domingo, 22 de mayo de 2016

Los múltiples rostros de Giácomo Casanova



Mario Szichman



Giacomo Casanova fue arrestado en la noche del 25 de julio de 1755 y emplazado en una celda de I Piombi, (el plomo), los cuartos bajo al techo revestido de plomo del Palacio del Dogo (duque) de Venecia. El Consejo de los Diez, que asesoraba al duque, había ordenado apresar a Casanova por su conducta libertina y por cometer estafas. Lo acusaban de hacerse amigos de nobles a quienes embaucaba con sus presuntos poderes mágicos. 



La condena ordenada por el duque fue de cinco años en prisión. Pero Casanova logró escapar de I Piombi a los pocos meses, acompañado por otro compañero de celda, el padre Marino Balbi. Entre ambos lograron hacer un agujero en el techo del palacio, y luego descendieron con ayuda de cuerdas al patio del gigantesco edificio, pero ahí no terminó la odisea, pues al dirigirse al cercano canal con el propósito de arrojarse a las aguas y huir nadando, los fugitivos descubrieron que había una gran distancia entre la muralla del canal y el agua, y podrían morir en la zambullida. Por lo tanto, se introdujeron en el palacio portando en una alforja ropas de gala, descansaron en una de las habitaciones, y al día siguiente pasaron media mañana recorriendo corredores, galerías y recámaras, intentando encontrar la salida. Quien se ocupó de enseñarles la puerta de escape era un guardia de palacio. Al principio, al guardia le pareció sospechosa la presencia de Casanova y del sacerdote, pero sus ropas indicaban un elevado status. Casanova explicó que habían quedado encerrados en el palacio luego de una recepción oficial. El glorioso escape, como era inevitable en Venecia, fue en góndola.
Los fugitivos se separaron, y Casanova se dirigió a París, donde llegó el 5 de enero de 1757. Casualmente ese mismo día, Robert-François Damiens intentó asesinar al rey Luis Quince. El aventurero presenció la ejecución, y la describió en sus memorias.
Casanova fue un ser de múltiples rostros y oficios. Tal vez tres encarnaciones contribuyeron a su fama: sus actividades como estafador, como seductor –de mujeres y hombres de manera indistinta– y como memorista de la tribu.
Todo en Casanova es exagerado, desconcertante. No era un hombre escindido sino una colcha empatada de retazos. Cada una de sus “profesiones” contradecía a las otras. Inclusive su ego estaba dividido.
Según indica David Coward en The Times Literary Supplement al reseñar dos nuevos tomos de Histoire de Ma Vie publicados por Gallimard (el total alcanza a más de un millón doscientas cincuenta mil palabras) Casanova era: “un libreprensador y un católico tenaz, un racionalista escéptico y un nigromante en ejercicio, un hombre de principios, y un oportunista”. Además, era contestatario, lamebotas del establecimiento, en ocasiones cobarde, en otras un héroe, “generoso, mezquino, inteligente, estúpido, un estafador que era crédulo, y un bribón a quien se engañaba con facilidad”.
Lo que diferencia las memorias de Casanova de otras es la candidez con que son narradas. El gran seductor no tenía temor de revelar sus fallas, y mostraba pulcra honestidad al narrar sus relaciones amorosas o sus hazañas. El famoso episodio de su fuga del palacio de Venecia fue en ocasiones cuestionado debido a sus ribetes melodramáticos o heroicos. Según los escépticos, el escape era implausible –fue el único registrado en las celdas de ese palacio– y lo más probable era que hubiese sobornado a los guardias. Pero hay evidencias físicas de que ocurrió tal como aparece en sus memorias. En los archivos del Palacio existen informes sobre las reparaciones que se hicieron en la celda de Casanova, en el techo, y en algunas puertas, trazando la trayectoria de su fuga.
En su Historia de mi huida, un folleto publicado en 1787, Casanova dijo que “Dios me proporcionó lo que necesitaba para un escape, que resultó ser una maravilla, o quizás un milagro. Reconozco que me siento orgulloso de ello. Pero mi orgullo no proviene del éxito de la empresa, pues conté con una buena cuota de suerte, sino de comprobar que la cosa podía concretarse, y que tuve el coraje de llevarla a cabo”.
En tanto ese tipo de incidentes lo hacen precursor de la narrativa de Alejandro Dumas, algunas de sus venganzas podrían ingresar en una novela picaresca. En 1763 llegó a Inglaterra, tras esquilmar a una dama francesa que creía que Casanova era capaz de regenerar su alma transfigurándola en el cuerpo de una adolescente. Pero en Londres encontró la horma de su zapato. Se enamoró de Marie Charpillon, hija de mademoiselle Augspurgher, una amiga parisina a la cual debía dinero. Marie sedujo al seductor y le robó 2.000 guineas, una suma importante en esa época, huyendo luego. Semanas más tarde, le llegaron a Casanova rumores de que Marie había muerto, y sintiendo “un gran disgusto” por lo acaecido, pues se sentía, por alguna razón, responsable de ese fallecimiento, decidió acabar con su vida. Cuando anunció a un amigo que estaba dispuesto a arrojarse al río Támesis con los bolsillos de su chaqueta repletos de perdigones de plomo, el amigo lo disuadió. Días más tarde, y tras hacer unas discretas averiguaciones, el amigo lo invitó a acompañarlo a Ranelagh sin explicarle la razón. En esa zona ingresaron a un castillo donde Marie Chapillon estaba llena de vida, bailando un minué con otro enamorado. Luego de algunos incidentes en que la madre de Marie lo acusó, al parecer falsamente, de agredir a su hija, Casanova decidió zanjar la disputa. Su venganza consistió en entrenar a un loro para que aprendiera ciertas palabras. Un día, Casanova soltó al loro en la Bolsa de Londres, y centenares de comerciantes oyeron al animal gritar: “La Chapillon es una puta más grande que su madre”.

