ofrece en Los judíos del Mar Dulce, subraya el proceso de segregación, alternando con un “idische jazene”, un casamiento judío –uno de los episodios grotescos que hubiera codiciado Discépolo–, con la simultánea agonía de Eva Perón.

David Viñas ha subrayado, a propósito de la narrativa de Mario Szichman, su conexión con Gerchunoff o Rozenmacher, que en distintas épocas trabajaron el tema judío, distinguiéndolo de ellos por el manejo de la insolencia. Eso lo distancia de toda la impostación costumbrista en la descendencia del clásico Sholem Aleijem.
Pero en la literatura no es el tema, aún tratándose de uno tan intenso como el de la tradicional y rica familia judía, el encargado de estipular los linajes. Es la narrativa del propio David Viñas que puede aproximarse la de Mario Szichman debido a ese tono existencial desbordado que consigue un efecto de realidad bruta imposible de hallar en otros escritores. Y es que ambos son descendientes de un escritor que es padre de una importante y opositora falange literaria: Roberto Arlt.
Por momentos, Szichman copia el uso de los personajes secundarios de Arlt (su rufián jubilado), y siempre se mueve dentro de su peculiar concepción que podría sintetizarse de esta manera: predominio del personaje sobre cualquier otro elemento del discurso literario, distorsión e intensidad de esos personajes haciéndolos traspasar los lindes de un realismo exasperado e incorporándolos a una dimensión no solo fantasmagórica sino fantástica. A eso se suma una recuperación sin tabúes de la vida humilde, grosera, concreta, corporal, y simultáneamente insólita. De esa manera construye una sucesión siempre sorprendente de situaciones enriqueciendo la escritura con un régimen de comparaciones y de “particulares” cuya vivacidad es equivalente a su originalidad. Hay una oscuridad y violencia de las pasiones que se encauzan por laberintos irracionales con una fuerza ingobernable.

CAMBIO DE GUARDIA

Szichman alterna esta visión de los personajes y de las situaciones al encuadrarlos en una esfera social que la vida intelectual argentina debe tanto a Sartre como a Gramsci. Sus novelas manejan un marco social presente, encargados de rodear una peripecia personal.
En La verdadera crónica falsa, se trata de una investigación sobre los peronistas fusilados en el basurero de José León Suárez, en la provincia de Buenos Aires, por parte de soldados de la Revolución Libertadora. El episodio atrajo a Rodolfo Walsh, y dio origen a su excelente serie de reportajes llevados al libro con el título de Operación Masacre. En Los judíos del Mar Dulce es la operática agonía de Eva Perón y de sus infinitos funerales, que también concitaron la atención de otro narrador del movimiento, Jorge Onetti, en su novela Contramutis.
Esta alternancia, que ha llegado a constituirse en una solución mecanizada y que no falta prácticamente en ninguna de las novelas italianas modernas, como herencia de preceptos literarios del siglo diecinueve, se resuelve de un modo simple mediante dos series de capítulos que permiten la progresión cronológica simultánea de los sucesos, los cuales se responden y oponen de manera armónica. Pero alcanzan una instancia superior, cuando se complican por la descripción del sistema narrativo que se aplica. Especialmente en Los judíos del Mar Dulce, donde se agrega una tercera serie, desfasada de manera cronológica sobre las dos alternas. Allí se narra la filmación de una película que describe el traslado de los Pechof desde Polonia y su asentamiento en la Argentina. De esa manera, se repite el ciclo histórico de la nacionalidad, con aceleración cinematográfica.
Pero más que en los modos de composición, el don que conforma la originalidad de estas novelas radica en la presencia de detalles significativos, y en el manejo de particulares.
Impostados sobre una coordenada realista, acumulan detalles extraños. Hay bruscas iluminaciones, gestos o conductas imprevisibles, datos frecuentemente vulgares y coprológicos, reviviendo esa capacidad de animación que en su momento y coordenadas, develó la sorpresa de la narrativa de Dostoievski, y que en época moderna trazó el universo de Celine.
Se trata de la irrupción de un estrato oculto que reconstruye “la triste vida corporal” de que hablaba el poeta. Sirve también para conceder un aire realista a historias y personajes que han sido redimensionados sobre un escenario chirriante, grandilocuente, desesperado.
Szichman se desborda por la vía realista hacia un universo alucinante, que parece el único capaz de traducir la vivencia exaltada y dolorosa de esa realidad. Es una suerte de grotesco irredimible, una frenética farsa, un sarcástico aquelarre, reviviendo la frase desolada de Macbeth que hizo suya Faulkner: es el estrépito y la furia de la percepción del absurdo.
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Este ensayo fue publicado originalmente en el “Suplemento Cultural” del periódico El Universal de Caracas, el 5 de marzo de 1978.

