miércoles, 14 de octubre de 2015

Si quieren indagar en la calamidad que aguarda a Venezuela revisen la historia de España

Mario Szichman



Hace algunos meses publiqué en la versión digital del periódico Tal Cual de Caracas una nota que tenía por título: “El drama de Petróleos de Venezuela: tras raspar el fondo de la olla, se roban las ollas de sus instalaciones”  
La información se basaba en un trabajo de investigación de Reuters. La agencia noticiosa británica señalaba que piratas y atracadores se dedicaban a desmantelar parte de la infraestructura de la empresa estatal, una de las pocas que todavía sigue aportando dinero a las arcas del estado venezolano. (Casi de inmediato, la embajada venezolana en Londres denunció que Reuters estaba participando en una campaña de difamación contra PDVSA).  
El argumento central del artículo era que “el desempeño y la productividad de la industria petrolera venezolana estarían siendo afectados por una ola de criminalidad”. La embajada venezolana en Londres negaba tal aseveración, y reclamó a la agencia noticiosa corregir “los defectos” de la nota, “en nombre del respeto debido a los valores profesionales del periodismo, y a la verdad y realidad de Venezuela”.
Reuters no corrigió los presuntos “defectos” de su información. Tal vez supone que la verdad y realidad de Venezuela se define por la destrucción de todo aquello sospechoso de lucro. Hasta apostaría que, pese al rotundo desmentido de los funcionarios venezolanos, la producción de PDVSA va palo abajo, el robo de equipos y materiales va palo arriba, y el ente petrolero estatal terminará como todos los elefantes blancos del chavismo, boqueando y en la lona.  
Según Reuters, en la península de Paraguaná, frente a la isla de Aruba, habitantes de barriadas “en ocasiones ingresan en la refinería más grande de Venezuela para robar maquinaria, herramientas para la construcción, y cables, que venden como chatarra”. Entre tanto, en el estado Monagas, “unos 26.000 barriles potenciales de petróleo se perdieron en marzo (de 2015) durante una clausura” de las operaciones, “luego que empleados de la empresa estatal y contratistas robaron cables de cobre y causaron derrame en un tanque”.
“Los atracos y robos en el sector han aumentado”, dijo la agencia noticiosa. La “escasez de repuestos o la posibilidad de ulteriores robos, obstaculizan el reemplazo de objetos sustraídos, forzando el funcionamiento parcial de algunos pozos”.
Un teniente de la Guardia Nacional, que la embajada venezolana en Londres calificó inmediatamente de “sospechoso”, dijo a Reuters que es imposible evitar la acción de los ladrones de chatarra. El teniente participa en tareas de seguridad en la refinería de Amuay, aunque posiblemente cesó de intervenir en esas tareas, tras formular sus declaraciones a Reuters. Según dijo el militar, a veces, entre 20 y 30 personas ingresan al mismo tiempo en la refinería para robar. (En fecha reciente, esa refinería sufrió algunos desperfectos. Obviamente, no por falta de manutención, sino, de acuerdo al gobierno, por la acción de etéreos grupos paramilitares vinculados a sectores derechistas que intentan destruir a la Revolución Bonita, y que nunca son capturados).
En el 2013, dijo The Wall Street Journal, la empresa petrolera exportó 550.000 barriles diarios de crudo a través del Pacífico, en buena parte a China. En abril de 2015, según información de las autoridades aduaneras chinas, el país importó apenas 296.000 barriles diarios de Venezuela. 


En cuanto a la falta de mantenimiento, se han multiplicado los accidentes en el sector petrolero. El último ocurrió el 26 de agosto de 2012, cuando por lo menos 39 personas murieron y docenas fueron heridas al registrarse una filtración de gas en tanques de almacenamiento de la refinería de Amuay.
Si a eso se suma la acción de “piratas” en refinerías y depósitos, podrá verificarse que Venezuela se está convirtiendo en un país donde la única industria que prospera es la del saqueo, ya sea de los fondos públicos, o del atraco a sectores privados.  
En mayo de este año, publiqué una nota en Tal Cual: “Las otras venas abiertas”, donde reseñaba declaraciones ofrecidas a The New York Times por Víctor Álvarez, un economista de izquierda y ex ministro durante el gobierno del fallecido presidente Hugo Chávez Frías. Álvarez dijo al matutino que Venezuela había sido saqueada “como en la época de la conquista” española, “cuando el oro y la plata eran robados por toneladas”. El ex funcionario no estaba haciendo alusión a los gobiernos de la Cuarta República, sino al presidido por Chávez y ahora por Nicolás Maduro.
(http://www.talcualdigital.com/Nota/115680/Las-Otras-Venas-Abiertas)
Tras raspar el fondo de la olla y vaciar las arcas del país, tarea asignada a los funcionarios del régimen, ha llegado la etapa de desmantelar lo que queda en pie y si es posible llevarse las ollas, algo desorganizado, pero más democrático.

