domingo, 23 de julio de 2017

Novela "Decisión Final", de Belkis Insausti: Solo se mueren los demás


Mario Szichman



Tan importante como escribir es saber desde donde se escribe. Cuando Stendhal escribió La Cartuja de Parma, su héroe, Fabrizio del Dongo, tropezaba, de repente, con el combate de Waterloo. Fabrizio quitaba el uniforme a un húsar francés muerto en la más famosa batalla del siglo diecinueve, y vagabundeaba por el terreno. Aunque Stendhal era un veterano de varias campañas napoleónicas —inclusive sobrevivió a otro episodio épico, la retirada de Moscú en 1812—, en su descripción del enfrentamiento que selló el fin del imperio napoleónico destaca apenas lo caótico. Nadie sabe muy bien qué está sucediendo. Tras sobrevivir la lucha con una grave herida en su pierna, Fabrizio formula su famosa pregunta: “¿Estuve realmente en una batalla?” Es la mirada de un narrador modernista, mucho más moderno que Tolstoi, pues todos sus relatos cuestionan la certidumbre, aquello que creemos contemplar con nuestros propios ojos.
Si alguien pregunta cuándo comenzó la edad de la sospecha en la literatura europea, tal vez la respuesta sea: en La Cartuja de Parma, en el mismo momento en que Fabrizio del Dongo puso en duda su contemplación de una batalla.
Belkis Insausti

Belkis Insausti, en su compleja novela Decisión Final, repleta de aciertos y desafíos, usa el modelo de la literatura epistolar para estructurar un mosaico donde nadie tiene el patrimonio de la verdad, y todos sus personajes dudan, o cuestionan, aquello que transcurre delante de sus ojos.
Cuatro mujeres latinoamericanas, con fuerte acento venezolano o argentino: Mery, Sol, Laura y Adela, mantienen un diálogo por email a partir de la enfermedad de Mery, a quien le han diagnosticado cáncer de médula ósea.
Insisto: tan importante como escribir, es saber desde donde se escribe. Si la autora hubiera usado la primera persona para describir las vicisitudes de la enferma y recoger el eco de sus solidarias amigas, Decisión Final no se hubiera sostenido como narración. Pero triunfa al elegir el email, ese formidable instrumento que es también patrimonio de la edad de la sospecha. La ductilidad del correo electrónico le permite llegar de manera instantánea a varios seres involucrados en un diálogo múltiple donde surgen verdades impremeditadas, pensamientos inarticulados, recuerdos que era mejor encubrir.
 (Leí hace poco que una estudiante norteamericana usó el email para llevar a una compañera al suicidio. Dudo que una carta enviada por correo hubiera tenido el mismo efecto).
La enfermedad de Mery es el gran desencadenante de los recuerdos y aprensiones de las cuatro mujeres, y un muestrario de sus diferentes actitudes ante la vida. Ese es uno de los méritos de la novela. El otro es que cada protagonista posee una voz propia. No solo por el rol que desempeña lo coloquial en sus reflexiones —propiciando una gran intimidad, y sugiriendo gestos— sino porque en el habla se ostenta también una manera de pensar.
La mujer profundamente religiosa se enfrenta a la agnóstica, y la propensa a los amoríos revela o repite sus aventuras a otra que ha perdido todo interés en el amor. La familia y los hijos se hacen presentes con sus conflictos y rivalidades. Pero cuando se describe algo con modismos venezolanos, no “suena” igual que cuando predominan los argentinismos. Se goza y se padece de manera distinta. No hay similar exaltación, o igual tristeza, cuando en el arsenal de la prosa se usa el “ché”, o se apela al tú.
Al mismo tiempo, la encarnación de esas voces en cuerpos permite entender la tragedia de Mery, sus diferentes propuestas, así como esa decisión final que la acosa entre la esperanza y la resignación, y que a todos nos acecha.

DESDE EL MÁS ALLÁ

Belkis Insausti logra con una prosa sencilla, muy bien estructurada, plantear el problema esencial de cada vida: ¿Cuál es su significado? ¿Tiene alguna trascendencia?  El ser humano puede hacer muchas cosas, hasta cancelar la gestación de una vida, pero no impedir que alguien le cierre los ojos en su momento final.
Las preguntas que formulan los personajes de la novela son inquietantes porque apuntan a su principal misterio: el casual pasaje por este planeta. ¿Dejamos de existir cuando cesan nuestras funciones vitales? ¿Hay universos alternativos donde recuperamos el aliento y transitamos en otros cuerpos? ¿Es más sana la convicción del agnóstico —polvo somos, y al polvo volveremos— o la fe de una persona religiosa en su resurrección? Según Sigmund Freud, una persona que intenta encontrarle significado a la vida no está en sus cabales. Y desde la tragedia griega en adelante, sabemos que la única constante del ser humano es el empecinado azar, trastornando anhelos. Las grandes conmociones sociales, las guerras, han acabado con la seguridad de nacer y morir en un mismo lugar. Abundan los pueblos nómadas, que mueren muy lejos de su zona de concepción. Basta observar lo ocurrido en Venezuela en las dos últimas décadas. Un país que había sido el refugio de muchos latinoamericanos durante las dictaduras militares en el Cono Sur, está diseminando sus ciudadanos por todo el mundo, debido a un régimen político que ha saqueado sus riquezas y abomina de la disidencia. (El drama de la diáspora causada por gobiernos autocráticos se refleja en las historias que cuentan las protagonistas de la novela).
Como toda buena narración, Decisión Final está respaldada por un gran bagaje cultural. Las cuatro mujeres defienden posiciones desde los campos del psicoanálisis y de la filosofía, aunque también desde la santería, o el espiritismo. Ninguna de ellas se atribuye la verdad, pero sus interrogantes y enunciados son siempre relevantes. El recorrido que hace cada una de ellas para enfrentar la verdad última, permite verificar sus personalidades, en litigio perpetuo con sus teorías.
Si recorremos la historia, comprobaremos que el ser humano suele transitar entre verdades eternas que se ponen de moda en ciertas épocas, y suelen ser reemplazadas por otras  verdades eternas, e igualmente fugaces. Jugamos con nuestras etapas de vida intentando excluirnos de ciertas experiencias, o incurriendo en otras, buscando atajos para alcanzar la inmortalidad. Algo que nunca llega, excepto para los destructores de países.

EL INCESANTE FINAL

Según Einstein, es imposible pensar que Dios haya jugado a los dados con el universo. Pero es obvio que jugó a los dados con cada uno de los seres que existimos de manera precaria en este mundo. Curiosamente, la alternativa: la anulación del azar, el predestinar a seres humanos a una existencia estable, premeditada, es aún más horrible. La vida solo nos ofrece luchas y dilemas. No hay refrán que no cuente con su réplica. Unos dicen al despertar cada mañana: “Este es el primer día del resto de mi vida”. Otros responden: “Tal vez es el último”. Muchos creen que el peor crimen que comete la pena de muerte es cancelar de nuestras vidas el azar.
Cada narrador enfrenta su propio desafío. Lo más importante es su resolución a través de los obstáculos que impone a sus personajes y a sus puntos de vista. Con Belkis Insausti participamos del ritual de la amistad de cuatro mujeres que discuten, y aunque pelean a veces de manera apasionada, muestran un gran respeto por cada una de ellas. Y sus discusiones por email son como los diálogos platónicos donde los temores, las angustias, las contrariedades, se hallan encarnadas en seres de carne y hueso.  Hay una especial calidad humana en Adela, en Mery, en Sol, en Laura.

Voy a insistir por tercera vez: tan importante como escribir, es saber desde donde se escribe. Belkis Insausti se atrevió a usar el género epistolar, uno de los más difíciles de la narrativa, para contar una apasionante historia. Toda persona interesada en la escritura sabe que es muy difícil crear personajes a partir exclusivamente de conversaciones. Si el narrador no usa toda la sabiduría posible ¿cómo logra que el personaje adquiera las tres dimensiones? ¿Cómo se les explica a los lectores que tal persona ronda la cincuentena, tiene temores y anhelos, incurre en ciertas pasiones y elude otras, confía o desconfía del próximo, calla sus miedos o los exterioriza, sin mostrar la intrusión del autor? Las cuatro mujeres que dialogan en Decisión Final existen gracias a sus articuladas palabras. Un lector no puede confundir a Mery con Laura, a Laura con Sol, o con Adela. La voz protagoniza el mundo creado por Belkis Insausti. (Hay otra voz que se incorpora casi al final, la de Alexis, un hombre que ha decidido abandonar un empleo muy lucrativo para explorar teorías sobre la manera de curar enfermos).
La novela ofrece a las protagonistas una serie de disyuntivas, pero el azar triunfa sobre todas ellas, como suele ocurrir en la vida. La crónica de una muerte anunciada tropieza con otra imprevista, y una tercera premeditada. Las soluciones que enfrenta el ser humano para alejarse de este mundo no superan la media docena. El gran cuentista norteamericano Ambrose Bierce, viejo, enfermo, y harto de las decepciones, decidió abandonar Estados Unidos con su bella secretaria y cruzar la frontera sur, dejando como testamento una carta que finaliza con estas palabras: “Ah, ser un gringo en México; ¡qué bella forma de eutanasia!” Muchas versiones existen sobre la manera en que Bierce tropezó con la muerte. Unos dicen que fue fusilado por las tropas federales, otro que murió en combate. Quienes conocían a Bierce, optaron por la segunda versión.
En Decisión Final, solo una de las mujeres decide tomar el toro por las astas. Pero todas las protagonistas luchan mientras pueden, y luego, se entregan a su suerte, aún la más imprevista. Y lo más importante, sin resignación. La novela es absorbente en sus premisas, y trágica en su final. No ofrece paños tibios, pero sí un apasionante inventario de las variadas formas que elegimos para abandonar este escenario. Y de la agotadora lucha que algunos seres emprenden, para preservar su dignidad.






miércoles, 19 de julio de 2017

Los simulacros de la verdad


Mario Szichman



Una respetada persona me señaló que durante muchos años, sintió contrariedad por no finalizar la lectura de algunas de las novelas que le recomendaban con entusiasmo. Esa persona tenía una estrecha amistad con Gabriel García Márquez, también conocido como el “Gabo” por aquellos que nunca lo vieron en su vida y posiblemente tampoco lo leyeron. Cuando esa persona expresó a García Márquez su disgusto por no llegar hasta la palabra fin en el caso de algunos libros, el escritor le respondió más o menos con estas palabras: “Pues yo hago lo mismo. Si tras leer 40 páginas de una novela no me convence, la abandono. Si una obra de teatro no me gusta, me levanto apenas comenzado el primer acto. Y eso se extiende al cine, o a un concierto”.
La persona de la que estoy hablando se sintió liberada de esa opresión que nos embarga cuando somos incapaces de llegar al final de un libro o nos alzamos de nuestra butaca antes de concluir una función.
Y sin embargo, no podemos erradicar la culpa que nos causa discrepar del resto. Pues todavía los libros, las obras de teatro, el ballet, el cine, cuentan con el patrocinio del censor. Es difícil admitir que algo consagrado constituya, como señalaba Jorge Luis Borges, una de las formas más famosas del tedio. Podemos abominar de los políticos, o criticar a media humanidad. Pero ciertos productos de la imaginación humana están al margen de todo reproche. Y quien se atreve a cuestionarlos, es condenado sin derecho a la defensa.
Por ejemplo, criticamos el tedio en obras populares, pero estamos constreñidos a amarlo en los clásicos, especialmente si han sido sancionados por la academia. En realidad, el tedio constituye una parte esencial de la literatura seria, o de cualquier expresión artística “elevada”.  Si James Joyce no hubiera creado el Ulises, y Finnegan´s Wake, alguien tendría que haberlos inventado. Los libros fastidiosos suelen ser uno de los víveres preferidos de los académicos, un poco como la cacería del zorro que según Oscar Wilde, es “lo innombrable persiguiendo lo indigerible”.  Los críticos pueden explayarse en sus virtudes, colocar abundantes notas al pie, pero nunca ponen en disputa las virtudes del autor.
Borges solía decir que podía abordarse el Ulises estudiando al crítico Stuart Gilbert. “O, en su defecto, leyendo el original”. Para los críticos, el problema con Gilbert es que explica muy bien la trama y los personajes. Eso permite acceder a una obra que es difícil, pero no hermética. Sin Gillbert, la cosa se hace más ardua.

William Faulkner, quien amaba el Ulises, decía que “es necesario aproximarse” a la novela de Joyce “como un iletrado predicador baptista se aproxima al Antiguo Testamento: con fe”. Yo prefiero aproximarme con esa misma fe a las novelas de Faulkner consideradas más difíciles: The Sound and the Fury, Absalom Absalom! Light in August, o a la nouvelle The Bear, que cuenta con uno de los párrafos más largos de la literatura anglosajona: consta de 1.800 palabras y ocupa seis páginas del texto. (Faulkner se encargó de superar ese párrafo en otro relato, The Jail).
Menciono esos textos porque cuando la ensayista Jean Stein le preguntó a Faulkner qué aconsejaba a quienes se mostraban incapaces de entender algunos de sus relatos tras leerlos dos o tres veces, el escritor respondió: “Deberían leerlos cuatro veces”.
Joyce era muy astuto, pues debía lidiar con los académicos británicos desde su condición de irlandés. Es obvio que necesitó crear un complejo rompecabezas para hacer más interesante una novela tediosa y angustiante. Sabía guardarse los naipes bien apretados contra su pecho. Pero en Faulkner la cuestión era distinta. Parecían interesarle muy poco los académicos. Además, rivalizaba con escritores sureños escasamente cosmopolitas, y escribía desde la perspectiva gótica.
Chris Baldick, en su introducción a Melmoth the Wanderer (Oxford University Press, 1989), indicó que la estrategia de la narrativa gótica “encubre el horror central en capas protectoras o de mutación. Los informes son siempre secundarios o terciarios”. De ahí “los recuentos ´concéntricos´ del explorador, del investigador, y del monstruo, en Frankenstein … o la elaborada, indirecta reconstrucción de los ultrajes de Sutpen en el Absalom, Absalom! De Faulkner”. El propósito del narrador gótico consiste en crear “una topografía imaginaria  de superficie convencional, y de profundidad delictiva que imparte una especial resonancia al mítico crimen, mientras perturba o corroe las certidumbres morales”.
De ahí la estructura invertida de The Sound and the Fury. Comienza en la superficie, analizando el mundo desde la mirada de Benji, un idiota, y culmina en las capas más profundas con Dilsey, una criada negra, la única en condiciones de armar el acertijo. Benji es apenas mirada y emoción corporal, sin comprensión alguna de lo que transcurre delante de sus ojos. Dilsey es la encargada de discernir y aceptar —sin juzgar— que en el centro de la familia Compson prevalece el incesto. Después de todo, se trata de una familia que en el universo faulkneriano representa la realeza,  y muy escasas monarquías han logrado salvarse de ese tabú.
Faulkner nos invita en The Sound and the Fury a recorrer el sendero del precepto desde la desavenencia incomprensible, hasta la confesión final. Y una vez emprendemos ese sendero, la fascinación nunca cesa, los personajes se hacen tridimensionales, y el drama se estructura en el vértigo.

INTERIOR Y EXTERIOR


La lucha entre los escritores que resultan enigmáticos por un astuto cálculo, y aquellos que  en primera instancia parecen incomprensibles, se viene librando desde hace bastante tiempo. Tristram Shandy, de Lawrence Sterne, puede resultar impenetrable hasta que el lector desentraña su humor, el cuestionamiento de la novela como forma narrativa.
El crítico  ruso Viktor Sklovski lo demostró en un ensayo que precede la edición de la novela publicada por la editorial Planeta.  Sklovski nos señala que Tristram Shandy es una enorme digresión. (Tenía nueve volúmenes en su edición original).
El nacimiento de Tristram Shandy ocurre recién en el tercer volumen. La novela no solo está plagada de digresiones. Impera el doble sentido, y toda clase de artificios gráficos. Inclusive hay falsas portadas y contraportadas. El libro no solo contiene a la novela. También forma parte del artilugio, incluido un constante diálogo entre autor y lector.
En el relato, todo transcurre en la esfera doméstica donde se multiplican los equívocos. Una vez Tristram se convierte en narrador, discurre sobre temas tales como las prácticas sexuales, los insultos, y la influencia del nombre, y de las narices, uno de los símbolos fálicos más discernibles.
Lo más precario y lo más trascendente, especialmente la filosofía, se aúnan en esa obra maestra de la divagación y del humor que nunca pudo reclutar imitadores. Es interesante verificar que los contemporáneos de Sterne devoraron la novela, y siempre reclamaban nuevos volúmenes. Eso también formó parte de esa cock-and-bull story, pariente lejana del cuento de la buena pipa, un relato absurdo, improbable, narrado como si fuese la verdad verdadera. En ocasiones Sterne emergía de la novela, asumía los atributos del autor, e informaba a sus lectores qué era lo que podían esperar en la próxima entrega de Tristram Shandy.

ENTRETELONES


Lawrence Sterne

Tanto Sterne como Faulkner eran herederos de una dinastía donde la urgencia de contar era más acuciante que la necesidad de satisfacer su ego. Y ¿de qué puede escribir un escritor, sino de la preservación de la especie?  Al final, aquello que interesa a cada cuerpo humano, es acoplarse con otro, y trascender en una vida destinada a la siguiente generación. A veces transgrediendo tabúes, o afrontando calamidades, como en Faulkner, o usando acertijos, chistes de doble sentido, chabacanerías, como en Sterne. Por cierto, hasta conocemos con exactitud el momento exacto de la concepción de Tristram Shandy, por la costumbre del padre de poner todos los relojes en hora, antes de acoplarse con su esposa.
Solo la vida interesa a los grandes narradores, ya sea en su gloria y especialmente en su miseria. Lo demás suele ser retórica y esterilidad, la interminable discusión de temas de los cuales está ausente la fecundidad del cuerpo.

LA LECCIÓN DE LA PRINCESA

Recuerdo algunos autores que, afectados por un ego bastante frágil, necesitaban rodearse de acólitos, ninguno de los cuales cuestionaba su escritura. Por el contrario, elaboraban extrañas teorías para justificarla. Algunos de ellos se escudaban detrás de larguísimos ensayos donde intelectuales amigos expresaban la riqueza de su mundo. Si alguien cuestionaba al escritor, o anunciaba que su texto lo había aburrido, el agraviado reaccionaba con la furia de una mujer burlada.
Uno de esos escritores devoraba todo los libros que le ponían a su alcance. Cuando falleció, muchos intelectuales elogiaron su voracidad de lector, aunque nadie se atrevió a comentar sus virtudes de narrador, pues eran inexistentes. Los libros de los demás eran su escudo protector. Nadie cuestiona a un “hombre muy leído”.
Participaba de lo que se ha bautizado como “el amor del censor”. Nunca descubría nada por su cuenta. Se aferraba a los consagrados. Era apostar sobre seguro. En su juventud había sido algo más osado. Pero una vez llegó a la fase adulta, todo aquel escritor del cual se había burlado en sus inicios, recuperaba un sólido sitial.

Uno de los personajes más recordados de Anna Karenina es la princesa Myagkaya, aunque apenas ocupa una docena de páginas en la novela. La princesa dice que el marido de Anna es "simplemente un estúpido. Previamente, cuando me indicaban que debía considerarlo un hombre sabio, intenté hacerlo. Como resultado, me sentía como una estúpida, pues era incapaz de percibir su sabiduría. Pero, tan pronto como me dije a mí misma ´Karenin es estúpido´, por supuesto en un susurro, todo resultó claro... No tenía otra opción. Uno de nosotros era estúpido, y como todos saben, es imposible decir eso de uno mismo".
La disputa entre la verdad y los simulacros de la verdad, es eterna. Pero la verdad siempre triunfa. Entonces descubrimos con la princesa Myagkaya que detrás de la máscara nada existe. La simulación puede recorrer cierta distancia, cosechar éxitos. Pero al final, debe entregar su máscara.


sábado, 15 de julio de 2017

La Trilogía del Mar Dulce. Un extraño en un país extraño


Mario Szichman



En ocasiones, es bueno tomar distancias. Escribí mi Trilogía del Mar Dulce, la historia de tres generaciones de una familia judía radicada en Buenos Aires, cuando vivía en Caracas. La crónica falsa es de 1968, Los judíos del Mar Dulce de 1971, y A las 20:35 la señora pasó a la inmortalidad, de 1979.  

Mi Trilogía de la Patria Boba, sobre el proceso de independencia en la Gran Colombia, la escribí en Nueva York. Los Papeles de Miranda fue publicada en 1980, Las dos muertes del general Simón Bolívar en 1984, y Los años de la guerra a muerte, en 1987. Eros y la doncella, la novela sobre la Revolución Francesa, también la escribí en Nueva York.
En realidad, la única novela que transcurre en Nueva York  y que escribí en esta ciudad, es La región vacía/The Empty Grave, sobre los ataques del 11 de septiembre de 2001. Pero sigo pensando que también en esa ocasión pude tomar distancias. Observé la tragedia con lentes de periodista, mientras trabajaba en The Associated Press en el llamado Graveyard Shift, el turno del cementerio, entre las 11:30 de la noche y las 7:00 de la mañana, cuando la ciudad dormía.
Durante algunas semanas, The World Trade Center se convirtió en receptáculo de casi tres mil cadáveres incinerados, quizás una de las fosas comunes más grandes de la historia. Yo pasaba del graveyard de la oficina, al otro emplazado unos cincuenta bloques más abajo. Mi tarea era editar el material que enviaban los reporteros, o poner titulares a las fotos. (Hay bastantes alusiones en la novela a esa sala de prensa, y a las cosas extrañas que ocurrían en la redacción cuando los jefes dormían plácidamente sus sueños).


LAS IMPENSADAS ELECCIONES

Mi infancia estuvo marcada también por el antisemitismo. En la Argentina había dos poderosas instituciones que no veían a los judíos con buenos ojos: la iglesia, y el ejército. Y ocurre que esas instituciones tenían muchos sitios hacia dónde mirar, pues la colectividad judía argentina era la más grande de América Latina. Aunque las cifras reales de judíos eran difíciles de averiguar. Y por excelentes razones.
En mi novela A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad (https://www.barnesandnoble.com/w/a-las-20-mario-szichman/1112212820?ean=9781623093075) la versión corregida, editada y mejorada por la profesora Carmen Virginia Carrillo en 2012,  comenté la necesidad que había entre los judíos provenientes de Europa oriental de averiguar el porcentaje de sus congéneres en relación al resto de la población. Y por una simple razón: pasado un porcentaje, sobrevenía el genocidio.
Este es un diálogo entre dos de los personajes de la novela, Pinie y Motje:
“–Vos porque no sabés nada de geopolítica– alardeó Motje. –En geopolítica, podés matar judíos en Polonia, que no pasa nada. Pero anímate en geopolítica a matar judíos en Argentina. ¿Ves que resulta imposible?
– ¿Qué les cuesta alambrar el barrio de Once, que está lleno de paisanos, y entrar con tanques? – preguntó Pinie.
–Pueden, pero, ¿qué hacen con la geopolítica? No te olvides que es una ciencia. No se puede ir contra la ciencia. Ellos calculan así en geopolítica: cuando los judíos llegan al ocho por ciento de la población total: pogroms. Si suben al diez por ciento: guetos. Después del doce por ciento: genocidios. Ahora, ¿adivina en que porcentaje estamos?
–No lo sé– admitió Pinie.
–Yo tampoco. Eso no lo sabe ni el gran rabino. Es un secreto militar. Mientras manejemos las estadísticas, podremos dormir tranquilos”.
Por cierto, los judíos habían inventado estrategias a fin de pasar desapercibidos. El poeta Israel Zeitlin,  nacido en la ciudad ucraniana de Ekaterinoslav (actual Dnipropetrovsk) se transformó en César Tiempo años después de llegar a Buenos Aires. Alguien que se llamaba originalmente Socolinsky, circuncidó su apellido y empezó a llamarse Socol. Y el más egregio de los intelectuales judíos, el narrador y periodista Alberto Gerchunoff, de origen lituano, escribió su famoso relato Los gauchos judíos donde prolifera lo gauchesco, y está ausente lo judío. Esos judíos dialogan en un español más castizo que el utilizado por los habitantes de la Madre Patria durante la época de la Inquisición.
Gerchunoff fue como la versión judía de Enrique Larreta, el escritor argentino cuya obra más famosa, La gloria de Don Ramiro, transcurre en España, en la época del rey Felipe Segundo. Previo a escribirla, Larreta explicó su “ambicioso designio de expresar en un solo libro el apasionante claroscuro del alma épica y monacal de España”.  En realidad, la novela es espantosa. Como hubiera dicho Borges, “se trata de una de las formas más famosas del tedio”.
Es obvio que la hispanidad, para Gerchunoff, era una manera elegante de eludir el antisemitismo. En Los judíos del Mar Dulce traté de hacer, en parte, una parodia de Los gauchos judíos y tuve como recompensa que la crítica literaria norteamericana Naomi Lindstrom titulase uno de sus libros Jewish Issues in Argentine Literature, From Gerchunoff to Szichman.[i]

VOLVER A LAS RAÍCES

Desde que tuve uso de razón, sentí que era un extraño en una tierra extraña llamada Argentina. Recuerdo que en la época de Perón daban clases de catecismo en la escuela primaria. A los judíos nos sacaban del aula, y nos llevaban a otra donde enseñaban creo que moral cívica. Yo me sentía muy diferente. Y además, excluido. Envidiaba a todos esos niños que se disfrazaban de galanes para asistir a la primera comunión.
Ya en mi adolescencia, aparecieron los grupos neofascistas y neonazis Tacuara y Guardia de Hierro. A la salida del Colegio Nacional Moreno, nos aguardaban pandilleros con el pelo engominado, y en ocasiones nos caían a golpes. Yo andaba provisto de una cachiporra. Luego, en el servicio militar, un sargento ayudante solía recordar con desprecio mi origen judío, especialmente cuando estaba de guardia y borracho. Recuerdo una frase que solía repetir en sus borracheras, y que incorporé a La verdadera crónica falsa.  “Durante mi vida hice de todo. Solo me falta viajar en un dirigible, montarme a una monja, y dejarme romper el c…”
Apenas pude huir de la Argentina, lo hice. Tras el servicio militar, a los 21 años de edad, me fui para Haití, aunque nunca llegué. Cuando hice escala en Colombia, el magnífico escritor Álvaro Cepeda Samudio, el novelista de La Casa Grande, me recomendó que me fuera para Venezuela. “Colombia es el pasado”, me dijo. “Venezuela es el futuro”. Eso fue en 1967, cuando Venezuela era la meca de América del Sur. Donde comprobé, además, que el Mar Caribe era absolutamente azul.
Si no sentí el antisemitismo en Venezuela, es porque había pocos judíos –muy por debajo del porcentaje que atizaba un genocidio—, y algunos en posiciones de importancia. Teodoro Petkoff era ya uno de los dirigentes del MAS; Margot Benacerraf cumplía una tarea cultural de gran importancia, e Isaac Chocrón era ya un famoso dramaturgo. Inclusive hubo un ministro que se encargó de la reconstrucción del cementerio judío de Coro.
Y como no me sentía perseguido, empecé a reflexionar acerca del tema judío en la Argentina. En Caracas escribí La Trilogía del Mar Dulce. Creo que la pujanza de esa espectacular ciudad alentó mi megalomanía. Tuve suerte. Ya mi primera novela, La Crónica Falsa, ganó Mención en el Concurso Casa de las Américas en 1968. Y eso demuestra que es imprescindible desconfiar de los concursos literarios. Cuando vi la novela impresa sentí grandes deseos de arrojarme por una ventana. Era caótica, incomprensible, aunque seguía los lineamientos de Operación Masacre, ese magnífico libro de non fiction de Rodolfo Walsh.
En la novela introducía a un personaje, Natalio Pechof, que era fusilado en los basurales de José León Suárez tras frustrarse una rebelión de militares y civiles adictos al peronismo, por orden de los líderes de la Revolución Libertadora. Natalio Pechof era una anomalía. Ningún judío fue fusilado en los basurales. Cuando le comenté a Walsh ese detalle, se mostró muy generoso. Me dijo que él había escrito un libro periodístico, y debía ceñirse a la verdad. Yo había escrito una novela, y podía permitirme toda clase de transgresiones.
De todas maneras, seguí sin estar convencido. En 1971, viviendo en Buenos Aires, el Centro Editor de América Latina, me propuso reeditar La Crónica Falsa. Tan avergonzado me sentí de la primera versión, que pedí permiso para corregir también el título. Así surgió La verdadera crónica falsa. Era una versión mejorada, aunque seguía sin convencerme.
Afortunadamente, la profesora Carmen Virginia, quien ha editado y mejorado todas mis novelas, se dedicó a corregir y mejorar ese patito feo, que es hoy realmente un cisne (https://www.barnesandnoble.com/w/la-verdadera-cr-nica-falsa-mario-szichman/1125985385?ean=9781483595634.)
En cuanto a la temática judía... En A las 20:25 puse como epígrafe: “La meta es el origen”. Y para mí ser judío es mucho más importante que haber nacido en la Argentina. Aunque es cierto, la Argentina me marcó.
Pero es ahora tiempo de enfilar hacia otros orígenes.
Hace poco terminé una novela. Es sobre la captura del criminal de guerra Adolf Eichmann en la Argentina. Mi protagonista, Dani Aron, es un nokmim, un vengador judío. Una especie de Rambo. Aunque al final participa en el comando que captura a Eichmann, al principio se dedica a cazar nazis en Europa. Me gustan más ese tipo de personajes. Tal vez por algún púdico atavismo, prefiero el ojo por ojo, y el diente por diente, a la alternativa cristiana de ofrecer la otra mejilla. Se corre el riesgo de quedarse sin  mejilla.
El crítico Ilan Stavans señaló con mucha generosidad en su libro Borges the Jew  las manchas temáticas de mi narrativa centrada en la cuestión judía. “Alrededor de 1952”, dice Stavans, “los personajes (de Szichman) descubren su inaceptable status como judíos en Argentina y luchan de manera desesperada para asimilarse cambiando su apellido (de Pechof) por el de Gutiérrez Anselmi ... A diferencia de Gerchunoff, Berele o Bernando, (los alter egos de Szichman) buscan de manera permanente una respuesta a la extraña muerte política de su padre en un basural. ...
“Lo que resulta interesante acerca de la ficción de Szichman es la forma en que revisita la historia nacional. Al ubicar a sus personajes en distintos períodos, desde la Semana Trágica hasta los golpes militares en las décadas del cuarenta y en la derrotada revolución de 1956, (cuando muere el padre de Berele) Szichman formula una declaración incuestionable: ningún régimen, ninguna coyuntura en la historia argentina, es buena para los judíos debido a que su presencia histórica en el Río de la Plata es un error.
“Si Gerchunoff creyó en una época que Argentina era el paraíso, Szichman la considera el infierno”[ii]. No tengo mucho que cuestionar a esa apreciación.
En fecha reciente, dos intelectuales y entrañables amigos, Magdalena López, y Gerardo Barcia Palacios, ambos integrantes de la diáspora venezolana, escribieron reseñas sobre La verdadera crónica falsa. Ambas me encantan, no solo porque analizaron el contexto con sabiduría, sino porque un buen critico siempre enseña. Sus análisis de textos resultan indispensables para quien anhela dedicarse a la escritura. Y aquellos que rehúyen a los críticos y editores serios, se causan un daño. La escritura, una de las más solitarias de las profesiones, necesita la imaginación dialógica que todo editor y todo crítico proveen.
A continuación, algunos extractos de los textos de López y Barcia Palacios:

De la reseña de La verdadera crónica falsa por Magdalena López:
Quizá, la médula de eso que llaman la Historia con mayúscula, no radica sino en las miles de historias de personajes difíciles de encajar en grandes relatos épicos. Tal es el caso del padre de Bernardo, un socialista argentino y judío de origen polaco que, como mal héroe, es fusilado por equivocación después de ser detenido junto a un grupo de peronistas cuando miraba una pelea de boxeo por televisión la noche del 9 de junio de 1956. 
Los fusilamientos en José León Suárez de aquel año han llegado hasta nosotros a través de la pluma de Rodolfo Walsh, en su ya mítico libro de no ficción, Operación masacre (1957); sin embargo, lo que encontramos en la novela de La verdadera crónica falsa (BookBaby, tercera edición 2017) de Mario Szichman es otra cosa. Tal como se expresa en las últimas páginas, asistimos a muchos temas y muchos personajes que bajo la fabulación “verdadera” de esta crónica ficcionalizada, nos permiten acercarnos ya no sólo al retrato de la Argentina de los años cuarenta y cincuenta en torno a esta masacre histórica enmarcada en la llamada “Revolución Libertadora”, sino también a dramas personales que recogen en buena medida los de vidas invisibilizadas por la Historia y que no necesariamente están directamente relacionadas a los fusilamientos o a su documentación y denuncia.  El centro de la narración es el drama de Berele (niño)\Bernardo (adulto), un periodista que rastrea  la vida y las circunstancias de la muerte de su padre, mientras intenta hacerse cargo de una carga familiar judía plagada de mujeres fuertes, hombres torturados, perseguidos, exiliados y discriminados e incluso una adolescente suicida e incestuosa.
La verdadera crónica falsa es, por tanto, una novela sobre el fracaso, el desengaño y el extrañamiento que derivan de la imposibilidad de pertenencia a un país y de fe por una causa política o un líder que nos exima de tanta violencia acumulada. 
Sin embargo, como sucede también en otra obra de Szichman (La región vacía. Madrid: Verbum, 2014), perdura el amor como recurso inextinguible.  Bernardo sabe que sin su compañera Laura esta verdadera crónica falsa sería imposible de escribir.  Quizá,  en esta  obra, el amor no es sino el último recurso de los desarraigados de la historia.   
La verdadera crónica falsa es, así,  un fino mosaico de personajes y eventos que a ratos con sarcasmo, a ratos con ternura, nos siguen hablando de la dimensión humana de todos los horrores que nos habitan desde la memoria. 
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Del análisis de La Verdadera Crónica Falsa por Gerardo Barcia Palacios:
   Todo acontecimiento histórico esconde historias aledañas. Historias que, por un motivo u otro, perdieron protagonismo o se eclipsaron por otras de mayor trascendencia. Pero que no por ello son menos fascinantes, indignantes o perturbadoras. En muchos casos, además, una historia trascedente puede estar tan relacionada con su aledaña que ambas existen para justificarse mutuamente. Son un abanico holístico que visto en retrospectiva, se dan sentido y conviven de forma existencial.
En esta tercera edición o tercer intento (probablemente Mario leyó alguna vez a Miles Davis: “Si no te equivocas, te equivocas”) nos propone un rediseño que permite adivinar lo que vivieron muchas familias judías en la Argentina de aquellos años y permite además, conocer las matanzas sin sentido que muchos regímenes cometieron en nombre de nada. Cayeran quienes cayeran: culpables e inocentes.
Transitada por personajes que se van desarmando y rearmando a sí mismos, como la recomposición en cámara lenta de un jarrón que cae al suelo cuando se regresa el tiempo en un video, el relato plantea un enigma existencial de un personaje (Bernardo) que intenta descifrar los sucesos acontecidos aquella madrugada de junio de 1956, principalmente porque uno de ellos, que además resulto muerto, era su padre.
Para ello, junto con su compañera Laura, descubre de la mano de los protagonistas sobrevivientes qué sucedió realmente aquella noche y qué llevó a su padre a morir fusilado por error. En ese viaje, mediante una técnica narrativa que recuerda a una colección de puzles de flashbacks superpuestos, se va descubriendo no solo la historia real contada desde muchas perspectivas, sino que, curiosamente, Bernardo termina encontrándose consigo mismo y con su antepasado judío.
Ignoro las ediciones anteriores, pero esta última es sin duda una novela que recomendaría leer y que estoy seguro, como me ha pasado a mí, se devorará en menos de dos días.
Personalmente ha sido una fortuna para mí descubrir esta edición de la novela. Probablemente como venezolano que sabe que existen muchas historias aledañas que nunca serán contadas. O, quizá, simplemente por tener la oportunidad de leer nuevamente la magia que nos regala Mario con cada escrito.



[i] University of Missouri Press, Columbia, 1989.
[ii] Borges the Jew, State University of New York Press. 2016.

miércoles, 12 de julio de 2017

Reseñas de "La verdadera crónica falsa" por Magdalena López y Gerardo Barcia Palacios




Agradezco a mis entrañables amigos Magdalena López y Gerardo Barcia Palacios, por estas reseñas de mi primera novela La verdadera crónica falsa, en su tercera reedición. He aprendido de esas críticas, de su honestidad.
 Como ha ocurrido con Los años de la guerra a muerte, una vez más, la edición de la profesora Carmen Virginia Carrillo convirtió un patito feo en un cisne. Las dos anteriores versiones de la novela puedo ya excluirlas de una especie de prontuario donde ubiqué varios textos escasamente redimibles. En la época en que las escribí no existían las computadoras, o esa maravillosa tecla que dice delete, borrar.
Creo que he enmendado mi falta. Al menos me queda el consuelo de que logré reparar. Y en materia de amistad, y de amor, esa es, quizás, la palabra más bella del diccionario. M.S.

Reseña de La verdadera crónica falsa de Mario Szichman
Por Magdalena López

           
Quizá, la médula de eso que llaman la Historia con mayúscula, no radica sino en las miles de historias de personajes difíciles de encajar en grandes relatos épicos. Tal es el caso del padre de Bernardo, un socialista argentino y judío de origen polaco que, como mal héroe, es fusilado por equivocación después de ser detenido junto a un grupo de peronistas cuando miraba una pelea de boxeo por televisión la noche del 9 de junio de 1956. 
Los fusilamientos en José León Suárez de aquel año han llegado hasta nosotros a través de la pluma de Rodolfo Walsh, en su ya mítico libro de no ficción, Operación masacre (1957); sin embargo, lo que encontramos en la novela de La verdadera crónica falsa (BookBaby, tercera edición 2017) de Mario Szichman es otra cosa. Tal como se expresa en las últimas páginas, asistimos a muchos temas y muchos personajes que bajo la fabulación “verdadera” de esta crónica ficcionalizada, nos permiten acercarnos ya no sólo al retrato de la Argentina de los años cuarenta y cincuenta en torno a esta masacre histórica enmarcada en la llamada “Revolución Libertadora”, sino también a dramas personales que recogen en buena medida los de vidas invisibilizadas por la Historia y que no necesariamente están directamente relacionadas a los fusilamientos o a su documentación y denuncia.  El centro de la narración es el drama de Berele (niño)\Bernardo (adulto), un periodista que rastrea  la vida y las circunstancias de la muerte de su padre, mientras intenta hacerse cargo de una carga familiar judía plagada de mujeres fuertes, hombres torturados, perseguidos, exiliados y discriminados e incluso una adolescente suicida e incestuosa.
A través de recuerdos, varios testimonios, caricaturas, fotografías y los textos de un diario, Bernardo atestigua el proceso “de toda esa generación, frustrada y liberal (….) que había formado comités de lucha antifascista durante la Segunda Guerra Mundial, elegido a Braden en contra de Perón y que terminó decepcionándose con Stalin”.
La verdadera crónica falsa es, por tanto, una novela sobre el fracaso, el desengaño y el extrañamiento que derivan de la imposibilidad de pertenencia a un país y de fe por una causa política o un líder que nos exima de tanta violencia acumulada. 
Sin embargo, como sucede también en otra obra de Szichman (La región vacía. Madrid: Verbum, 2014), perdura el amor como recurso inextinguible.  Bernardo sabe que sin su compañera Laura esta verdadera crónica falsa sería imposible de escribir.  Quizá,  en esta  obra, el amor no es sino el último recurso de los desarraigados de la historia.   
La verdadera crónica falsa es, así,  un fino mosaico de personajes y eventos que a ratos con sarcasmo, a ratos con ternura, nos siguen hablando de la dimensión humana de todos los horrores que nos habitan desde la memoria. 

Análisis de La Verdadera Crónica Falsa
Gerardo Barcia Palacios

            Todo acontecimiento histórico esconde historias aledañas. Historias que, por un motivo u otro, perdieron protagonismo o se eclipsaron por otras de mayor trascendencia. Pero que no por ello son menos fascinantes, indignantes o perturbadoras. En muchos casos, además, una historia trascedente puede estar tan relacionada con su aledaña que ambas existen para justificarte mutuamente. Son un abanico holístico que visto en retrospectiva, se dan sentido y conviven de forma existencial.
            Y estas historias aledañas merecen ser contadas. Es el caso de la novela que nos regala Mario Szichman: La Verdadera Crónica Falsa. En esta novela, se narra las peripecias de un grupo de sobrevivientes de los fusilamientos registrados en el basural de José León Suárez, en las afueras de Buenos Aires, en 1956, tras una frustrada insurrección peronista contra el régimen militar liderado por el general Pedro Eugenio Aramburu, y los avatares de una familia judía, uno de cuyos integrantes muere en los fusilamientos.
            En esta tercera edición o tercer intento (probablemente Mario leyó alguna vez a Miles Davis: “Si no te equivocas, te equivocas”) nos propone un rediseño que permite adivinar lo que vivieron muchas familias judías en la Argentina de aquellos años y que permite, además, conocer las matanzas sin sentido que muchos regímenes cometieron en nombre de nada. Cayeran quienes cayeran: culpables e inocentes.
            Transitada por personajes que se van desarmando y rearmando a sí mismos, como la recomposición en cámara lenta de un jarrón que cae al suelo cuando se regresa el tiempo en un video, el relato plantea un enigma existencial de un personaje (Bernardo) que intenta descifrar los sucesos acontecidos aquella madrugada de junio de 1956, principalmente porque uno de ellos, que además resulto muerto, era su padre.
Para ello, junto con su compañera Laura, descubre de la mano de los protagonistas sobrevivientes qué sucedió realmente aquella noche y qué llevó a su padre a morir fusilado por error. En ese viaje, mediante una técnica narrativa que recuerda a una colección de puzles de flashbacks superpuestos, se va descubriendo no solo la historia real contada desde muchas perspectivas, sino que, curiosamente, Bernardo termina encontrándose consigo mismo y con su antepasado judío.
            Ignoro las ediciones anteriores, pero esta última es sin duda una novela que recomendaría leer y que estoy seguro, como me ha pasado a mí, se devorará en menos de dos días.
            Aunque el comienzo resulta un poco “flojo” y cuesta un poco seguirle la pista, en menos de veinte páginas engancha y enamora. Quizá por sus entrañables y elaborados personajes, siempre en conflicto bidireccional: con ellos mismos y con el entorno. Quizá por su contenido de constantes evaluaciones psíquicas de personajes que ven distintas realidades y que se yuxtaponen durante la obra a veces hasta con acciones o pensamientos absurdos. O quizá por la magia de simplemente enhebrar el final escabroso de algo que ya sucedió, pero que el lector espera cambiar leyéndolo.
            Personalmente ha sido una fortuna para mí descubrir esta edición de la novela. Probablemente como venezolano que sabe que existen muchas historias aledañas que nunca serán contadas. O, quizá, simplemente por tener la oportunidad de leer nuevamente la magia que nos regala Mario con cada escrito.

Gerardo Barcia Palacios
                                               En Madrid, 26 de Marzo de 2017


domingo, 9 de julio de 2017

Interpretando la banalidad del mal. Un testigo privilegiado del juicio a jerarcas nazis


Mario Szichman
Richard W. Sonnenfeldt

Richard W. Sonnenfeldt, quien huyó de la Alemania nazi cuando era un adolescente, fue el jefe de los intérpretes de la fiscalía de Estados Unidos en el juicio de Nuremberg contra varios jerarcas del régimen liderado por Adolfo Hitler.
En 1945, a los 22 años de edad, y tras una serie de peripecias,  debió confrontar a casi dos docenas de jerarcas nazis, entre ellos a Herman Goering, el segundo en la jerarquía del Tercer Reich después de Hitler, a Joachim von Ribbentrop, el ministro de Relaciones Exteriores del Führer, al industrial Albert Speer, encargado de la manufactura de material bélico, y a Rudolph Hoess[i] el comandante del campo de exterminio de Auschwitz.
Richard Sonnefeldt viajó con su hermano Helmut a Gran Bretaña en 1938, para estudiar en un colegio. La idea era fijar residencia, a fin de traer al resto de su familia, luego que las Leyes de Nuremberg de 1935 convirtieron a los judíos en parias, al abolir sus derechos como ciudadanos y excluirlos de toda clase de empleos. (Las leyes se aplicaron luego a alemanes de origen africano, y a gitanos).
Richard fue internado en un campamento, acusado de ser un “enemigo alemán”, y despachado a Australia. (Su hermano Helmut, entonces de 14 años, recibió permiso para quedarse).
Tras llegar a Australia, Richard Sonnenfeldt expresó su deseo de luchar contra los nazis, y fue puesto en libertad. Inició entonces un larguísimo viaje en que visitó cinco continentes y sobrevivió a un ataque con torpedos. En 1941 logró llegar a Estados Unidos, donde se reunió con su hermano y con sus padres, quienes lograron huir a Suecia, instalándose luego en Baltimore, Estados Unidos.
Tras obtener la ciudadanía norteamericana, Sonnenfeldt fue reclutado por el ejército. Luchó en la batalla de las Ardenas, una de las más sangrientas de la segunda guerra mundial, y participó luego en la liberación del campo de exterminio de Dachau.
Un mes más tarde, el general William J. Donovan, director de la Oficina de Servicios Estratégicos,  precursora de la CIA, escogió a Sonnenfeldt para que trabajara como intérprete en el proceso a los dirigentes nazis que se llevó a cabo en la ciudad de Nuremberg. 


En su autobiografía Witness to Nuremberg (2006, Arcade Publishing), Sonnenfeldt dijo que su primer interrogatorio fue el de Goering, a quien Hitler había designado como sucesor, aunque luego ordenó su ejecución, por desobedecer órdenes en los días finales de su régimen.
Durante el encuentro, señaló Sonnenfeldt, sintió como si “el refugiado judío que yo había sido en una época, me estaba tironeando de la manga de la camisa”.  
Pese a su nerviosismo, el joven de 22 años decidió enfrentarse al que fuera uno de los hombres más poderosos y crueles de Alemania, fijándole las reglas que debería seguir. “Cuando yo hable, usted no me va a interrumpir”, le dijo a Goering. “Usted espera hasta que yo concluya. Y cuando usted quiera decir algo, lo escucharé, y decidiré si es necesario traducir sus palabras”.
Eso se lo dijo Sonnenfeldt a quien había sido el primer comandante de las SA, las milicias nazis, el organizador de la Gestapo, como una fuerza nacional de terrorismo, presidente del Reichstag cuando se proclamaron las leyes raciales de Nuremberg, y el organizador de los bombardeos a Roterdam. Pero el intérprete tenía también una cuenta que saldar a nivel personal. “Goering ordenó que mi padre fuese puesto en un campo de concentración, aunque después ordenó su liberación, pues mi padre había sido condecorado con la Cruz de Hierro en la primera guerra mundial”.
La  audacia de Sonnenfeldt para enfrentarse a un preso con las credenciales de Goering provenía de una frase de Churchill, y de la captura de un general alemán en la que había participado. La frase de Churchill era la siguiente: “los alemanes suelen arrojarse a la garganta, o tenderse a los pies del enemigo”. En cuanto al general capturado, exigió a Sonnenfeldt que no lo obligara a viajar en la parte trasera de un camión donde iban sus subordinados. Sonnenfeldt aceptó el pedido y obligó al general a caminar delante del camión, rumbo al campamento de prisioneros, situado a gran distancia.

LIDIANDO CON LOS SEÑORES ASESINOS


Juicio de Nuremberg

La táctica con Goering fue no solo establecer las reglas del juego, sino burlarse de su apellido. Sonnenfeldt se dirigió en cierta ocasión al que había sido Reich Marshall de Alemania como “Herr Gering”, que en alemán significa “don nadie”.  Goering miró al intérprete con odio y le aclaró que ese no era su apellido.
Sin embargo, pronto se estableció una empatía entre ambos. Inclusive Goering insistió en que Sonnenfeldt siguiera siendo su intérprete cuando uno de sus jefes quiso trasladarlo a otra sección.
Una de las primeras tareas de los carceleros de Goering fue acabar con su drogadicción. Solía consumir unas cuarenta píldoras diarias de un derivado de la morfina. Pese a que la desintoxicación afectó su salud, no alteró su agudeza mental. Goering prometió decir toda la verdad, y nada más que la verdad, pero negó sistemáticamente las acusaciones de la fiscalía. Dijo estar dispuesto a asumir toda la responsabilidad por todo lo que había sido hecho en su nombre, aunque, según dijo el intérprete, “negó conocimiento de virtualmente todo lo que había sido hecho en su nombre”.
En realidad, para Goering, la culpa de todas las fechorías del régimen debía atribuirse a otros. Entre quienes habían presuntamente engañado a Goering u ofrecido falsa información figuraban de manera prominente Heinrich Himmler, líder de las SS, un grupo paramilitar encargado del control de los campos de concentración, o Martin Bormann, uno de los más estrechos colaboradores de Hitler. La ventaja era que Himmler se había suicidado, y Bormann figuraba como desaparecido.
 Una de las tareas de Sonnenfeldt era mostrarle al prisionero alguno de los documentos capturados en que aparecían sus órdenes, firmadas de su puño y letra. Goering lo miraba fijo sin abrir la boca, o se encogía de hombros.

Incendio del Reichstag

En cierta ocasión, el general Franz Halder, quien fue testigo contra los nazis en el juicio de Nuremberg, dijo que había cenado con Hitler y Goering en la sede del Führer en Prusia oriental. Ante una docena de invitados, Goering dijo que él había ordenado incendiar el Reichstag, la sede del parlamento alemán. Los nazis habían acusado del incendio a los comunistas. El episodio sirvió a Hitler para suspender la mayoría de las libertades civiles en Alemania, incluyendo el habeas corpus, la libertad de expresión, la libertad de prensa, el derecho de libre asociación  y el secreto en las comunicaciones por correo y telefónicas.
Cuando Sonnenfeldt le mostró a Goering la declaración de Halder, el ex dirigente nazi respondió: “Oh, esa fue una broma que le hice a Hitler”. Y el intérprete le respondió: “¿Podría decirme otra de las bromas que le hizo a Hitler”?
Por una vez, señaló Sonnenfeldt, “Goering se quedó sin saber qué decir”.

LA CONDICIÓN HUMANA

Algunos de los jefes nazis eran de un sadismo increíble. Sonnenfeldt conversó en cierta ocasión con el hijo de Franz Ziereis, comandante del campo de exterminio de Mauthausen. El joven le dijo que su padre era bueno, pero se quejó de que al cumplir diez años, Franz Ziereis le regaló un rifle, y luego trajo a seis prisioneros, los puso contra una pared, y lo obligó a disparar contra ellos.
“Demoré mucho tiempo en hacerlo”, dijo el joven. “Fue muy difícil, y no me gustó la tarea”.
El intérprete descubrió luego que el rifle era de un pequeño calibre. “El comandante Ziereis había inventado ese particular pasatiempo pues de esa manera se necesitaban docenas de balazos para matar prisioneros”.
En otra oportunidad, Sonnenfeldt interrogó a Rudolf Hoess, comandante del campo de concentración de Auschwitz. Cuando le preguntó si era cierto que había ordenado el exterminio de tres millones y medio de seres humanos, Hoess se enfureció. “No, no es cierto”, dijo. “Solo fueron dos millones y medio. El resto fallecieron por otras causas”. ¿Y cuáles eran esas causas? “Enfermedades, epidemias imposibles de frenar, y hambrunas que causaban el colapso físico, cuando no podíamos alimentar a los reclusos”.
Durante mucho tiempo, Hoess intentó ocultar a su esposa las tareas en que estaba involucrado. Finalmente, decidió sincerarse. “Entonces”, dijo Hoess, “ella abandonó la cama y nunca más permitió que la tocara. Pero yo encontré una joven prisionera. Ella nunca me hizo preguntas”.
Sonnenfeldt expresó su asombro por la personalidad de los dirigentes nazis juzgados en Nuremberg. A excepción de Goering, del exministro de armamentos Albert Speer, o de Hjalmar Schacht, considerado el zar de las finanzas en la primera época del nazismo, el resto se caracterizaban “por la mediocridad, la falta de distinción en materia de intelecto, conocimiento o perspicacia”. La carencia de educación estaba acompañada por la ausencia de carácter. “No tenían integridad alguna. Eran serviles con sus superiores y arrogantes con el resto”.
Esas fueron las figuras que dirigieron los destinos de Alemania entre 1933 y 1945, hasta el colapso final del Reich. Doce años se prolongó la cruel aventura nazi, aunque el sueño de Hitler había sido crear un Reich capaz de durar mil años.





[i]  No confundir con Rudolph Hess, quien fue designado segundo de Hitler en 1933. En 1941, Hess huyó a Escocia en un intento por negociar la paz con el Reino Unido durante la segunda guerra mundial. Fue tomado prisionero, acusado en el juicio de Nuremberg de crímenes contra la paz, y condenado a cadena perpetua. Se suicidó en la cárcel, a los 93 años de edad.