N.B. En la vida prefiero el orden cronológico, aunque es un pecado mortal en la narrativa. Gracias a mi querida y talentosa amiga uruguaya Alicia Migdal, he recibido un video, grabado en 1983, donde entrevisté a un ser humano de enorme calidez, modestia y fragilidad, llamado Ángel Rama. Pueden ver el video de la entrevista en el siguiente enlace:
https://www.youtube.com/watch?v=XmDCiJVEtcE



miércoles, 11 de octubre de 2017

¿Podemos controlar nuestro destino?


Mario Szichman




"Nada hay tan poderoso para envilecer
el espíritu de un hombre
como las caricias de una mujer".
San Agustín
"El celibato no es esencial para el sacerdocio;
no es una ley promulgada por Jesucristo”.
Papa Juan Pablo Segundo, julio de 1993.



Un amigo mío, muy talentoso, me dijo en cierta ocasión que consideraba falsas las obras de Henrik Ibsen, porque no lidiaban con problemas universales.  “Muchos de esos dramas podrían solucionarse si los personajes instalan buenas cañerías”, señaló.
Es obvio que las tragedias griegas lograron excluir la temática de las cañerías porque en la época en que fueron escritas, se eliminaban los desechos humanos mediante otros métodos. Pero el comentario de mi amigo iba más allá. Y se relacionaba con algo más trascendente: la ley. Por un lado, había problemas de salubridad pública, que podían resolverse con mejores construcciones y métodos de aseo. En cambio en otros, que decidían la suerte de un hombre, o de una mujer, debía intervenir el estado, o la iglesia, o cualquier otra institución apta para imponer la ley.
En realidad, el conflicto más acuciante de todo ser humano, es con la ley. Puede ser la ley del padre, mencionada por Sigmund Freud, o las leyes que los gobernantes imponen a sus súbditos.  Algo tan sencillo como una ley para implementar el control de cambios, puede llevar a un pueblo a dificultades insalvables. Eso ocurre ahora en Venezuela, donde funcionarios han amasado fortunas inmensas, obteniendo dólares a “precio oficial”, y canjeándolos en el mercado negro de acuerdo a la cotización internacional.
No conozco novelas que tengan como protagonista al control de cambios, o a la inflación, aunque esos instrumentos monetarios o desgracias financieras, son más devastadores que algunas guerras. (La inflación en la República de Weimar es considerada una de las principales razones del ascenso de Hitler al poder).
La Gran Depresión en Estados Unidos no duró más de cinco años, pero sus secuelas se hicieron sentir por décadas, aunque la llegada de la Segunda Guerra Mundial permitió un despegue económico basado en la economía de guerra. Curiosamente, uno de los corolarios fue la drástica reducción en el porcentaje de divorcios. La incertidumbre en materia de salarios, o la posibilidad de prescindir del consorte en un combate, abría otras alternativas.

LA LEY DEL CÓNYUGE


La simple veda del matrimonio eclesiástico ha traído grandes cambios a nuestras sociedades. Lo demuestra el Concilio de Trento. Por otra parte, la abolición del divorcio en Francia, tras la caída de Napoleón Bonaparte, trastornó la idea del libertinaje, así como la trama de muchas novelas.
El Concilio de Trento (1545 a 1563), determinó que el celibato y la virginidad eran superiores al matrimonio, e impidió el casamiento a los religiosos. Es interesante verificar que durante estos veinte siglos de la era cristiana, solo en los últimos cinco fue aceptada la soltería de los sacerdotes. Por otra parte, las peripecias conyugales que sufrieron los clérigos en los quince siglos anteriores podrían dar lugar a decenas de sagas.