APENAS UN ESPACIO HABITADO

Cuando viví en Venezuela, (1967-1971, 1975-1980), los políticos y los economistas tenían muy claro que el principal problema del país era su casi total dependencia del petróleo, aunque inferior a la actualidad, cuando un 96 por ciento del dinero recaudado por el erario público proviene de la venta de crudo. 
Los más lúcidos, entre ellos el ex ministro de Hidrocarburos Juan Pablo Pérez Alfonso, decían que esa materia prima era “el excremento del diablo”,  y que Venezuela necesitaba diversificar su producción, si no deseaba quedar atrapada en sus redes. “El petróleo solo trae problemas”, decía Pérez Alfonso. “Basta ver esta locura: desperdicio, corrupción, y exceso de consumo. Nuestros servicios públicos se están cayendo a pedazos. Y aumenta la deuda. Estaremos endeudados durante años”.
El fundador de la OPEP formuló esas declaraciones en 1975. Lo único que ha cambiado es un rubro: “el exceso de consumo”. En líneas generales, no hay exceso sino escasez de consumo en Venezuela. Tengo amigos venezolanos –aquellos que aún pueden viajar al exterior– que al retornar al país traen de regalo a familiares y amigos una lata de atún o dos rollos de papel indispensable. En Venezuela, se trata de artículos suntuarios.
Hasta las interminables colas destinadas a adquirir alimentos se han convertido en un motivo de jolgorio para el chavismo. La ex Ministra de Comunicación e Información, Jacqueline Faría, consideró la escasez parte de la revolución.  
En fecha reciente dijo: “Es lo que nuestro presidente Maduro ha ordenado. Así que vamos a disfrutar de estas colas sabrosas para el vivir, viendo”. 
Ese incauto sentido del humor, que ha proliferado durante la Revolución Bonita, y que consiste en burlarse de la desgracia ajena, tiene sus riesgos. A veces es mal entendido; en otras ocasiones, peor interpretado. Cuando estaba escribiendo la novela Los papeles de Miranda descubrí que la famosa frase de María Antonieta en respuesta a la hambruna del pueblo parisino, nunca existió. Según la leyenda, alguien dijo a la reina de Francia que el pueblo no tenía pan, y ésta habría respondido: “Pues entonces, que coma tortas”.  
La realidad fue mucho más gráfica y siniestra. Foullon de Doué, ministro del reaccionario gobierno de Breteuil, quien había amasado una fortuna especulando en granos, dijo en las postrimerías del gobierno de Luis XVI que si el pueblo tenía hambre, podía alimentarse con heno. Un día, caminando por las calles de París, el ministro fue rodeado por una multitud. Un desafecto le colocó un collar de ortigas en torno a su cuello, y  uno de sus compañeros un ramito de cardos en su mano derecha, y un puñado de heno entre sus labios. Luego Foullon de Doué fue colgado de un poste de alumbrado. Minutos más tarde, su yerno, Bertier de Sauvigny, intendente de París, y acusado de haber proferido palabras similares, fue asesinado a garrotazos, y el corazón arrancado de su cuerpo. Las cabezas de ambos fueron clavadas en picas y llevadas en procesión hasta el Palais Royal. La cabeza de de Sauvigny era de a ratos empujada hacia la de su suegro, mientras los graciosos lanzaban gritos de “¡Bésalo a papá! ¡Bésalo a papá!” (Como podrá inferirse, también los enemigos de la monarquía tenían un incauto sentido del humor).
La ex ministra venezolana y actual candidata a diputada por el chavismo padece un problema muy conocido por los psicoanalistas: ignora cómo elaborar la agresión. Pero tampoco hay que echarle la culpa por sus exabruptos. En situaciones normales, los seres humanos suelen comportarse de manera racional. Cuando la anormalidad reina soberana, es casi imposible sublimar la agresión.   
El jefe de estado de Venezuela jura que el fallecido presidente  Hugo Chávez Frías, transmutado en ave canora, le gorjea al oído. Es difícil creer que Nicolás Maduro Moros pertenece al reino de este mundo. Si a eso se suma que el petróleo, que parecía en una época la panacea para todos los males, ha demostrado ser hambre para mañana, se entiende la tensión, el desencanto, y el pánico ante un futuro incierto, e inexorablemente calamitoso.
Tras quince años de despilfarro chavista, y con el precio del crudo cayendo en picada, apostar a la riqueza petrolera es tan saludable como apostar a la ruleta rusa. Y eso se agrava porque en Venezuela nada se produce, excepto ministerios y viceministerios destinados a garantizar la felicidad universal. Aquello que se echa a perder es abandonado. La idea del mantenimiento es una entelequia.
En fecha reciente, y en misteriosas circunstancias, cayó un avión de combate Sukhoi en alguna parte de Venezuela. El presidente Nicolás Maduro creyó que todavía estaba en la próspera época en que era más barato comprar por docena, y decidió comprar una docena de aviones Sukhoi, que cuestan alrededor de 47 millones de dólares la unidad. Su anuncio no fue bien recibido en un país donde los hospitales públicos devuelven a sus hogares a los enfermos graves porque faltan insumos básicos.   
Venezuela se ha convertido en una franquicia, como Adidas o Burger King. Todo se contrata o se adquiere en el exterior, en tanto cualquier venezolano que puede emigrar lo hace. Y se trata de personal calificado. Se estima que 1,6 millones de venezolanos han abandonado el país en los últimos años, entre ellos numerosos profesionales. (El sueldo de un profesor universitario en Venezuela no llega a 50 dólares mensuales).

