miércoles, 11 de marzo de 2015

Fotos en el congelador. La menguante sonrisa del gato de Cheshire

Mario Szichman

“Solo se convierte en leñador
quien se hace sensible
a los signos del bosque”.
Gilles Deleuze



He aquí algunas de las novelas que detesté la primera vez que las leí, y que ahora forman parte de mi panteón personal: The Catcher in the Rye, de J.D. Salinger, Little Big Man, de Thomas Berger, Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Celine,  y ahora Fotos en el congelador, de Carmen García–Romeu.  
¿Por qué primero el rechazo, por qué ahora la incondicional aceptación? Se trata, curiosamente, de novelas escritas en primera persona que es, para mí, la forma más difícil de narrar. En tercera persona, el narrador puede escudarse en otras voces. En la primera persona, necesita ser el ventrílocuo de sí mismo.  
Si en las dos o tres primeras páginas de la novela el narrador no convence al lector, es muy difícil que el resto del libro sea leído. Las posibilidades  disminuyen cuando la voz del escritor se hace pasar por otro.
 The Catcher in the Rye es la historia de un adolescente con problemas mentales bastante graves. Estoy citando de memoria, pero creo que la novela empieza luego del último breakdown del joven. Cuando la leí por primera vez, se llamaba El cazador oculto. Creo que era superior al título original. Al menos “El que atrapa en el centeno” suena horrible. Pero un lenguaje coloquial es difícil de traducir. Y el encanto del libro de Salinger se basa justamente en su slang, en su burlona mención a los artefactos de la cultura popular neoyorquina. Un solo ejemplo: Holden Caulfield, el protagonista de la novela, está obsesionado con la falsedad y la impostura. Parte de su locura se basa en la sinceridad. Olfatea a los farsantes a un kilómetro de distancia. En la traducción que publicó una editorial bonaerense, Caulfield decía que sus compañeros inventaban patrañas “para cazar mixtos”. Me imagino que la traducción más plausible sería “para cazar incautos”. Pero esa no era una forma coloquial.
Recién cuando me adentré en las aventuras de Holden Caulfield empecé a disfrutar de la novela, que es muy divertida. Lo mismo me ocurrió con Little Big Man, con Viaje al fin de la noche, y ahora, con Fotos en el congelador. En todos los casos, tuve que hacer una especie de pacto con el autor, aceptar su idiosincrasia, su manera de hablar, inclusive sus puestas en escena.   
Little Big Man cuenta la historia de un anciano de 111 años de edad que narra a un historiador sus aventuras en la época heroica del Lejano Oeste, tras ser secuestrado por indios Cheyennes, y hasta la batalla de Little Bighorn, cuando los indios masacraron a las huestes del general George Armstrong Custer. Su autor, Berger, usando un estilo abrevado en Mark Twain, destruye la épica de la conquista del Oeste recopilada en la cinematografía de John Ford. Es un monumento a la intertextualidad, pues la leyenda es presentada, y luego escrupulosamente demolida, por la crítica histórica.  
Viaje al fin de la noche es una larga invectiva, y si Celine logró sacar un conejo de la galera del mago fue, creo, gracias a la primera persona. Se escribieron muchas novelas sobre la primera guerra mundial, pero nadie se atrevió como Celine a mostrar, a través de la voz de un simple soldado, la decadencia imperial de Francia y las mentiras de sus dirigentes políticos y de sus jefes militares.  
En cuanto a Fotos en el congelador, sentí rechazo al principio porque es la historia de una escritora que se la pasa enviando novelas a concursos donde siempre se las impugnan. Inclusive, en alguna ocasión, una editorial da los nombres de los autores cuyas narraciones han sido descartadas en un concurso. La protagonista figura entre los excluidos, para su cuasi eterna condena.  
Que García–Romeu haya emergido de ese tropiezo para crear Fotos en el congelador (Editorial Verbum, 2014), es una de sus numerosas hazañas. Y aquí también, los méritos pertenecen a la voz de su protagonista, Inmaculada Bellido, cuyo nombre completo lo descubrimos recién en la página 132 de la novela. Pero ya para ese momento, la protagonista es simplemente Inma. Con su voz, no solo anima su cuerpo, y le brinda tres dimensiones, sino que además va construyendo a todos los personajes que pueblan su mundo.   
García-Romeu va armando el rompecabezas de Inma, y la enreda en aventuras   –sentimentales, sobrenaturales, con regresiones del pasado o inmersiones en períodos clásicos de la historia– donde es arduo desentrañar las pautas de la ficción, especialmente cuando el humor bordea con sabios pasos el absurdo, en tanto la narrativa se mantiene en equilibrio inestable. Y de esa manera, los lectores se van sumergiendo en un mundo paralelo donde nada es lo que parece ser.
La novela está apuntalada por una premisa que simula tener solidez, aunque casi de inmediato esa premisa es negada por una realidad  que viola de manera insistente las reglas del juego.  Como el gato de Cheshire (“¡Vaya! - se dijo Alicia -. He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato!”) el relato es un eterno escamoteo.  
Esta es la realidad de Inma:

Ahora vivo con mi abuelo que como se ha quedado viudo y ha perdido vista dice que no se aclara, que se extravía. Se pregunta qué va a ser de él. Francamente, me dio pena. Dijo que debía ser yo la que me trasladara a su casa porque ya estaba hecho a ella, a la disposición de los muebles, a los recovecos y, sobre todo, hija, al negocio. El abuelo tiene un negocio esotérico pero esa es otra historia. Me he traído dos bolsas, una con los triunfos de mi madre y otra con mis novelas rechazadas, ambas pesan, aunque cada una a su manera. Soy escritora pero no escribo ¿para qué?

Inma es una escritora abrumada por el oficio.
Gore Vidal, en su trabajo The Top Ten Bestsellers According to the Sunday New York Times as of January 7, 1973, disecaba y destruía buena parte de la narrativa moderna norteamericana al señalar las técnicas usadas por los autores para permitir que el lector avizorara el personaje. Estaba “La Escena del Espejo”, “La Escena de la Comida”, “La Escena de la Epidemia”, incluida la traqueotomía,  la “Escena en el cual el Analfabeto Descubre la Literatura”, y especialmente “La Escena Núbil” (“Ella siempre se había negado a desnudarse hasta en presencia de otras mujeres, pues la avergonzaban sus senos, que eran alargados, grandes y generosos inclusive para una mujer de su estructura ósea”). De la misma manera, Inma se conoce todos los trucos para capturar al potencial comprador de sus novelas. “Comienzo. La novela va a ser de intriga con saltos en el tiempo. Creo que está en la onda. Es lo que se vende ahora. Comienzo con descripciones del anochecer un poco líricas, para que se vea que soy licenciada en filología y cuido el lenguaje”.
Pero la protagonista está agobiada por su falta de éxito:

Había quedado finalista con una novela que escribí el año pasado. Hoy ha sido el fallo y han dejado el premio desierto. Dice el jurado que las novelas finalistas no tienen calidad suficiente. Ha salido en toda la prensa con letras inmensas. ´Las novelas finalistas no tienen calidad´ y detrás el nombre de los finalistas, el mío entre ellos. Me han dejado hecha polvo.  

Inma ha crecido en el mágico mundo del abuelo y la primera idea que tiene de una narración es el cuento de la mano negra, “uno que me contaba el abuelo de pequeña. Era una historia que no terminaba nunca, o que no iba a ninguna parte, pero que lograba engancharte. Enganchaba una barbaridad”.  
García-Romeu tiene, además, una piadosa mirada, siempre dispuesta a revelar la humanidad de sus personajes. Mientras nos narra su historia hay un texto subcutáneo que va remodelando el relato, incorporando o rehusando sinónimos, alterando el ritmo de la aventura, para sortear los puntos muertos. Con el abuelo, quizás su personaje más entrañable,  arma la pareja central de Fotos en el congelador. El abuelo, un místico, un vidente, y un embaucador, que termina creyendo en sus poderes taumatúrgicos,  en cierta ocasión, decide congelar las fotos de los enemigos de Inma, entre ellos los miembros del jurado de alguna de sus novelas, para impedir que la perjudiquen. Y la pareja, gracias a su disparidad, no solo por razones de edad sino de intereses, empieza a generar sus propias comparsas, de manera constante en el umbral del absurdo. Es difícil imaginar a Inma sin el abuelo, tampoco es posible separarla de la presencia de su madre y de ese bolso cargado de triunfos que pesa casi tanto como el bolso donde la protagonista guarda los manuscritos de sus rechazadas novelas. La madre, presencia fugaz en el texto, es, paralelamente, una figura abrumadora en la deformación profesional y sentimental de Inma, y constituye parte de la taquigrafía de las emociones que ha convertido  a la hija en un desbaratado proceso de creación y de destrucción. Esa misma taquigrafía permite a García–Romeu usar escasos trazos para definir a un ser humano, de tres dimensiones. Con varios de ellos construye su comedia humana, de manera primordial en torno al abuelo, pero también, junto a su recuperado amante, Álvaro, la quintaesencia del villano y a Gonzalo, uno de los guardaespaldas de Álvaro, y a los funcionarios que le fastidian la vida en el instituto donde intenta ganar el salario asesorando a una serie de aspirantes a escritores.
La literatura no solo está hecha en base a misterios. Hay un momento, el más arriesgado, el que brinda más recompensas, cuando el narrador incurre en la magia. En el mundo del cine, de la literatura en lengua inglesa, se lo denomina pulling a stunt. Algunos stunts son inadvertidos: hay que atribuirlos a la cronología, como Willliam Faulkner extendiendo el territorio y la historia de The Sound and the Fury al añadirle el famoso apéndice que prolonga la perdición de Candance de 1929, fecha de publicación del original, hasta 1945, permitiéndole así convertirse en amante de un oficial nazi. Otros son de entera responsabilidad del escritor: hay que imputarlos a la arbitrariedad, como en The Daughter of Time, de Josephine Tey, donde la novelista nos convence de que el rostro es el espejo del hombre. De esa manera reivindica la figura de Ricardo Tercero, el villano mayor del teatro de Shakespeare. El tercero puede encontrarse en la narrativa policial: en A Kiss Before Dying, de Ira Levin, o en la escritura de Jim Thompson. El propósito es hacer trastabillar al lector. En A Kiss Before Dying, Levin muestra que hay dos hombres que podrían matar a la protagonista y el lector ignora cuál de ellos es el verdadero homicida pues el autor  nunca ha incorporado un nombre y apellido al asesino.
García–Romeu trastorna la cronología,  prodiga la arbitrariedad, escamotea datos, y emerge triunfadora de su stunt. ¿Dónde está la ficción, hacia donde enfila la realidad transmutada en ficción? 
 “En más de una ocasión había pensado poner mi vida patas arriba, sacar mi ropa del armario, regalarla a la parroquia e inventarme otra mujer, más seductora, más valiente, más original”, nos dice la narradora. “Una triunfadora como mi madre. Lo que sea con tal de ser célebre y salir en la prensa. Una de esas escritoras famosas que se pasan la vida recibiendo premios y dando consejos a todo el mundo sobre la vida y sus vicisitudes”.  Al menos, va por buen camino.
En The Horse in the Baby’s Bathtub, un personaje de Jim Thompson recuerda que hay 32 tramas de novela. “Todas han sido engendradas por la misma madre. Pero existe una sola trama básica: las cosas no son lo que parecen ser: ésa es la madre de las otras 32: las cosas nunca son lo que parecen ser”. Gracias a ese factor persevera la literatura y perduran las buenas narradoras.




1 comentario:

  1. Bravo Carmencita!! no sé quién es Mario Szichman, pero para ser un crítico te ha elogiado pero que muy bien. Enhorabuena.

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