Al principio, la religión cristiana estaba compuesta por sacerdotes casados[i]. Pedro, el primer Papa, así como la mayoría de los apóstoles que rodeaban a Jesús, tenían esposas. Las mujeres, por su parte, desempeñaban un papel importante. No solo presidían la comida eucarística: en muchas ocasiones actuaron como sacerdotisas.
Uno de los primeros objetivos de la iglesia cristiana fue imponer el celibato. Algo que generó enorme resistencia en los sacerdotes casados. Por ejemplo, el Decreto 43 del Concilio de Elvira del año 306, celebrado en España, estableció que “todo sacerdote que duerma con su esposa la noche antes de dar misa perderá su trabajo”. Nunca se explicaron las razones. Pero es interesante recordar que los entrenadores aconsejan a sus pupilos no hacer el amor la noche previa a una competencia importante. Quizás obraron premisas similares.
En el Concilio de Nicea (año 325) se decretó que tras la ordenación religiosa, los sacerdotes no podrían casarse. Solo lograrían disfrutar de una vida marital si se casaban antes de la ordenación.
En el año 385, el sacerdote Siricio abandonó a su esposa para poder convertirse en Sumo Pontífice. Ese mismo año, se prohibió a los sacerdotes dormir con sus esposas. ¿Se respetó ese decreto? Abundan las dudas.
Sin embargo, la iglesia no cesó en sus esfuerzos por imponer la abstinencia a los sacerdotes casados. En el Segundo Concilio de Tours, del año 567, se instituyó que todo clérigo hallado en la cama con su esposa, sería excomulgado por un año y reducido al estado laico. Tampoco esa prohibición tuvo gran efecto. Pues en el año 580, el Papa Pelagio II ordenó dejar tranquilos a los sacerdotes casados. Sólo les prohibió transferir la propiedad de la iglesia a sus esposas o hijos.
A fines del siglo VI de nuestra era, el Papa Gregorio señaló que “todo deseo sexual es malo en sí mismo”. Al menos para los sacerdotes. Pues de haber aceptado ese criterio el resto de los hombres, la raza humana hubiera desaparecido.
En el siglo VII de nuestra era, se descubrió que, al menos en Francia, la mayoría de los sacerdotes estaban casados. Y en el siglo VIII, San Bonifacio informó al Papa que en Alemania casi ningún obispo o sacerdote era célibe.
En el año 836, durante el Concilio de Aix-la-Chapelle, se reconoció que en los conventos y monasterios se habían efectuado abortos o cometido infanticidios, “para encubrir las actividades de clérigos que no practican el celibato”.  Fue entonces cuando el obispo Ulrico, usando como fundamentos la escritura sagrada y el sentido común, señaló que sólo autorizando el casamiento de los sacerdotes, se lograría purificar la iglesia de “los peores excesos del celibato”.
En el año 1045, el Papa Bonifacio IX decidió envilecerse con las caricias de una mujer, se dispensó a sí mismo del celibato y renunció al cargo para contraer matrimonio. La reacción fue bastante drástica. En el año 1095, el Papa Urbano II ordenó vender a las esposas de los sacerdotes como esclavas, y dejar a los hijos librados a la buena de Dios.
Y finalmente, en el siglo XVI, con el Concilio de Trento, la imposición del celibato, selló la suerte de los sacerdotes católicos. El famoso caso de Beatrice Cenci fue una de las consecuencias más trágicas. Violada por su padre y amada por su novio, el abate Guerra, Beatrice decidió escapar de su hogar y casarse con el sacerdote.
Como señaló Alejandro Dumas en su libro Crímenes Famosos, faltaba un tiempo para la celebración del Concilio de Trento, en el cual se impondría el celibato sacerdotal. Pero circunstancias imprevistas obligaron a postergar el casamiento.
Francesco Cenci, el padre de Beatrice, se atravesó en el camino de los amantes. Cuando el abate Guerra, antes de la celebración del concilio, pidió a Francesco la mano de Beatrice, el padre respondió: “Existe una razón por la cual mi hija no puede casarse con usted”. Guerra exigió una explicación. “Es muy sencillo”, dijo Francesco, “ella es mi amante”.  
Tras caer sobre el abate la condena del Concilio de Trento, Beatrice decidió asesinar a su padre, furiosa porque había bloqueado toda posibilidad de dicha conyugal.
La adolescente contó con el respaldo de dos de sus hermanos, y de su madrastra, quienes se libraron del temible Francesco arrojándolo por un balcón. Los cuatro fueron condenados a muerte, y ejecutados de una manera bastante horrenda.
Fue así que el destino se cruzó en el camino de los Cenci. ¿Podría haber sido diferente sin el Concilio de Trento? Las opiniones difieren. De todas maneras, si se analizan previas ordenanzas religiosas, es obvio que un precepto puede cambiar la vida de los seres humanos, y no siempre para mejor.

LA FICCIÓN DEL DIVORCIO


Cuando Napoleón fue derrotado en 1815 en Waterloo, y los Borbones retornaron al trono de Francia, el divorcio fue prácticamente abolido, y la mujer quedó a total merced del marido.
El legislador francés Alfred Nacquet propuso en 1884 aflojar los lazos conyugales mediante una modernización de la ley de divorcio. El escritor Emile Zola dijo que ese proyecto ponía en peligro varias intrigas narrativas, así como una de sus tramas favoritas: el adulterio.
En fecha reciente Nicholas White publicó French Divorce Fiction: From the Revolution to the First World War, y en una reseña de ese libro publicada en The Times Literary Supplement, la ensayista Rosemary Lloyd recordó los avatares que sufrió la ley de divorcio en Francia desde la Gran Revolución de 1789 hasta bien entrado el siglo veinte.
Recién en 1975 el Parlamento francés decidió aceptar el divorcio por mutuo consentimiento, más de dos siglos después que los miembros de la Asamblea Nacional aprobaron una ley con similares atributos.
Ya con Napoleón, la cohabitación de un hombre con una mujer, algo confinado a la esfera privada, pasó a la tutela del Estado. Pero quien se encargaba de supervisar la sexualidad del otro miembro de la pareja era siempre el marido. El hombre podía divorciarse sin problemas, además de negarle la separación a su esposa. De esa manera, dice Lloyd, “durante el siglo XIX el adulterio se convirtió en el tema predominante de la literatura francesa, o más bien, de la vida en general”.
La ley de divorcio propuesta por el legislador Alfred Nacquet en 1884, tenía un aspecto que incitaba a la narración. En tanto la ley de 1792 permitía el divorcio por mutuo consentimiento, la de Nacquet obligaba a los cónyuges a justificar los motivos de la separación, obligándolos a revelar sórdidos secretos ante un magistrado. Y eso se transfiguraba en relatos bastante sórdidos, que alimentaban las prensas.
 Tal vez no todos los relatos eran verdaderos. Pero eran imprescindibles para explicar en los registros judiciales las razones de disolución del vínculo matrimonial. Ese tipo de confesión sigue teniendo vasta popularidad en nuestra época, tanto en programas de televisión como en los tabloides.

En cierta forma, indica Lloyd, podría considerarse a Nacquet el demiurgo de nuevas intrigas narrativas. Su proyecto de ley permitió a Guy de Maupassant crear el personaje de Bel Ami, quien prosperaba en materia financiera gracias a los matrimonios en serie.
Si bien la trama de la llamada “novela del adulterio” produjo muchas obras maestras, empezando por Madame Bovary, poco se ha explorado otra vertiente de ese fenómeno: la circulación de las amantes en el mundo de Balzac y de Stendhal.
Así como para Clausewitz la guerra era la continuación de la política por otros medios, Balzac asociaba la rotación de amantes con el aumento del lucro o del poder por otros medios. Y Stendhal, mucho más romántico y menos cínico que Balzac, debió aceptar que conseguir una amante rica era una forma privilegiada de ascenso social. En ninguna parte se ve más claro que en esa incomparable confesión titulada Recuerdos de Egotismo.
Cuando Zola dijo que el proyecto de Nacquet hacía peligrar los argumentos de algunas de sus novelas, seguramente estaba bromeando. El conocía muy bien el vendaval y la ceguera del ardor. Basta leer La bestia humana, o Teresa Raquin, para verificar la sabiduría con que Zola analizaba nuestra prehistórica sexualidad.
Quizás otra clase de leyes aplicadas a la relación conyugal podrían haber atenuado la violencia, o cambiar el destino de dos seres que han cesado de amarse. Porque en ocasiones, la inflexibilidad de las leyes contribuye a la desdicha humana. Alejar a los fracasados cónyuges de toda posibilidad de confrontación permite salvar vidas.
Tras un crimen pasional, la reflexión más habitual es que ni siquiera un policía presente podría haber frenado las ansias homicidas de un marido ante un cuerpo que ha cesado de desearlo.



[i] Historia del Celibato en la Iglesia Católica.  https://www.futurechurch.org/historia-del-celibato