LO QUE VENDRÁ, YA PASÓ

No hay que ser un exaltado o un demente para advertir que Venezuela es una bomba de tiempo. O que su reconstrucción demorará varias décadas, o quizás siglos; o que posiblemente nunca llegue. Y hay un ejemplo muy claro: el de la decadencia de España tras la expulsión de moros y judíos, que comenzó en 1492 y se consolidó a comienzos del siglo diecisiete. La fecha es muy precisa: 1602, cuando el arzobispo de Valencia presentó al rey Felipe Tercero una petición para que expulsara a todos los moros. El arzobispo le explicó al monarca que “todos los desastres que han afectado al reino fueron causados por la presencia de esos infieles”.  (Los moros eran los proto escuálidos, o los proto paramilitares de la España chupacirios).
El historiador Henry Thomas Buckle dijo que la petición para librarse de los moros fue respaldada con entusiasmo por el arzobispo de Toledo, aunque el prelado difería de su colega de Valencia en un solo tópico. El arzobispo de Valencia creía que los moros menores de siete años podían ser separados de sus padres y quedarse en España. En cambio, el arzobispo de Toledo señalaba que cualquier hereje, sin importar la edad, iba a contaminar la pura sangre cristiana; era preferible librarse de todos ellos. Tanto el arzobispo de Valencia como el de Toledo no estaban casados, e ignoraban que los niños necesitan a sus padres, y viceversa. En ese caso, la posición del arzobispo de Toledo –de echar a patadas a todos los moros, sin importar su edad– fue más humanitaria. Hubiera sido aún peor separar a los padres de sus hijos pequeños Solo hubiera contribuido a crear varios millares más de niños expósitos.
Según Buckle, “alrededor de un millón de los habitantes más industriosos de España fueron cazados como bestias salvajes, muchos asesinados, otros golpeados y robados. En cuanto a la mayoría, debieron huir al África”[i]. Otros historiadores como Clarke, en su Internal State of Spain, (Londres, 1818), calculan en dos millones los moros que fueron desalojados de España. (Como simple comentario, hace algunas semanas, varios miles de colombianos fueron desalojados de Venezuela, y obligados a retornar a su país de origen. No se ha hablado más de esa violación de los derechos humanos. Después de todo, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, decidió olvidarse del asunto. Pero no hay que ser un augur para señalar que ese éxodo afectará de manera adversa las actividades económicas).
Si bien la iglesia de España logró expulsar a los herejes radicados entre los Pirineos y el Estrecho de Gibraltar, y purificó la raza española en casi un cien por ciento, los vilipendiados apóstatas tuvieron su dulce venganza. En primer lugar, transportaron con ellos sus vastos conocimientos. Muchos eran comerciantes, otros profesionales en distintas labores. Sabían cultivar el campo, eran diestros en arquitectura, en orfebrería, y en las múltiples faenas destinadas a ganar dinero. En cambio, los frailes y los militares españoles solo creían en la cruz y en la espada, como sustituto del trabajo. Todo consistía en hacer procesiones y agitar los estandartes en las celebraciones patrias, aunque cada vez hubo menos que celebrar. (John Carr, en su libro Descriptive Travels in the Southern and Eastern Parts of Spain, publicado en 1811, decía que “Una tercera parte del trabajo del pueblo español se dilapida en festividades religiosas”).
Al igual que los chavistas venezolanos, esos seres ungidos por Dios creían en la pureza. Pero tanto la pureza religiosa como la ideológica, no multiplican los panes y los peces. Únicamente la tarea dura, opaca y cotidiana hace funcionar una economía.  
Es cierto que el saqueo permite obtener ganancias durante cierto tiempo,  pero, como demuestra el naufragio de PDVSA, una vez se raspa el fondo de la olla, y se roban las ollas, el país colapsa. Por supuesto, siempre existe el contrabando, una de las pocas industrias que nunca decayó en España, al menos hasta fines del siglo diecinueve. Pero inclusive el  contrabando –o el bachaqueo– disminuyen si nada queda por ofrecer. Y es en ese momento cuando un país se va por el despeñadero.  
Tras echar a los herejes, los príncipes de la iglesia española creyeron que vendría para el reino una época de prosperidad y grandeza. Después de todo, los moros no habían podido llevarse todo con ellos. Ignoraban que se habían llevado lo más importante: la capacidad de reproducir la riqueza.  
Y de repente, los defensores de la pureza de sangre española descubrieron que delante de ellos solo asomaba el páramo.   
Buckle resume así la situación: con la expulsión de los moros, prácticamente cada parte del reino de España “fue privada de muchos y laboriosos agricultores, y de expertos artesanos”. Los mejores sistemas de agricultura y ganadería de la época eran practicados por los moros. Esos herejes tenían el monopolio de los cultivos de arroz, de algodón y de azúcar, y de la manufactura de seda y de papel. “Con su expulsión, todo eso fue destruido de un golpe, y la mayor parte, para siempre, pues los cristianos españoles consideraban tales tareas por debajo de su dignidad”.  
Jovellanos, uno de los grandes ministros del rey Carlos Tercero, reconoció que “excepto en las zonas ocupadas por los moros, los españoles prácticamente ignoraban el arte de la irrigación”.  
Las únicas profesiones honorables en España eran arrojar agua bendita y morir por el rey; todo lo demás era sórdido, deshonesto.  Pero Dios –pues también los moros tienen un Dios– castiga sin palo ni piedra. Con la expulsión de los moros, dice Buckle, “no hubo nadie que ocupara su lugar. Las manufacturas y las artes degeneraron, o se perdieron en su totalidad. Inmensas regiones de tierra cultivable se convirtieron en eriales”.  Algunas de las partes más ricas de Valencia y de Granada, donde habían vivido muchos moros, fueron abandonadas, y no había recursos siquiera para alimentar a la escasa población de puros cristianos. Quienes reemplazaron a los laboriosos pobladores fueron malvivientes, los proto colectivos de la España arruinada.  De esa época, dice el historiador, “data la existencia de bandas organizadas de ladrones, que se transformaron en el azote del país”.  
Por suerte, la fe triunfó. Nunca fue tan poderosa la iglesia española como tras la expulsión de los moros. “Todas las consideraciones temporales”, dice Buckle, “fueron repudiadas. Nadie osaba preguntar. Nadie osaba dudar. Nadie se atrevía a inquirir si lo que estaba ocurriendo era justo”.  
Durante un período de casi ochenta años, entre los reinos de Felipe Tercero, Felipe Cuarto y Carlos Segundo, España se fue despoblando, y el crimen fue creciendo de manera desaforada. Al comienzo del siglo diecisiete, se calculaba la población de Madrid en 400.000 personas. Al comienzo del siglo dieciocho, había quedado reducida a menos de 200.000.  
Sevilla, una de las ciudades más ricas de España, también marcada por la presencia y la cultura de los moros, contaba en el siglo dieciséis con unos 16.000 telares, que daban empleo a unos 100.000 operarios. Para el reinado de Felipe Quinto, esos 16.000 telares habían quedado reducidos a menos de 300. Un informe presentado al rey Felipe Cuarto en 1662 decía que Sevilla tenía apenas una cuarta parte de los habitantes que habían vivido antes de la expulsión de los moros. Los viñedos y olivares que se cultivaban en las zonas rurales, y constituían buena parte de su riqueza, estaban abandonados.
A mediados del siglo dieciséis, Toledo tenía cincuenta manufacturas de tejidos de lana. En 1665, la cifra había quedado reducida a trece.
Antes de la expulsión de los moros, las bellas provincias del sur de España habían sido tan prósperas, que con sus rentas podían abastecer todas las necesidades del tesoro imperial. Luego de la expulsión de los moros, el deterioro fue tan rápido, que para el año 1640 era imposible recaudar impuestos.   
En la segunda mitad del siglo diecisiete, en las aldeas cercanas a Madrid, los habitantes se morían literalmente de hambre. Los campesinos se negaban a vender sus productos, no para especular, sino porque necesitaban alimentar a sus familias. 
