domingo, 20 de agosto de 2017

La misión de los espadachines es rescatar siempre a damiselas en apuros. La persistente fascinación con Scaramouche


Mario Szichman


Scaramouche, version de 1952 con Stewart Granger y Eleanor Parker

El inolvidable comienzo de Scaramouche es éste: “Nació con el don de la risa, y la convicción de que el mundo estaba loco. Y ese era todo su patrimonio”. Su autor, el ítalo-británico Rafael Sabatini (1875 – 1950), quedó tan prendado de ese inicio, que fue esculpido en su lápida, en un cementerio de Adelboden, Suiza.
Scaramouche es un gran friso histórico, que se inicia con las convulsiones pre revolucionarias de Francia, y culmina con la convocatoria a los Estados Generales en 1789, preludio del derrocamiento del rey Luis XVI, su ejecución, seguido del Reino del Terror.

Rafael Sabatini       

La astucia de Sabatini fue narrar ese riquísimo período desde la marginalidad de un personaje como André-Louis Moreau, un abogado de provincias, muy elocuente, muy cínico, que a raíz de un incidente con un poderoso noble se ve obligado a huir de su tierra, y buscar refugio entre cómicos de la legua.
La vida personal de Sabatini se refleja en varias de sus novelas de capa y espada, pero especialmente, en la más famosa de ellas, Scaramouche.
Sabatini nació en Iesi, Italia. Sus progenitores, una madre inglesa, Anna Trafford y un padre italiano, Vincenzo Sabatini, eran cantantes de ópera, que luego se trocaron en profesores de música. El ardiente romance entre Anna y Vincenzo floreció antes de su casamiento. El escritor siempre sospechó que había sido “el fruto ilegítimo de la pasión de mis padres”.
Esa preocupación pasó a la narrativa. André-Louis Moreau, el protagonista de Scaramouche, sospecha que su padrino, Quentin de Kercadiou, es en realidad su progenitor. Como se indica en el comienzo de la novela, “La buena gente de Gavrillac estaba al tanto de la verdadera relación entre Andre-Louis Moreau y Quintin de Kercadiou, señor de Gavrillac”.  Esa preocupación de Sabatini por su origen persiste en otros textos, especialmente en una novela que tiene como protagonista al condottiero italiano César Borgia, quien también nació, como dicen los ingleses out of wedlock.

César Borgia

Las frecuentes giras de sus padres enfrentaron a Sabatini con diferentes culturas e idiomas. De niño vivió con su abuelo materno en Inglaterra, luego estudió en Portugal, y al acercarse la adolescencia, en Suiza. Cuando tenía 17 años, regresó a Inglaterra, donde fijó residencia de manera permanente. Hablaba seis idiomas, y el último de ellos, el inglés, decidió su carrera literaria. Según explicó luego: “Las mejores historias están escritas en inglés”.
Al estallar en 1914 La Gran Guerra, muchos italianos criticaron a Sabatini por negarse a retornar al suelo patrio. Sabatini optó por convertirse en ciudadano inglés, y comenzó a trabajar como traductor para la inteligencia británica.

EL CRUCE DE GÉNEROS

Uno de los logros de Sabatini en Scaramouche es haber trabajado de manera simultánea la gran tragedia y La comedia del arte, la contribución de los dramaturgos italianos al teatro renacentista y a las obras de Shakespeare, Lope de Vega, Moliere, y Beaumarchais.
Quizás la mejor de las tres partes de la novela es cuando André-Louis Moreau, a quien poco le preocupa la situación de las clases más bajas –y además lo explica con aterradora elocuencia— tropieza con una injusticia que cometen contra su mejor amigo, Philippe de Vilmorin, un estudiante de teología. Un miembro de la aristocracia francesa lo insulta, y lo desafía en un duelo en el que Vilmorin tiene todas las de perder.
Fugitivo de la justicia, no por su adhesión a los principios de la Gran Revolución, sino por su reto con el asesino de su amigo, André-Louis tropieza con una troupe de cómicos de la legua, y se incorpora a la cuadrilla. Así se transfigura en Scaramouche, que junto con Pantalón, Colombina, Polichinela, o El Capitán, integran el clásico reparto de esas compañías.
Además de actuar, André-Louis comienza a escribir “escenarios” que saquean las obras de los principales dramaturgos franceses e italianos de su época. Como explica a sus compañeros, los diálogos improvisados son superiores a aquellos en los cuales el intérprete debe aprender de memoria hasta un estornudo. ¿Qué placer existe en repetir noche tras noche las mismas palabras, expresadas en el mismo tono de voz? pregunta a sus compañeros. ¿No es más creador que en cada actuación las frases sean diferentes? Hasta el espectador se beneficia de esas sorpresas.
Su conocimiento de la actividad teatral permitió a Sabatini crear textos que podían transitar sin tropiezos al cine. Se calcula que veintún adaptaciones de sus novelas han sido adaptadas a las pantallas grande y chica.
Ya en la época del cine mudo, en 1923, dos años después de la publicación de Scaramouche, se hizo la primera versión cinematográfica, protagonizada por Ramón Novarro, y dirigida por Rex Ingram.

NUEVOS DESAFÍOS

André-Louis, abandona la troupe de comediantes tras una serie de equívocos, y viaja a París. Allí resurge su interés por Aline, la sobrina de Kercadiou, su protector, del cual siempre pensó que era su padre. André-Louis ama a su prima, supone que por simple afecto familiar, y le advierte que no debe casarse con el marqués De la Tour d'Azyr, responsable del asesinato de su mejor amigo.  
El protagonista vuelve a ser perseguido por los poderosos amigos del marqués de De la Tour d'Azyr. Esta vez se refugia en una escuela de esgrima. Y, como en el caso de la troupe de comediantes, André--Louis aprende no solo la técnica sino los trucos para derrotar al adversario. convirtiéndose en un maestro.
Al estallar la Revolución Francesa, con la toma de La Bastilla, su patrón en la academia, el señor des Amis, es asesinado en un disturbio callejero. André hereda la institución.
El protagonista, alentado por su prima Aline, y por la señora de Plougastel, una allegada, se reconcilia con su presunto padrino. Luego, alentado por sus amigos, que admiran su elocuencia, logra ocupar un escaño en la Asamblea de los Estados Generales de 1789.
Surge una nueva complicación: un sector de la asamblea, integrado por senadores aristocráticos, ha contratado un grupo de asesinos expertos en el manejo de la espada. Esos senadores provocan a republicanos inexpertos, y los matan en duelos. El líder de esos espadachines asesinos es el marqués La Tour d'Azyr, quien mató a Vilmorin, el amigo de André. Tras liquidar a varios de los secuaces del marqués, Andre-Louis desafía a La Tour d'Azyr a un duelo, para vengar la muerte de su amigo Vilmorin.
El duelo es muy famoso. En 1952, Metro Goldwyn Mayer hizo la segunda versión de Scaramouche con Stewart Granger y Eleanor Parker en los papeles principales. Incluye lo que se considera es el encuentro de espadachines más prolongado en la historia del cine. En el curso de ocho minutos Stewart Granger y su rival Mel Ferrer inician el duelo en un teatro, pasan a los balcones, de allí al vestíbulo, a las primeras filas de butacas, a los bastidores, y terminan combatiendo en el escenario. 

¿AMOR, INCESTO?

Cuando Aline, presunta prima de André, y la señora de Plougastel, se enteran del duelo, intentan frenarlo. No llegan a tiempo, y observan al marqués abandonando el sitio herido. Andre-Louis sirve como miembro de la Asamblea Nacional, en tanto el marqués pasa a las filas de la contrarrevolución.
Hay un final absolutamente inesperado, que concierne a los padres verdaderos de André. Por suerte el protagonista, descubre que Aline no es su prima, y le declara su amor.
Más allá de las aventuras de André, y del trasfondo de la Gran Revolución, la novela transita senderos que no han sido muy explorados en la literatura de capa y espada.
Si Los Tres Mosqueteros es la novela insuperable de los espadachines, Scaramouche añade un elemento adicional: el destacado rol de la mujer. Alejandro Dumas se preocupaba especialmente por los galanes. (A excepción de la gran Milady, de Los tres mosqueteros). Eso no sucedía con Sabatini, un gran admirador de Balzac. Ya al principio de su carrera, Balzac anunció que su público era el femenino, nunca el masculino.
La batalla de los sexos es muy clara en Scaramouche. Especialmente porque sus mujeres son muy liberadas, quizás por la influencia de la Gran Revolución. 
Algunos de los revolucionarios franceses habían inclusive asignado un rol a las prostitutas en su república de iguales, seres que podían ser equitativos en el amor porque se entregaban a todos por igual, sin aceptar obligaciones, o proferir sus nombres, sin usar cosméticos o perfumes, felices en el abandono, meticulosas al regular su salud, sus embarazos, sus jornadas de trabajo, bajo supervisión médica, así como los juegos de sus hijos, o las horas de visita de sus familiares.
Frente a una moral que exigía a las mujeres castidad antes del matrimonio, fidelidad después, resignación ante la infidelidad del hombre, las mujeres de Sabatini parecen emisarias de un nuevo tiempo. Nada les parece vergonzoso o sórdido, nada está al alcance de alcahuetas, depravados, confesores, jueces o beatas. Están en un plano de igualdad con sus amantes, intervienen en la trama. No solo opinan: también deciden.
La combinación enriquece el texto. Afortunadamente, seguía corriendo por las venas de Sabatini la sangre italiana. Si bien sus narraciones están escritas en inglés, la pasión es auténticamente latina: en los romances, en los adulterios, en los súbitos cambios de partners de sus personajes, en la jocosidad de sus episodios, en el amor por la vida. Y también en la protección de la mujer. Pues ese es, en definitiva, el deber de cada espadachín: rescatar siempre del peligro a las damiselas en apuros.


miércoles, 16 de agosto de 2017

En sus mejores momentos, Hemingway era una fiesta


Mario Szichman

Work could cure almost anything,
I believed then, and I believe now.[i]
Ernest Hemingway

Ernest Hemingway

Una de mis anécdotas favoritas relacionadas con Ernest Hemingway es mencionada en Papa Hemingway: A Personal Memoir, de Aaron Edward Hotchner. En un bar de la Costa Brava, un grupo de aficionados al toreo comentaban las hazañas de algunos toreros famosos, y comparaban virtudes y defectos. Finalmente, uno de los asistentes decía a sus amigos: “Es muy difícil que podamos resolver esta disputa. ¡Ojalá que estuviera aquí Hemingway! Él sí sabe de toros”.
En ese momento, del fondo del bar, se alzó una figura, muy sonriente, y dijo: “Yo soy Hemingway; pregunten lo que deseen”.
La fama de Hemingway ha sufrido múltiples altibajos, especialmente por algunas de sus novelas como El viejo y el mar, o To Have and Have Not. La primera, por su empalagosa sensibilidad y su sentencioso estilo bíblico. El crítico norteamericano Dwight McDonald la demolió de un plumazo. En cierto momento, el viejo pescador de Hemingway comenta: “Soy un hombre humilde”. Y Dwight McDonald señala: “¡No lo digas, viejo, demuéstralo!”


En cuanto a To Have and Have Not, el mismo Hemingway la consideraba su peor novela, aunque la redimió William Faulkner al participar en el guión del film dirigido por Howard Hawks. Algunos dicen que esa versión cinematografíca compite con Casablanca. O que es la versión de Casablanca para gente pobre. A nivel de romance, la pareja de Humphrey Bogart y Lauren Bacall incendia la pantalla con más vigor que Bogart e Ingrid Bergmann.
Excepto por la excelente The Sun Also Rises, la primera novela de Hemingway, y posiblemente por Adiós a las armas, donde el escritor narró sus experiencias en la Gran Guerra, su fama se concentra en sus cuentos y en sus reportajes. Debe ser la única figura en el mundo literario que podría haber ganado el Premio Nóbel de Literatura simplemente con una media docena de cuentos como The Killers (los asesinos), Fifty Grand, Cat in the Rain, El gato bajo la lluvia, A Clean, Well-Lighted Place, Un lugar limpio y bien iluminado, The Short Happy Life of Francis Macomber, La corta vida feliz de Francis Macomber, o The Snows of Kilimanjaro, Las nieves del Kilimanjaro.
Por otra parte, su artículo periodístico A Natural History of the Dead, Una historia natural de los muertos, es incomparable como testimonio de la crueldad de la guerra, que Hemingway vivió de primera mano. Así comienza: “Siempre creí que la guerra ha sido omitida del campo de observación del naturalista. Tenemos encantadores y precisos recuentos de la flora y fauna de la Patagonia por W. H. Hudson, el reverendo Gilbert White ha escrito cosas muy interesantes sobre los indios Hoopoe en sus ocasionales y no muy comunes visitas a Selborne, y el obispo Stanley nos ha brindado valiosas, aunque populares, Historias Familiares de los Pájaros. ¿No podríamos proporcionar al lector algunos hechos racionales e interesantes acerca de los muertos? Espero que sí”.
Y Hemingway nos brinda un sórdido recuento, parte de sus experiencias como enfermero en  la Gran Guerra. Es asombroso, dice Hemingway, cómo el cuerpo humano, “es destruido por un explosivo, que no acata las líneas anatómicas”.  O que el color de la raza caucásica va cambiando con la muerte “de amarillo, a un verde amarillento, y luego al negro. Si permanece un tiempo prolongado al calor, la carne recuerda el alquitrán de carbón.
“Los muertos engordan con cada día que pasa, hasta que se hacen demasiado grandes para sus uniformes”. Y su posición final, “antes del entierro, depende de la ubicación de los bolsillos en sus uniformes. En el ejército austríaco, esos bolsillos estaban en la parte posterior de sus pantalones. Y los muertos, luego de un breve tiempo, descansaban sobre sus rostros. Los bolsillos de sus caderas habían sido arrancados”, probablemente, por saqueadores que se habían llevado sus pertenencias.
“Y la última cosa que se descubre de los muertos” dice Hemingway, “es que mueren como animales. Algunos con rapidez, de una pequeña herida que uno cree no mataría a un conejo. Otros mueren como gatos, con el cráneo fracturado y un trozo de hierro en el cerebro. Pero lo cierto es que la mayoría de los hombres mueren como animales, no como seres humanos”.

LA ELECCIÓN DE OBJETO

Hemingway se sentía más cómodo en el territorio del cuento y del ensayo corto. Además, fue periodista durante muchos años, y descubrió en sus despachos para el Toronto Star de Canadá, que cada palabra valía literalmente su peso en oro. Le habían asignado un cierto número de palabras para enviar por teletipo. En una ocasión se excedió en el número. El periódico le quitó de su paga un dólar, por cada palabra que sobraba.

HEMINGWAY VERSUS SCOTT FITZGERALD


La amistad, admiración, y celos literarios entre Hemingway y su principal rival Francis Scott Fitzgerald, está baldada por la falta de contrapeso. Scott Fitzgerald prácticamente no escribió nada acerca de esa amistad. Pero Hemingway le dedicó bastante espacio a esa rivalidad. Primero, en su ensayo Scott Fitzgerald, y luego, en A Moveable Feast, traducido a veces como “París era una fiesta”. 
El comienzo del texto Scott Fitzgerald es un gran homenaje brindado por Hemingway al autor de The Great Gatsby: “Su talento era tan natural como el diseño que crea el polvo en las alas de una mariposa ... Más tarde, adquirió conciencia de sus dañadas alas, y de su construcción, y aprendió a pensar. Pero no pudo seguir volando. El amor a volar había desaparecido, y solo podía recordar la época en que lo había hecho sin esfuerzo alguno”.
Hemingway dijo que en su primera reunión con Scott Fitzgerald, “ocurrió algo muy extraño”. El escritor había ingresado al bar Dingo, en la calle Delambre. “Scott era un hombre que parecía un jovencito. Su rostro oscilaba entre lo guapo y lo lindo”. Y de repente, “la piel de Scott pareció ajustarse a su rostro y adquirió el aspecto de una calavera ... No fue mi imaginación. Su rostro se convirtió en una verdadera calavera, o en una máscara mortuoria, frente a mis ojos”.

Tal vez Hemingway pronosticó en ese encuentro la vida de alcoholismo en que se hundiría Scott Fitzgerald, junto con su bella y talentosa esposa Zelda, o la tragedia que viviría a medida que Zelda se iba hundiendo en la esquizofrenia. O quizás, fue un recuerdo de sus últimos años de vida, cuando ambos miembros de la pareja ya estaban muertos. De todas maneras, fue una relación de amor y odio, en la cual Scott Fitzgerald llevó la peor parte, pese a que siempre se mostró muy generoso con su amigo. Al parecer, Fitzgerald era muy directo en sus preguntas. Apenas conoció a Hemingway, le explicó que se disponía a escribir una novela, y estaba haciendo una research sobre parejas. ¿Se había acostado con su esposa antes de casarse? Hemingway alegó falta de memoria. Pero Fitzgerald insistió hasta que Hemingway, despojado de excusas, abandonó la reunión.
En raras ocasiones Hemingway elogió a su rival, aunque reconoció que The Great Gatsby era una gran novela. “El quería que leyera su nuevo libro, The Great Gatsby, tan pronto como pudiese obtener la última y única copia de alguien al cual se lo había prestado”, indicó. “Cuando uno lo oía mencionar al libro, ignoraba lo bueno que era, excepto que Fitzgerald tenía la timidez de todo escritor que además de no ser fatuo, consiguió algo excepcional”.
Hemingway se mostró escandalizado cuando Scott Fitzgerald le confesó que algunas de las que consideraba sus mejores historias las había “degradado” para poder venderlas en la revista The Saturday Post, la más famosa de su época. Inclusive le explicó al alarmado Hemingway sus trucos para que fuesen negociables. Cuando Hemingway le dijo que de esa manera estaba “prostituyendo” su talento, Fitzgerald lo admitió. Pero, dijo, era la única manera de obtener bastante dinero “a fin de escribir libros decentes”.
La respuesta de Hemingway fue que “nadie puede escribir, excepto lo mejor. De lo contrario, destruye su talento”. Scott Fitzgerald le dijo que no se preocupara. Él se había puesto a salvo. Primero escribía un relato muy bueno, y lo guardaba. Luego, lo cambiaba para peor, a fin de poder venderlo. Pero, como conservaba el original, eso no le causaba mucho daño.
El único claro homenaje que Hemingway le rindió a Fitzgerald fue cuando reconoció el aporte de su amigo a la mejora de su cuento Fifty Grand, la historia de un boxeador en declive que decide entregar una pelea, a cambio de recibir una recompensa de 25.000 dólares. Como todos los héroes de Hemingway, al final el boxeador decide vender cara su derrota, y afrontar a su poderoso rival hasta que resulta destruido. Fitzgerald le dijo a Hemingway que el cuento era muy bueno, “Pero sería mejor si eliminaba la primera página y comenzaba por la segunda ... De esa manera, la historia tendría más vigor”. Hemingway aceptó agradecido el consejo.

LA DAMA DE PARÍS

Uno de los monstruos sagrados que gobernaban el ambiente literario de los expatriados norteamericanos en París era Gertrude Stein. Ella emplazaba y destruía escritores.
"No recuerdo que Gertrude Stein haya hablado bien de escritor alguno que no haya mencionado sus textos de manera favorable”, dijo Hemingway. “O que haya hecho algo para avanzar su carrera, excepto por Ronald Firbank, y más tarde, por Scott Fitzgerald”.
Stein tenía bien fundamentadas ideas sobre la sexualidad que no se anima a decir su nombre. “El acto sexual que cometen los hombres entre sí es feo, repugnante, y tras el orgasmo se sienten disgustados consigo mismos”, le explicaba a Hemingway. “En cambio, en las mujeres es lo opuesto. Ellas no hacen nada que cause disgusto, o sea repulsivo. Y luego se sienten felices y logran compartir vidas felices”.
La amistad de Hemingway con Stein duró tres, cuatro años. Stein era terriblemente arrogante, y sus compañías femeninas, como dijo Hemingway, tenían un solo objetivo: atender a las esposas de escritores. Como parte de su amistad con Stein, Hemingway tuvo la fastidiosa tarea de corregir sus larguísimos manuscritos. El escritor decía que los trabajos de Stein comenzaban bien, pero luego se hacían repetitivos, y terminaban siendo una forma prestigiosa del aburrimiento. Por alguna razón, Stein consideraba que su tarea se limitaba a escribir, nunca a corregir.
Finalmente, un día, llegó la catástrofe, y se acabó la amistad. Hemingway fue a visitar a Stein. Lo recibió la criada de la escritora, y le pidió que esperara un momento. La señora Stein estaba ocupada. ¿Deseaba alguna bebida? Hemingway aceptó un eau de vie. “Y de repente”, dijo el escritor, “escuché que alguien le hablaba a la señora Stein como nunca antes había escuchado que una persona hablara con otra, nunca, en ninguna parte, jamás.
Luego, la voz de la señora Stein emergió suplicando y rogando. Decía: ´ No, por favor, no lo hagas. Haré todo lo que quieras, mi gatita, pero por favor, no lo hagas. Por favor, no lo hagas, gatita”.
Hemingway dejó el vaso con eau de vie en una mesa, y caminó hacia la puerta. Y entre tanto, la discusión seguía. “Era malo oír lo que una mujer decía”, señaló. “Y eran peores las respuestas”.
Revisar los escritos de Hemingway en una antología completa es todo un hallazgo. Existió un escritor obsesionado por escribir. Pero también existió el otro Hemingway, muy obsesionado por los problemas políticos de su época. Tuvo experiencias de dos guerras, la primera y la segunda guerra mundial, conoció a muchos políticos de ese tiempo tormentoso, estuvo en España durante la guerra civil – su pasión por España nunca decayó—y fue un testigo muy inteligente de una época como la humanidad nunca antes conoció. Amaba el peligro, y en su cuerpo quedó el testimonio de heridas y de accidentes. Sus numerosos trabajos se alzan como un enorme rompecabezas de su era. No todos son ejemplares, pero, nadie lo superó en perspicacia y en precisa escritura. Y en sus mejores momentos logró que cada palabra de sus textos brillara con la insistencia “de guijarros en una playa”.







[i] El trabajo cura casi todo. Lo creía entonces, y lo creo ahora.

sábado, 12 de agosto de 2017

Arte, terror, locura. Las culturas varían según el grado de anomalías que legitimizan


Mario Szichman

       En un trabajo sobre Kafka, Jorge Luis Borges decía que “Cada escritor crea a sus precursores”. Las huellas de un estilo, dispersas en varios autores de disímil cualidad, súbitamente se condensan en torno al cuerpo de un productor intelectual, quien las codifica, las subraya con su insistencia. 
       Eso no ocurre únicamente en el campo de la literatura, se extiende al territorio de las ciencias sociales. La escuela de psicoanálisis liderada por Sigmund Freud hizo visibles las marcas de psicosis en un artista. Tal vez las más notorias fueron las de Vincent van Gogh. Además de crear obras alucinantes como Noche estrellada, o Girasoles, tuvo episodios “crepusculares”, que derivaron en la cuestionada mutilación de su propia oreja, y su posterior suicidio, en 1890, a los 37 años de edad. 
       
Noche estrellada de Vincent van Gogh

       La leyenda indica que el pintor holandés, en un acceso de locura, cortó parte de su oreja izquierda con una navaja, tras una trifulca con su colega Paul Gauguin. Luego, van Gogh envolvió la oreja en un trapo, se encaminó a un burdel cercano, y la entregó a una prostituta, que cayó desmayada del susto.
Un libro publicado hace algunos años en Alemania por los historiadores Hans Kaufmann y Rita Wildegans, cuestiona la versión, señalando que la historia fue un invento de van Gogh para proteger a Gauguin, su amante. El pintor holandés fue agredido por Gauguin, tras una discusión. Gauguin era un excelente espadachín, y cuando se agrió la reyerta, usó su sable para arrancarle a su amigo parte de la oreja. 
       Van Gogh fue llevado a un hospital, y en medio de sus delirios pidió que le dejaran ver a su amigo. Gauguin prefirió eludir a van Gogh a partir de ese momento. Los historiadores  Kaufmann y Wildegans dicen que los dos hombres mantuvieron “un pacto de silencio”, Gauguin para evitar un proceso, y van Gogh, para retener la amistad de Gauguin, “del cual estaba perdidamente enamorado”. 

LAS “CABEZAS EXPRESIVAS” DE MESSERSCHMIDT



       Ernest Kris, uno de los discípulos de Freud, mostró en su ensayo El arte del insano, la cercanía entre la creación y la locura. El ejemplo más aterrador es el de Franz Xaver Messerschmidt (1736-1783), un escultor austrogermano, famoso por una colección de bustos con rostros contorsionados, las llamadas “cabezas expresivas”.

       Según Kris, esos temibles rostros, con crispadas muecas, podrían haber sido el resultado de ideas paranoicas y alucinaciones padecidas por Messerschmidt luego del año 1770. Su deterioro mental hizo que en 1774, cuando aplicó para un importante puesto en una institución donde había estado enseñando desde 1769, en lugar de obtenerlo, fuese expulsado de la academia.
En una carta a la emperatriz de Austria, el príncipe von Kaunitz-Rietberg, un diplomático de la monarquía de los Habsburgo, aunque reconoció el talento de Messerschmidt, también informó de la naturaleza de su enfermedad mental, “una confusión en su cabeza” que le impedía ejercer la enseñanza. 

       En 1781, el escritor alemán Friedrich Nicolai visitó a Messerschmidt en su estudio, en Presburgo. El escultor le explicó al escritor su idea de confeccionar las “cabezas expresivas”. Durante muchos años, Messerschmidt había sido atormentado por problemas digestivos. La medicina moderna considera que se trataba de El Mal de Crohn, causante de severos trastornos. En su intento de olvidar los dolores, el escultor apeló a sus facultades creadoras. Comenzó a pincharse con un punzón en una de sus costillas, y a observar las muecas de dolor en un espejo. Luego, trasladó imágenes de su rostro y de los diferentes gestos, al mármol y al bronce. Su propósito, le dijo al escritor Nicolai, era representar las 64 “muecas canónicas” del rostro humano y utilizar su cabeza como plantilla de escultor. Lo más inquietante es observar siempre el mismo rostro, el de Messerschmidt, haciendo señas que delatan una mente anormal.

RESURGIR DE LA NADA

Mapas y escritos de Opicino de Canistris

       Uno de los personajes más interesantes de la galería de Kris, es Opicino de Canistris (1296-1350), nacido en Lomello, un pueblo cercano a Pavia (Italia). 
       Kris nos informa que Opicino, un teólogo, era conocido como “autor de dos opúsculos y un volumen con dibujos extraordinariamente grandes y abundantes en comentarios escritos”. No fue “eminente como teólogo, ni como escritor o pintor, ni desempeñó rol alguno en los asuntos políticos o en la vida artística e intelectual de su época. Su misma identidad solo pudo establecerse gracias a una combinación de circunstancias fortuitas y a la perspicacia de recientes investigaciones”. 
       Solo su enfermedad, dijo el autor, “nos permite ofrecer algo más que el esqueleto de los datos registrados en los archivos. En una serie de enormes hojas de dibujos, la mayoría de los cuales están llenos de anotaciones solo parcialmente dotadas de sentido, registró con algún detalle la historia de su vida”.
       Algunos testimonios permiten suponer que Opicino fue consciente en todo momento de la originalidad de su locura, y de lo difícil que era insertarla en su época. Es como si hubiera premeditado una combinación de circunstancias fortuitas que facilitaron a un psicoanalista del siglo veinte como Kris, el rescate de su vida y de sus trabajos.
       A partir de Halmos, sabemos que las culturas varían según el grado de anomalías que alientan o justifican. ¿Sospechaba Opicino que su locura era original y no sería aceptada por una sociedad como la del Siglo XIV, que solía orientar los delirios hacia el rescate del Santo Sepulcro? Hay datos para inferir que intentó alertar sobre su anormalidad, demostrando que era inclusive anormal para su época.
        Opicino cayó enfermo en la primavera de 1334, a los treinta y ocho años de edad. Estuvo inconsciente durante diez días. Al salir del sopor, sintió “Como si hubiera despertado de un sueño, y nacido de nuevo. Por el momento quedé mudo, paralizado de la mano derecha, y perdí, de manera milagrosa, gran parte de mi memoria para los asuntos del conocimiento”.
       En 1893, y gracias a los testimonios de Opicino, el psiquiátra Jackson calificó sus síntomas de “Afasia motora cortical, manteniendo la comprensión del lenguaje hablado, pero con la pérdida del vocabulario, imposibilidad del lenguaje espontáneo, o de repetir palabras escuchadas”. 
       Para que un ser humano acceda a coexistir con otros, necesita usar palabras o frases que aludan a partes del cuerpo, hábitos o paisajes, seleccionados por sus costumbres y miradas. Es indudable que Opicino estaba al tanto de la lujuria y de sus fetiches. Algunos de sus delirios delatan ese conocimiento. Pero como era un hombre de iglesia, decidió desviar sus delirios hacia la Santísima Trinidad. Una tarea imposible en un ser aterrado por los síntomas del pecado. 
       En sus escritos, el Espíritu Santo se transfiguró en una mujer. En esa mujer creyó encontrar a su madre. También fue acosado por los deseos de ingresar a su lecho. Acto seguido, despojó de sus vestiduras a los otros integrantes de la Trinidad, y los convirtió en miembros de su familia. 
       Los psiquiátras y psicoanalistas que examinaron sus escritos y dibujos, percibieron anomalías muy modernas. Opicino dibujó cabezas con líneas contaminantes que servían simultáneamente a varios cuerpos. Uno de los psiquiátras que estudió sus diseños creyó reconocer fantasías esquizofrénicas, caracterizadas por la condensación, el desplazamiento, la alusión, el simbolismo, y juegos con palabras y formas.
      Opicino aseguraba haber recibido de la Virgen un “doble espíritu” y la capacidad de “contemplar la verdad”. 
        Una de las razones para apartar a Opicino de otros enfermos mentales de su entorno, era su pasión por narrar experiencias personales. Eso no encuadraba en la demencia de su época. 
        Cuando Opicino cuenta su vida, dice Victoria Morse, “eso debe entenderse más como una confesión, que como una autobiografía”.
      Su obra, plagada no solo de escritos sino también de mapas, fue descubierta en el siglo veinte, y de inmediato abundaron las hipótesis entre los científicos. Unos lo calificaron de esquizofrénico, en tanto otro lo consideró “el primer cartógrafo psicótico”. 
        Pero si se lee su cronología, que Opicino elaboró en los años finales de su vida, aparece algo totalmente insólito para un ser humano de su ciclo vital, aunque fácilmente comprensible para un terapeuta de nuestra época. Opicino señala el 24 de marzo de 1296 como la fecha de su nacimiento, y añade estas palabras: “Concepción en la iniquidad de un matrimonio legítimo”, esto es, el día en que sus padres copularon para engendrarlo. Luego, “24 de diciembre: nacimiento en el pecado, en (la población de) Lomello”. 
“Año 1302. En este año, Cristo el Señor fue exhibido ante mí. Había sido crucificado por mi abuela”. 
“Año 1305. Fines de abril. He sido incapaz de resistir los vicios de los niños.
“Año 1311. Primero de junio. Ahora que mi edad va aumentando, también lo hace mi perversidad. Estoy encadenado por muchos vicios”. 
“Año 1316: Junio. Sigo luchando con la carne. En muchas ocasiones fue conquistado con mi propio consentimiento”. 
       Ese tipo de confesiones son muy raras en la Edad Media. Pero es obvio que atrajeron la atención de muchos profesionales de la salud en el siglo veinte. 
       En sus últimos años, Opicino aceptó colorear su locura con apariciones milagrosas de la Virgen María y de San Eufemio. Sus dibujos perdieron el amaneramiento y la vacuidad, emblemas de la esquizofrenia.
       Sucumbió en el hospicio, en plena epidemia de la peste negra. Su muerte fue otro tributo a la psiquiatría que lo recibiría con los brazos abiertos siglos más tarde. Los síntomas indicaron que falleció de un infarto al miocardio. Sufría además de arterioesclerosis, y le hallaron un tumor benigno en el páncreas. En momentos en que la medicina toleraba solo dolencias que trascendían un solo cuerpo y maculaban a millares de seres, Opicino arrinconó en su organismo enfermedades intransmisibles. Otro alerta para las generaciones futuras.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Hansel y Gretel en la segunda guerra mundial. Escribiendo desde la prohibición


Mario Szichman



El  novelista argentino David Viñas me galardonó en cierta ocasión diciendo que mi narrativa se apoyaba “en un rasgo mayor: su insolencia”. Con esas palabras de uno de mis dos mentores, el otro fue el novelista colombiano Álvaro Cepeda Samudio, inicié mi carrera de escribidor. (Como nota al margen: lean La Casa Grande, de Cepeda Samudio. Revisen una y otra vez su primera parte, el diálogo de dos soldados que se dirigen a fusilar huelguistas. No conozco nada similar en la ficción latinoamericana).
Mis comienzos estuvieron repletos de altibajos. La influencia de Roberto Arlt fue buena en un nivel. Arlt era un gran creador de personajes. Los personajes de su novela Los siete locos son ya clásicos de la narrativa argentina. Pero la escritura de Arlt no era prolija. Él mismo lo reconoció: “Se dice de mí que escribo mal”, indicó en su prólogo a Los lanzallamas. “Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias”.
Yo tenía otro problema: durante algunas décadas viví muy exasperado. No precisamente con mi condición de judío, pues nunca me avergoncé de serlo. Mi exasperación era con los judíos que recordaban exclusivamente su pasado de víctimas.
Siempre me negué a bautizar como Holocausto la matanza de seis millones de judíos por parte de los nazis. No fue un holocausto —la entrega de corderos para el sacrificio, como ofrenda a la humanidad—. No, fue pura y simplemente una masacre. Y los judíos no estuvieron solos. También fueron asesinados gitanos, rusos, polacos, además de toda clase de undermenschn,  enfermos o psicóticos que no cuadraban con el ideal de los arios, miembros de una supuesta raza superior anhelosos por conquistar el mundo.
Hace poco concluí una novela, otra vez a cuatro manos, otra vez con la profesora Carmen Virginia Carrillo del otro lado de la pantalla. Es una novela de la cual me siento muy orgulloso porque pude trascender el campo de la víctima y me concentré en los nokmim, los vengadores judíos que a fines de la segunda guerra mundial decidieron escarmentar a algunos nazis, forjando asesinatos que simulaban ser accidentes.
En un momento de la novela, mi protagonista, que trabaja en un servicio de inteligencia, le dice a su jefe, “Estoy harto de retorcerme las manos de sufrimiento. Hace tres mil años que nos estamos retorciendo las manos de sufrimiento”.
Crecí en una familia de judíos polacos que llegaron a la Argentina entre 1930 y 1933. En 1933, el ministro de Relaciones Exteriores de la República Argentina, Carlos Saavedra Lamas, ordenó cerrar las puertas de la inmigración, diciendo que el país “necesita inmigrantes, no refugiados”. Muchas familias como la mía no pudieron sacar a otros miembros radicados en Europa oriental. Eso cambió la ecuación en nutridas comunidades. Ninguno de aquellos a quienes bloquearon la posibilidad de huir a la Argentina sobrevivieron a la ocupación nazi de Polonia.
Muchos de los familiares de esos seres varados para siempre en sus países, y que terminaron en hornos crematorios, o en gigantescas fosas comunes, tendieron un manto de silencio sobre lo ocurrido. Al menos eso ocurrió en el seno de mi extendida familia. Sus miembros se negaban a ofrecer su opinión sobre lo ocurrido. No deseaban recordar su vida en Europa. No se trataba siquiera de un borrón y cuenta nueva. Era la absoluta imposibilidad de evocar el pasado. El único recuerdo que me ofreció mi padre fue éste: Un día fue a nadar a un río, y estuvo a punto de ahogarse. Su padre se limitó a comentar: “Fue una suerte que no te ahogaras. Yo no tenía plata para comprarte el ataúd”.

¿DESDE DONDE SE ESCRIBE?

Creo que escribimos desde la prohibición. Basta que alguien nos impida una búsqueda, para que de manera irresistible intentemos descubrir el secreto. Sin nuestra indagación sobre qué clase de fruta del bien y del mal consumieron Adán y Eva, ayudados por la inestimable colaboración de la serpiente, no existiría historia. Y todas mis novelas sobre tema judío tienen como origen la prohibición. Puede ser la del incesto, o la de acceder a algún tipo de conocimiento vedado. En mi caso, averiguar qué ocurrió con los familiares que murieron en Europa.
Afortunadamente, en las dos o tres últimas décadas, excelentes novelistas han alzado la cortina sobre el genocidio nazi. Y entre ellos figura Louise Murphy, autora de The True Story of Hansel And Gretel.

Louise Murphy   

Murphy conoce bien la terrible crueldad de los cuentos para niños. Creo que la mayoría deberían ser prohibidos no solo para menores, sino también para adultos de todas las edades. Recuerdo cómo me aterrorizó siendo niño el filme “Si muriese antes de despertar”, (If I Should Die Before I Wake), basado en un relato de Cornell Woolrich. Es la historia de un alumno de primaria, muy imaginativo. Una de sus compañeras de aula desaparece un día, luego que un extraño le ofrece golosinas, y le propone ir a su casa. Leí el cuento hace poco. Y el terror regresó, intacto.
La novelista emplaza a los hermanos Hansel y Gretel en Polonia, en los meses más álgidos de la segunda guerra mundial. Los niños han sido abandonados por sus padres, pues dificultaban su escape.


Más allá de la famosa treta de Hansel y Gretel: distribuir mendrugos de pan a lo largo de su ruta, a fin de encontrar el camino de regreso, y del hallazgo de Magda, una bruja transfigurada, que protege a los niños y los integra como parte de su familia, hay escasos elementos vinculados con el cuento de los hermanos Grimm. La aptitud de Murphy ha sido adaptarlo y expandirlo a la dimensión de una aldea y de varios de sus habitantes.

Los protagonistas son judíos polacos, que tienen como enemigos centrales a los nazis, y como enemigos secundarios a los polacos. El padre de los niños, un intelectual rebautizado El Mecánico, pues sabe reparar vehículos y también armas, decide, con su segunda esposa, “rebautizar” a sus hijos con los nombres de Hansel y Gretel. Luego les ordena que olviden su identidad, y los envía al bosque, para que esquiven simultáneamente a sus perseguidores alemanes, y a los soldados rusos que avanzan en el crudo invierno de 1943.
Los niños son adoptados por la “bruja” Magda, en realidad, una bruja buena, y la novela comienza a ampliarse con una serie de personajes. Entre ellos figura Nelka, una mujer embarazada, Telek, un partisano que está rendidamente enamorado de ella, el hermano de Magda, un sacerdote pecador acuñado en el molde del protagonista de El poder y la gloria, y que se redime con su sacrificio, y el alcalde alemán Frankel. Las principales tareas del alcalde consisten en vigorizarse con la transfusión de sangre de mujeres polacas, y en organizar la inspección de niños para “asimilarlos en el seno del pueblo alemán”.
Conociendo el trasfondo de esa asimilación, organizada por el médico nazi Josef Mengele para crear una nueva raza de superhombres, la resistencia polaca decide causar mutilaciones en los niños polacos más rubios y más bellos, a fin de impedir que se conviertan en objetos de experimentación.
La tarea de Murphy es combinar la insoportable realidad de una nación invadida por los nazis con la superstición, y la literatura comunal, que abreva en la tradición y en los rumores.  Hay una persistente leyenda, que aflora entre guerras. En un pueblo, las mujeres comienzan a quedarse sin maridos. Los hombres desaparecen sin dejar huellas. ¿Qué ha ocurrido? Se barajan toda clase de hipótesis. Pero hay al menos una certeza: a partir de ese momento, las mujeres, lejos de sufrir con esas ausencias, parecen muy felices.
Algunos críticos han cuestionado el consolador final de la novela. Discrepo de ello.
De todas maneras, para llegar a ese final, los protagonistas han debido arrostrar terribles peripecias, descriptas por Murphy con precisión, y sin retorcerse las manos de sufrimiento.
Después de todo, como decía Ansen Dibell, la autora de Plot ¿por qué los finales trágicos son superiores a los finales felices? ¿Acaso la desventura es superior a la esperanza?




sábado, 5 de agosto de 2017

Los bosques de Potemkin y la generación de la maleza


Mario Szichman

Nikita Krschev


Los rusos nunca inventaron la rueda. Tuvieron genios de la literatura, como León Tolstoi, y Fiodor Dostoievski, y un temible físiólogo como Ivan Pavlov, quien hizo importantes hallazgos sobre el reflejo condicionado.  Pavlov descubrió que sus perros de experimentación comenzaban a salivar cada vez que entraba en la perrera. Inclusive cuando no les traía comida. José Stalin aprovechó el experimento en su beneficio. Los torturadores de la Ojrana usaban el electroshock en sus sujetos de experimentación —en nuestros países, el artefacto ha sido bautizado como picana eléctrica—, su propósito es extraer información de prisioneros políticos. No hace salivar a los detenidos, sino confesar, aunque no siempre la verdad. Lo único que desea la víctima es el cese de la tortura. En cierto modo, es un método pavloviano.
Existe en cambio un invento genuinamente ruso que explotaron con gran eficacia nuestros populistas: los bosques o aldeas de Potemkin, un elemento esencial en toda autocracia o dictadura. Se trata de parapetos de bosques o construcciones destinadas a engañar a otras personas haciéndoles creer que lo exhibido es superior a toda realidad concreta.
En 1787, la emperatriz Catalina de Rusia viajó a Crimea. Su favorito, Grigory Potemkin, ordenó construir una aldea portátil en las orillas del río Dnieper. Otros dicen que Potemkin exigió flanquear ambos extremos de un camino de tierra con árboles plantados a último momento. Lo cierto es que el carruaje de la emperatriz transitó entre esas hileras de árboles, detrás de los cuales había el simulacro de viviendas muy moderna. Catalina pudo verificar que la madrecita Rusia estaba prosperando de manera increíble, y eso debe haber llevado a Potemkin a pensar en nuevos ardides, y en nuevos decorados.

EL BOSQUE DE POTEMKIN QUE NO FUE

En el verano de 1961, el primer ministro de la Unión Soviética, Nikita Kruschev, visitó Estados Unidos, y pronunció en las Naciones Unidas su famoso discurso anunciando que su vasta nación pensaba “enterrar” al capitalismo, mientras reforzaba sus palabras golpeando con su zapato en el podio. En esa ocasión, Kruschev tuvo la sospecha de que los norteamericanos estaban empleando la fórmula de los bosques de Potemkin en su contra.
En su libro Inside Argentina, from Perón to Menem [i] el abogado Laurence W. Levine, experto en comercio internacional, narró que durante la visita de Kruschev, fue invitado a una recepción en la embajada soviética situada en Nueva York, en la esquina de la calle 68 con Park Avenue. El abogado llegó a la hora señalada para la reunión, cerca de las siete de la noche. Había centenares de invitados. Pero Kruschev estaba ausente. Llegó finalmente pasadas las nueve de la noche, sudado y muy irritado. ¿Qué había ocurrido? Levine era amigo de Alexander Troianofsky, uno de los traductores de Kruschev, quien le explicó el problema.
El premier había viajado con su comitiva a Lloyd´s Harbor, una ciudad playera en Long Island, donde había una residencia veraniega destinada a los embajadores soviéticos. Era una jornada de mucho calor, y el séquito quedó atascado en un inmenso tráfico. Kruschev le dijo a Troianofsky que el embotellamiento seguramente había sido organizado por el departamento de Estado. La intención de los norteamericanos era hacer creer a los soviéticos que en Estados Unidos abundaban los vehículos, un símbolo de prosperidad.
“¡No pueden existir tantos automóviles en Nueva York!” dijo Kruschev. “Estos americanos quieren hacerme creer que sus ciudadanos son tan ricos que cualquiera puede ser dueño de un vehículo”. 
Cuando el embajador soviético intentó explicarle a Kruschev que los estadounidenses, sin importar si eran ricos o pobres, estaban en condiciones de poseer un automóvil, creció la ira del primer ministro soviético y se propuso a demostrar a su embajador que el departamento de Estado intentaba engañarlo con sus triquiñuelas. Bueno, ese fraude sería puesto en evidencia. Después de todo, los bosques de Potemkin eran originarios de su país.
Kruschev decidió esperar unas horas en Lloyd´s Harbor. El primer ministro estaba seguro de que todos los vehículos enviados por el departamento de Estado a las autopistas de Long Island para congestionar el tráfico retornarían a sus garajes una vez pasada la hora en que su comitiva debía regresar a Nueva York. La autopista se vaciaría de vehículos, y Kruschev revelaría esa estafa al mundo.
Sin embargo, a medida que pasaban las horas, la circulación de vehículos aumentaba en lugar de disminuir. Cuando Kruschev ordenó finalmente el regreso, el viaje, que habría demorado normalmente algo más de una hora, se prolongó casi tres. El primer ministro debió admitir que el tráfico había sido real, y decidió callarse la boca. Era mejor hablar de la discriminación contra los negros.

POTEMKIN EN AMÉRICA LATINA



Durante los años del chavismo, primero, con Hugo Chávez, luego con Nicolás Maduro Moros, proliferaron los bosques de Potemkin. No hay populismo autocrático sin grandilocuencia o gigantismo. Nada puede hacerse a escala humana.
Chávez intentó algo similar en Venezuela usando como motores de ese pantagruélico progreso a la empresa brasileña Odebrecht. Un titular de The Wall Street Journal señaló que “Hugo Chávez contrató a Odebrecht para construir grandes proyectos que costaron miles de millones de dólares. La mayoría continúan congelados”[1] o han sido abandonados.
Odebrecht se convirtió para Chávez en el principal contratista de obras de infraestructura con la ayuda de su aliado y amigo, el expresidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva[ii].
La Venezuela chavista se trocó en el mercado latinoamericano más grande de Odebrecht fuera de Brasil. Una de sus divisiones informaba directamente a su CEO, Marcelo Odebrecht, otra presunta víctima de la maledicencia pública, como Pablo Escobar en Colombia, o John Gotti, The Dapper Don, en Nueva York. El señor Odebrecht cumple ahora una condena a 19 años de cárcel por corrupción, lavado de dinero y conspiración.

LA IMAGINACIÓN AGROMEGÁLICA


Eva y Juan Domingo Perón
Sin embargo, en el territorio de la exageración, nadie superó al presidente argentino Juan Domingo Perón, quien urdió la idea de la Argentina Potencia.
Por alguna razón, todos los autócratas necesitan apelar a un Viagra político. Perón favoreció, además, un culto a la personalidad que tuvo como ejes centrales su figura, y la de su esposa, Eva Duarte de Perón. (El lema era “Perón cumple, Evita dignifica”).
El temperamento de Perón era cautivante, y sus discursos bien articulados. Un amigo mío fotógrafo, que trabajó para algunos estudios cinematográficos de la década del cuarenta, como Argentina Sono Film, me contó que en cierta ocasión Perón, ya en esa época Secretario de Trabajo y Previsión, fue al estudio a buscar a una amiga, la entonces María Eva Duarte, una actriz joven que empezaba a adquirir fama en el cine nacional.
Mientras preparaban una escena para filmar, Perón observó que un electricista se había subido a una escalera e intentaba instalar un foco de alto voltaje. De inmediato Perón se dirigió a la escalera y la aferró con ambas manos, para que el electricista trabajara sin riesgos. El fotógrafo, un antiperonista convencido, debió reconocer que Perón era un personaje con gran calidez humana. “No creo que lo hiciera para complacer a la galería”, me dijo. “Así era Perón, aún entre bastidores”. 
Por supuesto, ese era uno de los numerosos rostros de Perón. Había otro, más explícito: necesitaba rodearse de obsecuentes, el rasgo que más lo acerca a Chávez. Es imposible averiguar si las motivaciones eran similares. Es obvio que Chávez necesitaba que lo quisieran y le acariciaran la cabeza. La manera en que subsidió la economía de otros países muestra a un hombre desesperado por conquistar cariño a punta de realazos.
En cambio, el gobierno de Perón nunca le regaló nada a nadie. La Argentina, el país de las vacas y del trigo, aprovisionó a muchos países que emergían de la devastación causada por la segunda guerra mundial, pero sus autoridades no eran tíos regalones y lograron llenar las arcas del Banco Central vendiendo productos agropecuarios a gobiernos que habían quedado en la lona. A veces, exigían el pago al riguroso contado.
Mi conjetura es que Chávez necesitaba obsecuentes tanto por razones políticas como sentimentales. Perón, en cambio, lo hacía por motivos rigurosamente políticos.
Muchos de los obsecuentes de Chávez eran sus panas. Todos los obsecuentes de Perón eran seres a los que despreciaba. Basta ver el caso de Héctor Cámpora, quien fue presidente de la Cámara de Diputados durante su primer gobierno, y presidente de la Argentina durante 49 días, en 1973. Dicen que en cierta ocasión Eva Perón le preguntó a Cámpora la hora, y el funcionario le respondió: “La hora que usted ordene, señora”. (Al menos en una ocasión, tanto Perón como Chávez recompensaron la obsecuencia. Lo demuestra el ascenso –efímero—de Cámpora al poder y la designación de Nicolás Maduro como sucesor del líder de la Revolución Bolivariana).

LA HISTORIA SE REPITE

Hace ya un tiempo, la revista The Economist publicó un interesante trabajo: The Tragedy of Argentina, A century of decline. Antes de mencionar la decadencia argentina, se hacía alusión en el artículo a esa angustia cotidiana que padece la clase media para cambiar pesos por dólares.
La esquizofrenia de vivir en pesos y soñar en dólares no es de ahora. Al menos, en mi infancia ya se hablaba de la necesidad de comprar dólares, u oro, o propiedades, o neveras, cualquier cosa que ayudara a enfrentar el tóxico avance de la inflación. Lo mismo ocurre ahora en Venezuela.  
Por cierto, una vez que una enfermedad mental se afinca en la economía, va extendiendo sus tentáculos en todas direcciones. Eso se observa en la idea que el ciudadano tiene de su país. Existe la Argentina que llegó rica al centenario de su independencia, y la Argentina hundida en la crisis económica que saludó su bicentenario.
El ensayo de The Economist ofrece buenas cifras para comparar. En 1908 fue inaugurado el Teatro Colón de Buenos Aires, uno de los grandes centros de la música clásica universal. Muchos lo comparan con la Scala de Milán, o con la Ópera de París. En 1915, fue finalizada la construcción de la estación ferroviaria de Retiro, también, un monumento arquitectónico en su momento.
A comienzos del siglo veinte, Argentina era uno de los diez países más ricos del mundo. Se cotejaba con Gran Bretaña, Australia, Estados Unidos, y tenía mejor situación económica que Francia, Alemania e Italia. A comienzos del siglo veintiuno, Venezuela era el país más próspero de América del Sur. 
Perón trazó entre 1946 y 1955 los cimientos de la Argentina moderna, y sentó al mismo tiempo las bases de su decadencia. Tal vez no fue el principal responsable de su declinación. Ya en 1910, al cumplirse el primer aniversario de la Revolución de Mayo, el político francés George Clemenceau enunció que la Argentina era tan rica que ningún gobierno, por más ladrón que fuera, podía destruirla. Sin embargo, la Nueva Argentina de Perón terminó en lo que es hoy, un país desbalanceado, desestructurado. Al comienzo de cada década, se vislumbra un horizonte de grandeza, y en el sprint final, empiezan a recogerse los platos rotos. En las elecciones de 1989, por primera vez en más de 60 años, un presidente civil pudo transferir el poder a otro presidente electo.  
Luego de la dictadura más feroz que se padeció en América Latina, donde entre 9.000 y 30.000 personas desaparecieron de la faz de la tierra, surgieron gobiernos civiles, pero el fiel de la balanza se inclinó hacia el populismo peronista, tras algunos desastrosos gobiernos liderados por el partido Radical.
En ese lapso, después de algunos años de vacas gordas –favorecidos por el hecho de que parte de los ahorros de los argentinos fueron enclaustrados en el secuestro de fondos bancarios denominado “el corralito”– cambió el viento, se agudizaron los problemas económicos y la Argentina incurrió en otro default técnico en el 2014. (Había sufrido un default de verdad a comienzos de 2002).

DISTANCIAS Y ENIGMAS

¿Cuánto más se puede narrar desde un país cuando ya no se vive en él? En realidad, buena parte de la literatura consta de novelas escritas por seres que nunca vivieron en los lugares que describen, ya sea por los años en que transcurren esos relatos, o por su geografía. Sin llegar a los extremos de Edgar Rice Burroughs o de Ray Bradbury, que escribieron sobre Marte sin haberlo visitado, o de Jonathan Swift, que gracias a Los viajes de Gulliver nos permitió recorrer comarcas inexistentes, el territorio de la narrativa tiene muy poco que ver con la realidad. Y a medida que pasan los años, y se decantan experiencias, inclusive los relatos se van despegando de su tierra nutricia, se hacen progresivamente estilizados, el interés altera su enfoque. 
Me ocurrió justamente con la segunda versión de Los judíos del Mar Dulce, separada de la primera versión por una distancia de cuatro décadas, y por la cercanía virtual de su editora, la profesora Carmen Virginia Carrillo. Sentí un gran disgusto por la primera versión.
En la copia original quise contar demasiadas cosas. El lector quedó abrumado con tantos personajes, y tantas situaciones entreveradas. La profesora Carrillo no solo consiguió recuperar la trama, y quitarle el desorden y la profusión, sino que me permitió visualizar un esqueleto, aquello que resultaba esencial. 

LOS CAMINOS NO FRANQUEADOS

A lo largo de los años, he desechado varios caminos narrativos, pero hay uno que me resulta primordial: la sátira, ya se trate de Cándido de Voltaire, o de El tambor de hojalata, de Günter Grass, o de El buen soldado Schweik, de Jaroslav Hasek, o de Catch-22 de Joseph Heller.
La sátira permite crear héroes de seres cotidianos, y al mismo tiempo, lanza devastadores dardos contra el poder. Cuando mi editora en jefe me descubrió la verdadera trama de Los judíos del Mar Dulce, todo cambió para mejor. La nueva tesis de la novela era ésta: en la década de 1945 a 1955, la Argentina vivió en la isla de la fantasía. Contaba con muchos datos para demostrarlo, como el monumentalismo, o la intención de usar la energía atómica (obviamente con fines pacíficos). 
Los ideólogos del peronismo consideraban que la pujanza del gobierno debía reflejarse en su arquitectura. Ramón Asís, un ingeniero civil que era considerado en círculos locales como más grande que Frank Lloyd Wright, propuso una arquitectura simbólica justicialista, repleta de esculturas funcionales, donde cada parte anatómica de un edificio, desde la coronilla hasta los pies, debía cumplir una función útil. Nunca se aclaró, sin embargo, si también se exhibirían las partes pudendas, o serían cubiertas con una hoja de parra.
Y después, estaba la cautivante figura del profesor austríaco Ronald Richter, quien fue contratado por el gobierno de Perón para intentar reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica. La intención de Perón, al menos manifiesta, no era usar la fusión nuclear para fabricar bombas atómicas. No, según explicaron sus seguidores, deseaba utilizar, en reemplazo de la electricidad,  la energía que acabó con Hiroshima y Nagasaki. Su método de distribución era muy interesante: la energía atómica sería conservada en recipientes similares a las botellas de leche de medio litro y de un litro. 
Intentar explicar la Argentina de los últimos 80 años, sus increíbles cimbronazos, es bastante difícil. Cada ensayista ofrece distintas razones para su retroceso. Y todos tienen motivos suficientes para justificarlo. Algunos son más dramáticos que otros, predomina el ceño fruncido. Pero la solemnidad es mala consejera, convoca al pesimismo, trae malos augurios, y por alguna razón, solo los malos augurios se cumplen. Como en el célebre cuento de Gabriel García Márquez, basta que alguien presagie alguna catástrofe en un pueblo para que el vaticinio sobrevenga antes de concluir el día. 
A la hora de elegir, es infinitamente superior la fantasía. Siempre me fascinó esa combinación de grandes proyectos y de palpables resultados propuestos durante la primera presidencia de Perón. No puedo imaginar en la vida real esa Argentina de la arquitectura simbólica justicialista o de la energía atómica literalmente embotellada. Pero sí en los comics donde aparecían Superman, y el capitán Maravillas, y Batman, y El Aguijón. 
Creo que esa fue la única época que permitió a los argentinos vivir en el realismo mágico, en la ilusión y en la potencia. Luego, el sueño se canceló. Inflación, devaluación, corridas bancarias, especulación, cepo al dólar: nada nuevo bajo el sol. Para el autor de un ensayo histórico sobre la economía peronista, ya desde el primer gobierno de Perón los justicialistas reiteraron un mismo ciclo: a pesar de etapas iniciales de crecimiento y expansión, se quedaron en la redistribución de ingresos sin modificar estructuras y acabaron recurriendo al sector agropecuario como salvavidas.

LA GENERACIÓN DE LA MALEZA

Algo similar ocurrió en la Venezuela chavista excepto por un factor, el petróleo, el “excremento del diablo” del cual hablaba el economista y ministro Juan Pablo Pérez Alfonzo. Todo lo que sea producción involucra esfuerzos. Hay que sembrar y cosechar. Hay que irrigar. Hay que planificar. Pero el petróleo es magia pura. Algunos millares de técnicos hacen brotar el crudo del subsuelo, sin excesivo esfuerzo, y lo envían a los mercados. En cambio, la gran producción agrícola ganadera de Venezuela está colapsada. Todo está colapsado en la economía de Venezuela. Y además, el crudo ha reducido su cotización a un tercio en menos de tres años.
La Argentina era a principios del siglo veinte un país cuya riqueza era tan grande que parecía imposible ser saqueada por un gobierno ladrón. Lo mismo se pensó en la República Bolivariana. La Venezuela de comienzos del siglo veintiuno arrojó su riqueza por el sumidero. Pasarán varias décadas antes que esa Venezuela pueda compararse siquiera a la Venezuela de fines del siglo diecinueve, antes del descubrimiento del petróleo que la transformó en un país moderno y condenado al despilfarro, la extravagancia, y el saqueo del erario público.
En mi novela Las dos muertes del general Simón Bolívar, el Libertador pensaba: “Somos la generación de la maleza. La Gran Colombia pronto quedará cubierta de maleza. Y mis constituciones, y mi proyecto del Congreso Anfictiónico de Panamá, todo quedará cubierto de maleza. Sólo perseverarán los bordes que trazó España, los odios regionales que recopilamos mientras fuimos gobernados por España. Cuando volvamos a sembrar la tierra, la maleza nos indicará el trazado de los cultivos que heredamos de los godos. Toda innovación quedará enterrada por la maleza. Y lo nuevo que surja será siempre un claro en la maleza, y estará propiciado por el dinero proveniente de Londres o de París, o de cualquier otra ciudad que quiera arrebatarles las malezas a los godos.
“Como en nuestros países el lujo no fue un resultado de la industria, sino que la precedió, la destrucción sucesiva mantendrá nuestra pobreza. La falta de personas industriosas ávidas por reconstruir, por engrasar la mano de funcionarios a fin de obtener concesiones, hará que nuestro futuro sea un eterno altercado entre quienes desean dejar brotar la maleza y quienes intentan abrir un claro en ella. Tras unos años de prosperidad y de la disipación de nuestras riquezas, retornará la maleza. Quienes nos reemplacen tendrán que hacer como los cruzados, construir encima de los escombros, usar los techos como cimientos, y cubrir todas las rendijas para impedir el avance de la maleza”.
A veces me he sentido tentado de escribir una novela contemporánea sobre Venezuela. Pero me resulta imposible. Escribí La trilogía de la patria boba, escribí una novela aún inédita sobre Bolívar en el Perú, previo a la batalla de Ayacucho, estoy preparando otra sobre Manuel Piar, ese gran patriota fusilado por Simón Bolívar porque le hacía sombra, y hasta me siento tentado de escribir sobre José Antonio Páez, el primer presidente de Venezuela, un personaje tan mítico como Aureliano Buendía.  Inclusive tengo el comienzo. Páez observa desde su residencia situada en la calle Veintitrés con la Quinta Avenida, el paso del cortejo fúnebre del presidente Abraham Lincoln. (Se trata de un hecho real). Pero no puedo incursionar en la Venezuela chavista. Se presta para la sátira, aunque acompañada de una tragedia tan vasta, que hace difícil combinar ambos géneros.
Mientras escribo, admito que lo hago desde el desencanto, un pueblo, un ser humano, necesitan nutrirse de heroísmo, ilusionarse con la grandeza futura. Es preferible un Rasputín a un Diosdado Cabello o a un vicepresidente como Tarek El Aisami. Lo digo sin cuestionar sus galardones, su pareja mediocridad, sus fabulosos negocios.
Ahora solo se erigen en Venezuela los bosques de Potemkin. Farsantes del gobierno y de la oposición se escudan detrás de ellos, y nunca dejan testimonio por donde agarrarlos, excepto en declaraciones por televisión, el mejor medio de la comunicación efímera.
Recuerdo las palabras de Mariano Torrente, un militar español, quien escribió un excelente trabajo sobre la independencia de la Gran Colombia. Torrente decía en su Historia de la revolución hispanoamericana: “La capital de las provincias de Venezuela, Caracas, ha sido la fragua principal de la insurrección americana. Su clima vivificador ha producido los hombres más políticos y osados, los más emprendedores y esforzados, los más viciosos é intrigantes, y los más distinguidos por el precoz desarrollo de sus facultades intelectuales. La viveza de estos naturales compite con su voluptuosidad, el genio con la travesura, el disimulo con la astucia, el vigor de su pluma con la precisión de sus conceptos, los estímulos de la gloria con la ambición de mando y la sagacidad con la malicia. Con tales elementos no es de extrañar que este país haya sido el más marcado en todos los anales de la revolución moderna”.
Torrente no era un psicólogo moderno. Escribió su ensayo en 1830. Y sin embargo, algunos de los adjetivos que aplica a los políticos caraqueños son muy significativos: “viciosos e intrigantes”, capaces de combinar “el disimulo con la astucia”,  la “sagacidad con la malicia”.
Es arduo escribir sobre la Venezuela actual. Y deprimente, pues nadie avizora una salida. Las sociedades han emergido de toda suerte de catástrofes, los judíos, del exterminio de seis millones de sus congéneres, los rusos, de guerras y tiranías que diezmaron a su población, los japoneses, de Hiroshima y Nagasaki, los armenios, de las matanzas de los turcos, los camboyanos, de un régimen absolutamente genocida.
Un ser humano necesita héroes y puede aceptar antihéroes. Abundaban en Venezuela, hasta en la generación de la maleza. Ahora, han desaparecido. Fueron reemplazados por seres anodinos, que se la pasan golpeándose el pecho, haciendo gestos altisonantes, mientras mienten por ambos costados de la boca, repiten desde hace 18 años las verdades de Perogrullo, y son incapaces de diferenciar entre la dignidad y los constantes acuerdos bajo la mesa que a nada acercan, excepto al precipicio. 
También García Márquez instaló a su general en un laberinto y demostró la imposibilidad de localizar su salida. ¿Podrá algún día Venezuela emerger de tamaño enredo?








[1] The Wall Street Journal, 4 de enero de 2017.





[i] Edwin House Publishing Inc. Ojal, California, EE.UU. 2001.

[ii] El 12 de julio de 2017, el ex presidente fue acusado de lavado de dinero y de “corrupción pasiva”, definida en las leyes penales de Brasil como recipiente de un soborno por parte de un empleado público o un funcionario del gobierno. Fue condenado a nueve años y seis meses de cárcel por el juez Sérgio Moro, pero sigue libre pendiente una apelación de su sentencia. Si la justicia confirma la decisión de Moro, Lula no podrá ser candidato en las elecciones presidenciales de 2018, tal como se proponía.