miércoles, 3 de febrero de 2016

¡Gracias, Twitter, por los 140 caracteres!


Mario Szichman



El presidente de Venezuela Nicolás Maduro pronunció hace algunos días un discurso de más de tres horas en la Asamblea Nacional explicando por qué su país se encuentra en terapia intensiva. Maduro perdió tres horas de su valioso tiempo y el de sus compatriotas para revelar que la culpa la tiene el otro. Bueno, no creo que muchos de sus compatriotas hayan prestado atención alguna a su discurso. Inclusive sus devotos admiradores –al menos le deben quedar una media docena– tienen cosas más importantes que hacer. Por ejemplo, esperar durante varias horas en una cola a que le vendan productos básicos, o eludir a los malandros que han convertido a Venezuela en el país más letal de América Latina.
Por cierto, según Maduro, las colas son una fantasía mediática.  Grupos infiltrados “de gente corrompida” ponen a la gente a hacer cola frente a los supermercados y cadenas de farmacias,  mientras en el interior de los negocios, todo está vacío de personas, y repleto de productos.
Según el jefe de estado, una guerra económica librada por el Imperio está privando al pueblo de alimentos y de medicinas, y transformado al Internet en la farmacia virtual de los venezolanos.
No todos los chavistas están de acuerdo con esa apreciación. Varios ex ministros y funcionarios del gobierno presidido previamente por Hugo Chávez Frías alegan que la escasez es resultado puro y simple del mayor saqueo registrado en la historia de Venezuela.
Víctor Álvarez, un economista de izquierda y exministro durante la presidencia de Chávez, dijo a The New York Times que Venezuela ha sido desvalijada “como en la época de la conquista” española, “cuando el oro y la plata eran robados por toneladas”.
Algunos calculan de manera morigerada, en 300.000 millones de dólares el escamoteo del erario público durante los 17 años que ha pasado el chavismo atornillado al poder. Otros elevan la cifra a 800.000 millones de dólares. O a un billón de dólares (un millón de millones de dólares).  
El gobierno chavista oscila entre la perpetua crueldad, y la sempiterna victimización. Se trata de una letal combinación que nunca concluye con el triunfo del presunto agraviado. Maduro recuerda a esas personas que van a ver películas únicamente para sufrir. “¡Qué buena película!” dicen los masoquistas del cine. “¡No saben todo lo que me hizo llorar!”
Russ Dallen, quien lidera el banco de inversiones Latinvest, señaló que el sucesor de Chávez, “Debe ser uno de los escasos líderes en el mundo que resulta derrotado en una guerra económica que él mismo inventó”. Sospecho que el presidente de Venezuela tiene todas las de perder. Se admira siempre a David, cuya honda acabó en el gigante Goliat. No recuerdo una sola historia en que Goliat haya sido venerado o aplaudido.  
El tedioso discurso de Maduro (digo tedioso porque no hay genio de la política que pueda entretener a una audiencia durante tres horas, y Maduro no es un genio), fue acompañado en la Asamblea Nacional por otro de media hora donde el presidente de la legislatura, el opositor Henry Ramos Allup, se encargó de cuestionar a su gobierno. Es cierto, fue más sucinto y muy superior al de Maduro, pero muy largo. ¿A quién le interesa escuchar a un orador hablando media hora o tres horas? ¿Por qué aguantar a un parlanchín siete horas, como ocurría con Fidel Castro? El promedio de los monólogos de  Chávez en su programa de televisión “Aló Presidente” oscilaba en las ocho horas. ¿Tenían algún resultado? Mientras fue la época de las vacas gordas, la mayoría de los venezolanos votó por Chávez. No necesitaban el incentivo de sus monólogos.
Los gobernantes con preferencia por la cháchara siempre se engañan cuando se montan en la tarima: creen que el pueblo escucha arrobado sus frases. Ignoran lo que pasa realmente por el cerebro de los asistentes.
En realidad, esos dicharacheros se dirigen a una sola persona: ellos mismos. Cada discurso es un clavo más en el andamio para erigir su auto glorificación.
Los discursos de los grandes tribunos de la Revolución Francesa como Robespierre, Danton, Saint Just, Mirabeau (especialmente Mirabeau), no solían durar más de quince o veinte minutos. Y hoy siguen manteniendo su vigencia y conservando la elegancia de su estilo.
Lean el discurso de Angostura de Simón Bolívar. Es cierto, se lleva casi una hora. Pero allí se sintetiza una visión política, y se anticipa un futuro plagado de dificultades. En todos los años que Bolívar ejerció el mando, no llegan a media docena los discursos importantes que pronunció. Ni uno solo de ellos es deleznable, o banal, como los monólogos en cadena de Maduro.  
Bolívar desdeñaba en su discurso a quienes lo consideraban un salvador o el timonel del destino de la Gran Colombia: “En medio de este piélago de angustias”, decía a los legisladores en Angostura, “no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebataba como una débil paja. Yo no he podido hacer ni bien ni mal; fuerzas irresistibles han dirigido la marcha de nuestros sucesos; atribuírmelos no sería justo y sería darme una importancia que no merezco”. Si alguien quiere “conocer los autores de los acontecimientos pasados y del orden actual”, propuso el Libertador, era mejor consultar “los anales de España, de América, de Venezuela”, examinar “las Leyes de Indias, el régimen de los antiguos mandatarios, la influencia de la religión y del dominio extranjero… la ferocidad de nuestros enemigos y el carácter nacional”.
Tal vez el mejor discurso de un presidente norteamericano lo pronunció Abraham Lincoln en Gettysburgh. Lincoln tuvo tiempo para expresar en uno de los campos de batalla más ensangrentados por la guerra civil que los padres fundadores de Estados Unidos habían concebido una nación en libertad, siendo la propuesta básica que todos los hombres habían sido creados iguales. Por lo tanto, resultaba esencial que “el gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo”, no fuera eliminado de esta tierra. Ese plan político fue esbozado en 272 palabras, y explicado en menos de tres minutos.

No sé cómo hacían los cubanos en la buena época de Fidel o los venezolanos en el estudio de televisión donde Chávez desplegaba aquello que los aduladores consideraban una “genial oratoria”. Pero intuyo que la única hazaña de la audiencia era controlar sus esfínteres. Desde el podio, más que ejercitar su elocuencia, los salvadores de la patria se limitaban a practicar su sadismo. ¿Quién se anima a alzar la mano frente al líder máximo y, remedando a un niño de la escuela primaria, preguntarle si le da permiso para ir al baño?

¡TWITTER ES NUESTRA SALVACIÓN!

Creo que la llegada de Twitter con su máximo de 140 caracteres por comentario rinde un gran servicio al público y al intelecto. En ese sentido, los titulares son un análogo de esos one–liners usados por cómicos y comentaristas anglosajones para transgredir convenciones o formular sagaces y deprimentes comentarios sobre la naturaleza humana.
Woody Allen requirió 89 caracteres para explicar que su anhelo no era “lograr la inmortalidad a través de mi trabajo: mi único propósito es abstenerme de morir”.
Hector Berlioz, el gran compositor, dijo en 77 caracteres: “El tiempo es un gran maestro. Lamentablemente, mata a todos sus discípulos”.
Groucho Marx usó 94 caracteres para preguntar: “¿Por qué tengo que hacer algo por la posteridad? ¿Acaso la posteridad ha hecho algo por mí?”
Y Will Rogers, un gran humorista y comentarista político, dijo: “No se requiere aptitud alguna para ser humorista cuando todo el gobierno trabaja en nuestro favor”. (97 caracteres).
Espero que alguien escriba pronto una sociología de Twitter. Hasta podrían armarse perfiles de distintos tuiteros. Los más eficaces son aquellos que no requieren siquiera 140 caracteres para expresar sus ideas. Los incluiría en el rubro de los one-liners.
            Los más confusos utilizan abreviaturas para eludir el corsé de hierro de los 140 caracteres. En esa categoría proliferan los políticos y aspirantes a políticos. Delatan su pereza mental, pues abundan en el Internet los diccionarios de sinónimos, parónimos y antónimos y los manuales de gramática.
Existe un gran desafío en los 140 caracteres de Twitter, así como grandes recompensas. Uno difícilmente recuerde una larga explicación o un lamento. Pero cuando Woody Allen dice: “La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visité la Estatua de la Libertad” (88 caracteres) su frase tiene infinitas reverberaciones.  
Groucho Marx siempre se burlaba de sus méritos. Y eso lo hacía doblemente grato para sus admiradores. Su frase “No puedo pertenecer a un club que me acepta como socio” (54 caracteres) ha sido repetida hasta el infinito durante más de 70 años.
Y después están los cavernícolas del Twitter, los insultadores. Generalmente, cuentan con escasos seguidores. Todavía el ser humano prefiere un buen argumento a un insulto, que además, sólo degrada a quien lo profiere.
Hay prepotentes del Twitter, así como hay seres muy amables y convincentes, capaces de reseñar en menos de 140 caracteres sus ideas sobre el mundo.
Vivimos bombardeados diariamente por los mensajes. La única intención de los emisores es llegar a la mayor cantidad de receptores. Y Twitter, con su inmenso alcance y sus 140 caracteres, es un excelente mensajero. Pero es el territorio de Gracián. “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. En ese sentido, me quedo con este one–liner de Ambrose Bierce, que resume a las mil maravillas los dilemas de la incomunicación humana: “Solo: mal acompañado”, dijo en su Diccionario del Diablo. Para eso requirió apenas de 22 caracteres.



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