La monarquía, como ahora el chavismo, decidió que era víctima de una guerra económica, que todo era culpa de los especuladores, y cada día inventó nuevas medidas para confiscar productos o sancionar a sus poseedores. Ejércitos de inspectores hicieron la vida imposible a los comerciantes, pero la escasez se acentuó.  
El paso siguiente fue ordenar a los inspectores que se apropiaran de las camas y los muebles de los supuestos especuladores. Buckle dice que los inspectores llegaron a robar el tejado de las viviendas para venderlo al mejor postor, con tal de obtener algo de dinero. Y en esa ocasión, no fueron los moros sino los cristianos habitantes de España quienes se vieron obligados a huir. “Vastas multitudes murieron de hambre o de exposición a los elementos. Aldeas completas quedaron desiertas. Y en muchas ciudades, alrededor de una tercera parte de las viviendas quedaron totalmente destruidas para fines del siglo diecisiete”.
En Madrid, muchas personas morían en las calles. Y gran cantidad de habitantes, desesperados, optaron por la delincuencia. En 1680, trabajadores y comerciantes organizaron bandas en la capital española, entraron en viviendas privadas, y robaron y asesinaron a sus ocupantes “a plena luz del día”.   
Luego, la policía imitó a los habitantes, y se dedicó a la rapiña. En 1693, se suspendió el pago de las pensiones a los ancianos. Y el salario de todos los funcionarios públicos fue reducido a una tercera parte. Hubo asesinatos de personas que peleaban por una hogaza de pan.  
España se salvó de pura casualidad porque en 1700 falleció Carlos Segundo, el rey idiota de la casa de Austria. El reino de España pasó a la dinastía de los borbones de Francia. Y de esa manera, la nación se convirtió en una franquicia administrada desde París, y con ministros reclutados en distintas capitales europeas.   
España nunca superó su decadencia. El duque de Saint Simon, cuyas memorias sirvieron de plantilla a Marcel Proust para escribir A la búsqueda del tiempo perdido, resumió muy bien la situación del reino. Siendo embajador en Madrid, entre 1721 y 1722, dijo que “en España, la ciencia es considerada un crimen, y la ignorancia, una virtud”.  
Si los venezolanos examinan lo que está ocurriendo actualmente en su país, verán que muchos de sus problemas surgen de una banda de iluminados que nunca han puesto los pies en la tierra. Y el futuro que les aguarda no luce nada promisorio. Siempre es grato vivir de ilusiones, creer que la historia no se repite. Claro está, Venezuela no es España. Y España no era Holanda, y ningún país se puede comparar con otro país. Pero hay maneras de que la historia se repita. Dos gobiernos, el de Venezuela ahora, el de España antes, incurrieron en la deplorable costumbre de matar las fuentes de producción, que llevó a raspar el fondo de la olla, y finalmente, a robarse las ollas. Si alguien desea saber qué ocurrirá en los próximos meses o años en Venezuela, puede revisar la historia de España. La respuesta que obtendrá, muy difícilmente le devolverá el optimismo.




[i]Henry Thomas Buckle: History of Civilization in England, Nueva York, 1857. Es muy difícil encontrar otro libro similar al de Buckle, a la hora de entender la civilización europea. Aunque el historiador quiso usar a Inglaterra como modelo político, era un racionalista y un escéptico. El tomo que dedica a España es excepcional. Todavía no conozco un historiador español que se le pueda comparar. Y por una razón muy simple. Los historiadores españoles de la época de Buckle estaban demasiado ansiosos por mostrar la grandeza de un país en completa decadencia, antes que revelar sus males. Buckle tuvo que perder varios años chequeando fuentes, a fin de mostrar, y de manera apenas aproximada, las razones por las cuales España se transformó, de primera potencia de Europa con Carlos Quinto, en “La Verduga” durante el siglo diecinueve. Muy pocas de las fuentes eran españolas. Las autoridades se cuidaban muy bien de ocultar en sitios inaccesibles todo documento que mostrara sus barrabasadas.

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