EL AVENTURERO FILÓSOFO

De acuerdo a Coward, las aventuras amorosas de Casanova ocupan alrededor del diez por ciento de sus memorias. El resto está dedicado a reseñar medio siglo de su increíble existencia. Una vida que no concluyó con su muerte, sino con varias resurrecciones del texto de Ma Vie, y cuyos incidentes podrían llenar las páginas de un libro muy entretenido. Casanova falleció en 1798 en el castillo de Dux, cerca de Praga, donde trabajaba como bibliotecario del conde de Waldstein. Un sobrino del conde compró el legajo de sus memorias. Las guerras napoleónicas dificultaron la venta del manuscrito, y recién en 1820, la familia Waldstein pudo ofrecer las memorias al editor de Leipzig F.A. Brockhaus. Y allí se inició una comedia de trágicas equivocaciones. El manuscrito estaba escrito en un francés plagado de expresiones en italiano, la lengua materna de Casanova. El francés era la lingua franca en Europa y Casanova deseaba llegar a la mayor cantidad de lectores posible.
Entre 1822 y 1828, fueron publicadas adaptaciones de las memorias en francés y en alemán. Para proteger su inversión, dice Coward, el editor Brockhaus decidió imprimir el texto original y contrató a Jean Laforgue, un maestro francés, para que editara el texto. “Si existe una persona responsable por la difamación de Casanova”, indica Coward, “esa persona fue Laforgue. No solo corrigió el francés de Casanova, sino que eliminó párrafos que le disgustaban, atenuó las opiniones conservadoras del autor –Laforgue tenía simpatías revolucionarias– y mitigó aquello que consideraba obsceno, mientras hacía escabrosos otros párrafos que consideraba aburridos”.
Así comenzó un peregrinaje de versiones adulteradas de las aventuras que no cesó en más de un siglo y medio. Una de las partes más curiosas de esa epopeya editorial fue que la casa Brockhaus, la misma que recibió el manuscrito original, se ocupó de restablecer un texto fidedigno. En 1945, en las postrimerías de la segunda guerra mundial, los herederos de Brockhaus, ante el avance de las tropas soviéticas, decidieron cerrar su establecimiento en Leipzig, cargaron sus archivos en camiones del ejército norteamericano, y mudaron sus operaciones a Wiesbaden, en lo que luego sería la República Federal de Alemania.
La edición anotada de las memorias de Casanova apareció en alemán (1960 –1962). Entre 1966 y 1971, fue publicada la traducción al francés de Willard Trask. En el 2010, el manuscrito original fue adquirido por la Biblioteca Nacional de Francia, que tuvo la buena idea de ponerlo online. Y finalmente Gallimard incluyó las memorias en su colección de clásicos.

CODÉANDOSE CON LOS FAMOSOS

En tanto las relaciones de Casanova con seres de ambos sexos ocupan una modesta parte del texto original, el resto se divide entre sus viajes por todas las regiones del mundo habitado, y sus encuentros con los famosos de su tiempo. Casanova dialogó con papas y monarcas, y discutió y defendió sus puntos de vista ante figuras como Benjamin Franklin o Voltaire. También fue amigo de Mozart. Inclusive corrigió el libreto de su ópera más famosa, Don Giovanni.
Cuando Voltaire lo recibió en su mansión, Casanova tuvo la audacia de decirle que su guerra contra la superstición era una pérdida de tiempo. Si se enseñaba a un ser humano a descreer de todo, afirmaba, terminaría presa de cualquier creencia, hasta de la más idiota. Fue uno de los pocos intelectuales de su época que despreció las teorías de Rousseau. Lo consideraba una especie de masoquista –el término no existía en ese tiempo– que había reacomodado la idea del mundo para ser absuelto de sus fallas. Y detestaba a Maximiliano Robespierre, y el Reino del Terror que impuso en Francia, señalando que El Incorruptible era el engendro creado por el “visionario” Rousseau.
Pero el amor nunca estuvo alejado de Casanova, hasta que ingresó en sus años finales. Frances Wilson señaló en una reseña de Casanova´s Women que el gran seductor fue bastante morigerado. Amó a unas 120 mujeres desde que tuvo su primera experiencia erótica a los 17 años, hasta su conclusión, a finales de la cuarentena. En treinta años de actividad sexual, se estima que sedujo a un promedio de cuatro mujeres por año. (El novelista francés Georges Simenon se enorgullecía de haber seducido a diez mil mujeres en un lapso similar). A diferencia de Don Juan, que conquistaba y abandonaba a las mujeres, Casanova trató a sus compañeras como sus iguales. Consideraba el acto del amor una forma racional y compartida de encontrar placer.
Pero al final, más allá de encuentros de todo tipo, de aventuras  de capa y espada, de persecuciones y escapes, lo que perdura en Casanova es su escritura. Y él lo sabía. En sus memorias señaló que escribía para personas como él, “aquellas que tras mucho vivir, se han hecho inmunes a la seducción, y que por vivir tanto tiempo inmersas en el fuego, se han convertido en salamandras”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario