miércoles, 25 de abril de 2018

León Tolstoi y el proceso creador


Mario Szichman



     Cuando escribí mi trilogía de la patria boba, revisé muchas biografías, especialmente de Francisco de Miranda y de Simón Bolívar. Sigo pensando que sobresalen las escritas por William S. Robertson, en el caso de Miranda, y las de Salvador de Madariaga e Indalecio Liévano Aguirre cuando se trata de Bolívar. Sin embargo, el motor de los relatos, la percepción de los personajes está dado por el libro Tolstoy and the Genesis of War and Peace, de Kathryn Beliveau Feuer (Cornell University Press, Ithaca, 1996).
     ¿Qué tienen que ver los personajes de la novela de Tolstoi con aquellos que participaron en la gesta libertadora de la Gran Colombia? Prácticamente nada. Ni siquiera coinciden la geografía, o su pasado. Solo comparten la cronología.
     Napoleón Bonaparte invadió Rusia en junio de 1812. La guerra patriótica comenzó en la Gran Colombia por la misma época. Pero, más allá de discrepancias culturales, históricas, políticas, de lenguaje, de costumbres, de mitos, el ser humano se guía por similares pasiones. Todavía las palabras del judío Shylock en El mercader de Venecia, resuenan con la misma veracidad que cuando Shakespeare las puso en el papel:

¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, no es herido por las mismas armas, no está sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos?, Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?

     Mis personajes, nacidos en Caracas, en Apure, o en Bogotá, o inclusive en diferentes pueblos de España, no necesitaban ser judíos para padecer aflicciones humanas, acceder a los buenos sentimientos, o planear terribles, excesivas venganzas cuando se sentían ultrajados. ¿Y dónde están mejor reflejados esos arrebatos que en los seres que habitan La guerra y la paz?

Leon Tolstoi

     Feuer reveló cómo el proceso creador de Tolstoi avanzaba desde un simple concepto a una idea desarrollada, y luego, a la creación del personaje que podía revestirla de carne y hueso. Por ejemplo, en su cuaderno de trabajo, el novelista mencionó a Mijail Speranskii, un estadista ruso que trató de inculcar ideas liberales a Alejandro Primero, el absolutista zar de todas las Rusias, y pagó cara su osadía, pues fue enviado al exilio.
     “Él aparece ante Speranskii, y cree que toda la sabiduría reposa en su figura”, escribió Tolstoi en uno de sus cuadernos. ¿Quién es el ser que aparece ante Speranskii y tiene tan alta opinión del personaje? En ese momento, Tolstoi lo ignoraba. Era suficiente que el estadista representara un ser valioso, noble. Recién después de muchos avatares, Tolstoi diseñó al príncipe Andrei, uno de los protagonistas de la novela y armó la escena del encuentro con Speranskii.
     Para Tolstoi, los personajes eran maleables como la arcilla. En uno de sus primeros borradores, quien mostraba éxtasis por Speranskii era Boris Zubstov, un actor menor. Luego, Tolstoi hizo algo más con Boris Zubstov: lo eliminó. “El carácter denominado Boris comenzó su complicada evolución”, señaló Feuer. Dicha evolución concluiría en la versión final con la parcelación en dos personajes: Boris Dubretskoi, por un lado, y Andrei Volkonsky por el otro. Pero en el medio, solo existía el príncipe Volkonski. Recién mucho después Tolstoi le añadiría al príncipe su hijo Andrei, quien junto con Pierre Bezujov carga sobre sus hombros el peso de la novela.
    Eso llevó a otra mutación, por simples motivos de balance narrativo. El primer Boris Dubretskoi era un “admirable y honorable joven”. El Boris definitivo está caracterizado por “la hipocresía y por una desagradable reserva”.
    Los sucesivos cambios en el temperamento de los héroes de La guerra y la paz también van reajustando sus edades –algunos se hacen más jóvenes, o devienen más importantes, o inclusive varían sus posiciones políticas. Y destaco ese aspecto porque en ocasiones, algunos protagonistas empiezan a aferrarse al autor y se convierten en una carga muy pesada que puede desbaratar el andamiaje narrativo. Tolstoi exhibía una gran flexibilidad a la hora de lidiar con hombres y mujeres. Para él lo más importante era la narración, y no dudaba un solo momento en librarse del lastre de un individuo que intentaba estorbar la trama.
    Otra “mancha temática” imposible de eludir en la novela es el mito napoleónico, el increíble ascenso de un simple teniente de artillería al rango de emperador de los franceses, no por heredar un trono, sino gracias a sus conquistas militares. Napoleón también fomentó el mito del súper héroe, capaz de conducir a la muerte a un millón de hombres, sin sobrellevar culpa alguna.
   


  Tolstoi despreciaba a Napoleón, pero por las razones equivocadas. No podía aceptar que un arribista hubiera llegado a controlar el destino de Europa. Y en algunas descripciones que hizo del gobernante francés, le resultó casi imposible ocultar su desdén. Pero, como era un narrador, no un ensayista, se vio obligado a analizar el mito y a simbolizarlo en seres humanos. Tres de sus protagonistas quedaron prendados de esa ambición napoleónica. ¿No era excesivo? ¿No era mejor mostrar los contrastes, la variedad en los sentimientos? Por lo tanto, Tolstoi despojó de la ambición napoleónica a uno de sus personajes, Fiodor–Nicolai, y la acentuó en Andrei Bolkonski, y en Pierre Bezujov, sus protagonistas y rivales a nivel intelectual y sentimental.
    Según señaló la autora de Tolstoy and the Genesis of War and Peace, el novelista continuó alterando las emociones que asignaba a cada uno de sus caracteres, así como sus sentimientos, mostrando la autoridad y al mismo tiempo la incertidumbre de un director de escena.
     Ese recurso me resultó muy útil al trabajar novelas históricas. Tanto en Las dos muertes del general Simón Bolívar como en Los años de la guerra a muerte, traspasé inquietudes de unos personajes a otros. Por ejemplo, ciertas impaciencias de Simón Bolívar terminaron atormentando las noches de Antonio Nicolás Briceño, “El Diablo” Briceño, quien redactó el primer decreto de guerra a muerte contra los españoles. A diferencia de Bolívar, que se halla atiborrado de biografías, y cuenta con un anecdotario interminable, “El Diablo” Briceño no ha sido reseñado con amplitud. Su participación en la guerra concluyó en 1813, a los 31 años de edad, cuando fue fusilado por los españoles. Y su fama, además del decreto a guerra a muerte, se basa en su plan de ofrecer ascensos militares a cambio de las cabezas segadas al enemigo (“El soldado que presentare veinte (cabezas) será ascendido a Alférez vivo y efectivo; el que presentare treinta, a Teniente, el que, cincuenta, a Capitán; etc.”), y en sus sangrientas represalias. 
      Un día ordenó apresar a dos octogenarios españoles, y envió una de sus cabezas a Bolívar, acompañada de una carta donde la primera frase estaba escrita con la sangre del asesinado, y la otra al coronel Manuel del Castillo y Rada, segundo jefe de las fuerzas de la Unión Granadina, y comandante de la caballería de Venezuela.
     Un ser humano tan especial merecía que Bolívar le donara parte de su feroz temperamento. (No existen grandes hombres a bajo precio, decía Balzac).
     Otro elemento que destaca en Tolstoi y es difícil hallar en novelistas de su época, es su desprecio por el romanticismo. No solo estaba presente el mito napoleónico a la hora de narrar, sino también la leyenda de la Revolución Francesa. Era difícil aceptar que seres de carne y hueso con terribles fallas, hubieran trastornado la historia de Europa. Solo en las últimas décadas se ha comenzado a aceptar que la mayoría de ellos eran anodinos, triviales y muy sanguinarios.
     Como señalé en un previo post, en 1867, el ensayista alemán Heinrich von Sybel, publicó su Historia de la Revolución Francesa, reseñada en The Saturday Review. (21 de marzo de 1868). Hay un párrafo de la reseña dedicado a un aspecto de la Gran Revolución que no suele ser analizado: la profunda vulgaridad de sus protagonistas. Algunos de ellos eran directamente rufianes. Y otros, que posaban como seres civilizados en sus hogares, se transformaban en monstruos de maldad al pisar la arena pública.
     Von Sybel dijo que la Gran Revolución abrió las compuertas para concretar “ocasiones de causar daños, de las cuales no existían precedentes”.  Los jefes revolucionarios no tenían grandeza, “ni para el bien ni para el mal”, señalaba von Sybel.
    Más allá de la soberbia de algunos individuos, los líderes del proceso cometieron errores y excesos propios de enfermos mentales. Muchos de los crímenes de la Gran Revolución podrían haber sido evitados, dijo von Sybel, “con un normal sentido común, y con una virtud muy ordinaria”. Lamentablemente, en ambos lados del espectro político, reinó la “insolencia, la violencia, y la codicia”. La Gran Revolución no solo abrió las compuertas para avanzar en la defensa de los derechos del hombre; también sirvió como catalizador para lucrar con la desgracia ajena. “Los seres más vulgares quedaron asombrados de su éxito” dijo el autor. Como resultado, se “multiplicaron los crímenes y los errores”. Se creó una vida pública, y otra secreta: la vida pública del heroísmo; la vida secreta del latrocinio.[i]

EL LUGAR COMÚN

     Tolstoi sabía que no hablamos, sino que somos hablados. Basta ver el comienzo de La guerra y la paz, donde un grupo de aristócratas discuten la política napoleónica en base a frases hechas. No hay un solo pensamiento original, hasta que irrumpe Pierre Bezujov, como un elefante en un bazar, y plantea premisas inquietantes, que nadie desea discutir. Además, Pierre está a punto de heredar una enorme fortuna, y algunos de sus oyentes se muestran más interesados en investigar la posibilidad de casarlo con alguna de sus hijas. Eso es de un gran narrador. En lugar de expresar grandes ideas, Tolstoi muestra el ajuar con que se disfrazan los personajes de un milieu social o su manera de enunciar pensamientos prestados.
     Otro aspecto del libro de Feuer, que ayuda mucho a entender la creación de La guerra y la paz y también a quienes desean seguir la huella de Tolstoi, es verificar que en ocasiones, la complejidad de un personaje, lejos de profundizar la narración, la hace impenetrable. En uno de sus primeros borradores Nikolai Rostov, hermano de Natasha, la gran heroína de la novela, aparece como un complejo hombre de mundo. Una de las notas de Tolstoi, dice: “El joven húsar partió de su hogar, a la luz de la luna, para encontrarse con su primera mujer”.  Feuer supone que cuando Tolstoi tomó los apuntes, Nikolai era una figura sin importancia. El escritor estaba mucho más interesado en otro personaje, Boris. Pero, a medida que avanzaba la narración, el episodio de Nikolai con la prostituta, y luego su sueño, donde se alternaban sus sentimientos de virilidad, con la culpa y el remordimiento, se convirtió en una incomodidad. El escritor descubrió que Nikolai daba para más. Podía convertirse en el amante de la princesa Maria, hermana de Andrei Volkonski, una mujer sin atractivos físicos, pero de una deslumbrante espiritualidad. Y en ese caso, para preparar la transformación de Nikolai, era ineludible despojarlo de su complejidad. Un hombre mundano no podía ser el compañero de la princesa María, se requería un hombre que compartiera su candor. Tolstoi no era un mojigato, pero como gran narrador, era leal con sus lectores. Y los lectores podrían disgustarse con un personaje que no fuese de una sola pieza. Por lo tanto, Tolstoi despojó a Nikolai de toda experiencia sexual. “Y aunque no poseía las cualidades espirituales de la princesa María, podía ser un esposo adecuado para ella, debido a su inocencia y sinceridad”, señaló Feuer.
     El libro de Feuer es excepcional en el territorio de la crítica literaria. Es de lamentar que cuenta con escasos equivalentes. Me imagino que, de haber contado con un volumen parecido explicando la “cocina literaria” de Dostoievski en Crimen y Castigo, o en Los Poseídos, ese texto hubiera cumplido el mismo propósito a la hora de narrar al Libertador o Francisco de Miranda desde la primera persona, o al describir la guerra a muerte desde la tercera persona. La narrativa muy difícilmente sea creada desde la nada. Demasiadas memorias de los muertos pesan sobre la imaginación de los vivos, desde anécdotas, fábulas y leyendas, hasta mitos que cada cultura hace florecer. El germen siempre está presente, las ideas abundan. Lo más difícil no es la construcción de un texto, sino su ensamblaje. Tolstoi dejó numerosos testimonios de su creación. Y Feuer realizó un eximio trabajo mostrando las líneas seguidas por el narrador, para culminar en esa incomparable novela.
     Es raro encontrar ensayos literarios donde se exterioriza, con tanta nitidez, no solo la obra en sus diferentes progresos, sino también el atajo, la manera de eludir evitables errores. Gracias a todos los tropiezos que encontró Tolstoi en su camino, y que Feuer logró detectar, la tarea del creador puede llegar a ser más fructífera. Por supuesto, es imposible resolver qué método es el mejor para escribir. Pero un libro como el de Feuer demuestra que conviene construir una vivienda a partir de los cimientos, nunca desde el techo.




[i] “Mientras la humanidad siga otorgando más aplausos a sus destructores que a sus benefactores, la sed de gloria militar será siempre la depravación de sus personajes más enardecidos”. Edward Gibbon. History of the Decline and Fall of the Roman Empire.

sábado, 21 de abril de 2018

España: el canon de la infidelidad


Mario Szichman



    
Hay un libro que atesoro de manera peculiar: Napoleon and the Birth of Modern Spain, de Gabriel H. Lovett. Está subrayado con lápiz amarillo, y con tinta roja y verde. Los márgenes están poblados de asteriscos, signos de admiración, y comentarios. El día que me decida a escribir una novela sobre la España de la invasión napoleónica, me bastará con el libro de Lovett.
Dudo que exista otro libro que aluda a la España de esa época con la misma calidad, excepto por El Cádiz de las Cortes, de Ramón Solís, una maravilla no solo por la información, sino por la calidad de su prosa.
Lovett explica con sencillez el laberinto de instituciones que reglamentaban –¿o siguen reglamentando?– la vida de los españoles desde la cuna hasta la tumba, y también en el más allá. Basta analizar la famosa “sucesión”, una ordalía que abarcaba varias generaciones de herederos ansiosos por cobrar un legado.
Y no olvidemos los fueros. La iglesia tenía su fuero, así como los militares, los artilleros, los ingenieros, la milicia provincial, los marineros, los extranjeros, los servidores del rey, y los empleados del Tesoro.
“Hasta los criadores de caballos tenían su jurisdicción especial”, dice Lovett. “Y a cada rato, los conflictos podían paralizar la tarea de la justicia”.
     No causa, por lo tanto, extrañeza que la institución del ménage à trois también estuviese reglamentada. Por supuesto, nadie consideraba la institución del cortejo una pasión a espaldas del marido, pero a los fines de la satisfacción de la carne, ciertamente lo era.

LA SEXUALIDAD CORTESANA

El cortejo, una institución importada de Italia, estaba representado por un galán que, con la aprobación del marido, se pasaba la mayor parte del día mariposeando en torno a la esposa. Según decían las buenas lenguas, se trataba de una amistad platónica. El cortejo, masculino, disfrutaba de doctos diálogos con la coqueta.  Se aseguraba que hasta ahí llegaba la amistad. Pero, según las malas lenguas, las cosas eran bastante diferentes. En su Alma castellana, Azorín cita esta copla:


                            Una mujer todo el día
                            solita con su cortejo,
                            metida en su gabinete,
                            consultándose al espejo,
                            ¿estarán los dos rezando,
                            o tratando de su entierro?

  
   En su libro “Usos amorosos del dieciocho en España” la novelista y ensayista Carmen Martín Gaite dice que la costumbre del cortejo tenía sus reglas del juego. El galán visitaba a la dama todos los días, con el marido presente, pronunciaba una serie de primores, y le ofrecía atenciones “tan rígidas y obligatorias que perdían su inicial matiz de pasión”. Finalmente, todo quedaba sometido a “códigos tan tediosos y estrictos como el matrimonio de esos tiempos, aun cuando sus principios parecían más atractivos".
En su “Óptica del cortejo”, Manuel Antonio Ramírez y Góngora se burlaba de los requisitos que una dama reclamaba a su potencial y casto enamorado. El galán se comprometía a no conversar con otra dama, ni siquiera en su ausencia, y debía arribar en la mañana para tomar una taza de chocolate y tal vez sujetarle los ganchos del corsé. En la tarde, la escoltaba para dar un paseo, proporcionarle “las flores más exquisitas de la temporada, y enviarle toda clase de chucherías con el propósito de engalanarla”.

LOS ALMÍBARES DE LA PASIÓN

En realidad, parecía existir más intimidad entre el cortejo y la dama, que entre ella y su marido. No se descartaba que el cortejo le sirviera la taza de chocolate o de café en la cama, o que la despertara con dulzura. Podía permanecer en el dormitorio, aunque la criada no estuviese presente, y ayudarla en su tocador, abasteciéndola de cosméticos y ofreciéndole su opinión sobre el efecto que producía en su rostro. También la acompañaba a la iglesia, y al teatro.
Gaite dice que el cronista Constantino Roncaglia, al aludir a los cicisbeos italianos, precursores de los cortejantes españoles, menciona este comentario de un marido genovés: “Estamos muy ocupados, en tanto nuestras esposas no parecen bastante atareadas. Por lo tanto, necesitan un acompañante, ya se trate de un perro, un mono, o un galán”. Al parecer, la mayoría de las damas de alcurnia, cuando llegaba la hora de elegir, se libraban de los perros y de los monos.
José Clavijo y Fajardo, un periodista y escritor español del siglo dieciocho, no parecía comer cuentos con la relación entre una esposa y su cortejo. Aunque decía ignorar lo que ocurría en la alcoba durante esos encuentros, Azorín le seguía el hilo de su pensamiento y expresaba: “Tal vez resuelvan arduos y trascendentales problemas de la vida”. Luego añadía: “Los maridos no son celosos, por no parecer ridículos; sus mujeres faltarían a las prescripciones de la moda si no tuvieran un amante que las acompañara en todas partes, en casa, en el paseo, en las tiendas, en el teatro, en las visitas, en la alcoba”.

EL ASESINATO, COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES


Capricho de Goya        

Por supuesto, entre tanto mentecato, galán insípido, marido complaciente y coqueta gazmoña, de repente estallaba un crimen pasional. El más famoso de ellos fue el de una mujer que conspiró con su cortejo para asesinar a su marido.
La víctima era un comerciante madrileño, Francisco de Castillo, la pecadora, María Vicenta Mendieta, de 32 años de edad, y el amante, su primo, Santiago San Juan, de 24 años de edad.
El crimen ocurrió el 9 de diciembre de 1797. Y como se lee en la sentencia, “Se impuso la pena de garrote a los dos reos doña María Vicenta de Mendieta y don Santiago San Juan, que sufrieron uno en frente de otro en la plaza mayor de Madrid”. La fecha de ejecución fue el 23 de abril de 1798.
No solo fue un asesinato que hizo época; además, Goya lo inmortalizó en uno de sus Caprichos.

Gaspar Melchor de Jovellanos         

El pintor era amigo del ministro de Justicia de esa época, Gaspar Melchor de Jovellanos, y del fiscal de la causa, Juan Meléndez Valdés. Según el crítico Robert Hughes, aunque Goya posiblemente no asistió al juicio, sus amigos le proporcionaron las actas del proceso.
¿Visitó el pintor a María Vicenta Mendieta en la cárcel? Se ignora. Pero en el Capricho 32, bajo el título “Porque fue sensible”, aparece una mujer sumida en la más absoluta desolación, y con signos de que ha sido torturada. Al menos le han aplicado los “perrillos”, un instrumento de apremios ilegales.
Me fascina la historia de esos amantes, el desborde de la pasión que cuestionó la acicalada institución del cortejo. Leyendo las actas del proceso, más allá de la insoportable prosa del fiscal, hay material suficiente para imaginar un romance digno de Flaubert o de Tolstoi. El episodio es rescatado por la enorme humanidad de Goya al retratar a esa mujer con la carne maltratada. En torno a ese ménage à trois repleto de sordidez, hay una genuina historia de amor. Solo el proceso merece una novela.

    

miércoles, 18 de abril de 2018

Perpetuarse en el poder no garantiza la inmortalidad


Mario Szichman

Oliver Cromwell


¿Hay algún hombre fuerte deseoso de mejorar la condición de sus gobernados? Lo dudo. Y no porque el hombre fuerte tenga una maldad intrínseca. Puede tratarse del ser humano más bondadoso del mundo, pero el día solo tiene veinticuatro horas. Quien permanece más tiempo en el poder, más horas debe dedicar a preservar su cuerpo de las horcas enemigas. La historia de la Revolución Mexicana está repleta de caudillos que del llano pasaron a la tumba, tras un corto interregno donde creyeron que eran inmunes a las balas.
Los caudillos son premeditados filósofos del pesimismo. Están convencidos de la imposibilidad de mejorar la especie humana en pocos años. Si nuestra especie prospera, es a lo largo de los siglos, aunque su colapso suele requerir apenas una generación, como lo verificaron Adolf Hitler, José Stalin y una pléyade de salvadores de la patria.
Es fastidioso instalarse en la cima del poder. La soledad está plagada de cortesanos. A los poderosos les aburren y molestan las críticas.  Son niños que exigen constantes caricias en su cabeza. Y la inevitable alternativa son los lisonjeros, seres bastante aburridos.
Controlar un gobierno por encima del tiempo estipulado debe ser una de las tareas más monótonas y arduas del mundo, pero ayuda bastante si se cuenta con otros miembros de la familia.

EL LORD PROTECTOR DE INGLATERRA

Una de las figuras más famosas de la política inglesa fue Oliver Cromwell (1599–1658). Después de la decapitación del rey Carlos I, se convirtió en Lord Protector de Inglaterra, Escocia e Irlanda, aunque a nivel personal, nunca encontró la protección adecuada. Cromwell vivía aterrado. Cada día lo acosaba la pesadilla de ser asesinado. Dicen que dormía con dos pistolas bajo su almohada.  Solía cambiar de domicilio con gran frecuencia.
Aunque murió en su cama, la inmortalidad lo alcanzó. Su hijo, Richard, lo sucedió como Lord Protector y posiblemente fue involuntario causante de su incómoda eternidad. El hijo era peor que el padre, y para completar la desdicha, carecía de influencia en el parlamento y en el ejército. Finalmente, fue destituido en 1659, meses después del fallecimiento de su progenitor. Y ahí comenzó la segunda vida, la eterna muerte de Cromwell. Ya hablaremos de ella.

EL OTOÑO DE LOS PATRIARCAS

Cuando se habla de la perpetuación del poder, no podemos descuidar América Latina, pues uno de los ingredientes más interesantes de su política es la conversión de las repúblicas en dinastías. Los lazos de sangre o conyugales suelen acabar con los preceptos democráticos.
En Cuba, Fidel Castro y Raúl Castro se turnaron en el gobierno desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Fidel fue primer ministro de Cuba desde 1959 hasta 1976; ese año pasó de primer ministro a presidente, y en el 2008 fue sustituido por Raúl.
En total, el apellido Castro ha gobernado Cuba durante 59 años, sin interrupción alguna. Es obvio que únicamente esos dos hermanos han sido capaces de gobernar la isla. Hay pocos ejemplos en la historia de tanta tenacidad para aferrarse al poder. Y aunque la Reina Victoria estuvo sentada en el trono de Inglaterra durante 64 años, reinaba, pero no gobernaba.
Cada modelo exitoso genera comparsas. Más de medio siglo en el poder despierta embeleso y el intento de rivalizar. Uno de los más fascinados con el ejemplo de Cuba fue el presidente de Venezuela Hugo Chávez Frías, otro líder indiscutible e irremplazable, quien fue reemplazado en abril de 2013 por Nicolás Maduro, tras fallecer de cáncer, a los 58 años de edad. Como era inmortal, así lo proclamaban diariamente sus corifeos de turno, le resultaba imposible concebir su propia muerte.


El apellido Chávez ha generado más lumbreras que el apellido Castro. Adán Chávez fue gobernador de Barinas y Aníbal José Chávez Frías, fue alcalde del Municipio Alberto Arvelo Torrealba, en Sabaneta, también en el estado Barinas. Asdrúbal Chávez, primo del extinto presidente, estuvo a cargo del ministerio del Poder Popular de Petróleo y Minería de Venezuela. En cuanto a María Gabriela Chávez,  hija de Hugo Chávez, detenta pese a su juventud el cargo de “embajadora alterna” en las Naciones Unidas, aunque ha asistido apenas tres veces a las sesiones del organismo internacional.

EL CESE DE LAS IMITACIONES

Si Hugo Chávez era un devoto admirador de Fidel Castro ¿Por qué no lo imitó también en la descendencia política? Varios de sus hermanos podrían haber heredado su legado. Algunos alegan que existían problemas constitucionales. Sin embargo, la manera displicente con que el chavismo maneja la Constitución y las leyes en Venezuela desmiente esa hipótesis. Es obvio que, si Chávez hubiera querido dejar otro Chávez en el Palacio de Miraflores, las normas jurídicas se hubieran estirado como un chicle para acomodar a otro portador del apellido.

LA PRESIDENCIA CONYUGAL

En la Argentina, la perpetuación de las dinastías políticas se ha dado por el lado conyugal. Juan Perón fracasó en el intento de llevar como compañera de fórmula para su segundo mandato a su esposa, Eva Duarte de Perón. Los militares se opusieron y Perón tuvo que incluir como candidato a vicepresidente a Jazmín Hortensio Quijano, quien falleció poco después. Perón asumió por segunda vez la presidencia sin la compañía de su compañero de fórmula. El cargo vacante fue ocupado por el almirante Alberto Tessaire, como resultado de nuevas elecciones, en abril de 1954.
Cuando Perón regresó a la Argentina y al poder, en 1973, consiguió imponer como vicepresidenta a su tercera esposa, María Isabel Martínez. Perón falleció el 1º de julio de 1974 e Isabel Perón lo reemplazó, hasta que en marzo de 1976, una junta militar la derrocó.
El modelo impuesto por Perón tuvo una réplica en el matrimonio de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Kirchner fue sucedido por su cónyuge. La presidenta de Argentina abandonó el cargo en el 2015, y está asediada por varios procesos penales, algo común en los países latinoamericanos, donde varios mandatarios descubren que son ex mandatarios cuando los mandan a la cárcel.

¿PARA QUÉ SUSTITUTOS?

La costumbre de los presidentes en ejercicio de reemplazarse a sí mismos en el poder se ha diseminado en América Latina como el fuego en una pradera. No solo Chávez logró su reelección, también Evo Morales en Bolivia. José Manuel Santos lo intentó en Colombia, pero una Corte Constitucional vetó sus anhelos de servir al pueblo. En Ecuador, Rafael Correa consiguió que un tribunal legalizara la relección indefinida, aunque no mordió el anzuelo, porque su país quedó endeudado en medio de una fenomenal corrupción. Ahora Correa vive en una especie de exilio dorado, y su reemplazante, Lenin Moreno, se la pasa denunciando a su ex colega por presuntos actos de latrocinio.  
Correa, como otros gobernantes de su calaña, ha demostrado que el poder pertenece a los elegidos.

VOLVIENDO A CROMWELL

Sin embargo, en todos los casos antes reseñados, y eso resulta afortunado, aquello que protege la vida no es endosado por la muerte. Y el ejemplo de Cromwell es bienvenido.
El 30 de enero de 1661, casi tres años después de su muerte, y al cumplirse el duodécimo aniversario de la ejecución de Carlos I, el cadáver del dictador fue exhumado de la Abadía de Westminster, y sometido a una ejecución póstuma. El descompuesto cadáver de Cromwell fue colgado de cadenas en Tyburn, y luego arrojado a una fosa común. Su cabeza fue emplazada en una pértiga a las puertas de Westminster Hall, la parte más antigua del Palacio de Westminster. Allí permaneció hasta 1685.
Durante los 27 años posteriores a su muerte, la cabeza de Cromwell fue exhibida por sus enemigos como un trofeo. Luego fue cambiando de manos, y, en 1814 vendida a un tal Josiah Henry Wilkinson, según nos informa Wikipedia. El ánima de Cromwell debió esperar hasta 1960 para que fuesen congregados parte de sus restos humanos en un solo lugar, el Sidney Sussex College, en Cambridge.
Quizás uno de los peores errores de Cromwell fue dejar el poder en manos de su inepto hijo.
Cromwell, un convencido líder republicano, terminó cediendo a las tentaciones de la sucesión monárquica y al llamado de la sangre. Es un buen ejemplo de que perpetuarse en el poder no garantiza la inmortalidad.


sábado, 14 de abril de 2018

Las tortugas que precedieron a los decapitados: “Eros y la doncella”, y el Reino del Terror


Mario Szichman




Nunca pensé que entre mis novelas escribiese una sobre el Reino del Terror, y otra, sobre los ataques a las torres gemelas.
Logré emerger del encasillamiento mental, tras muchos años de persistir en las andanzas y malandanzas de una familia judía, los Pechof, que concluyó en La Trilogía del Mar Dulce, y de aproximadamente una década de indagar en la vida y milagros de los patriotas que conquistaron la independencia de la Gran Colombia. También esa tarea se transfiguró en La Trilogía de la Patria Boba.
Si me preguntan cómo hice para escribirlas, realmente no lo sé. Demoré muchos años porque carecía de método. A veces recordaba ese personaje de la Academia de Lagado, que construía viviendas a partir del techo.
Me salvaron, en gran parte, los libros de autoayuda, especialmente Plot, de Ansen Dibell, y el crítico ruso Mijail Bajtin.
La imaginación dialógica es una de las ideas más luminosas de Bajtin. Voy a abstenerme de ir a mi biblioteca y buscar su libro Problems of Dostoevsky´s Poetics porque, aunque soy un fiel seguidor de los críticos que admiro, la única manera de averiguar su real influencia es a través de las ideas que disemina.
Me impresiona mucho la técnica narrativa de Dostoievski. Y Bajtin dice que su impacto está no en los diálogos del escritor, sino en los ecos de esos diálogos. En Dostoievski, aunque abunda la monomanía, no existe el monólogo. Sí, es cierto, sus personajes hablan muchas veces solos, pero no hay una sola frase que empiece y concluya en ellos. Cada sentencia es retomada por otro interlocutor, reelaborada, y echada nuevamente a rodar.
El conflicto no es sólo entre dos personas que discuten, sino en el interior de cada frase proferida. Es un altercado constante en que las ideas son propuestas y cuestionadas. Y todo se confecciona a través de ese diálogo de perpetua confrontación. Los personajes son vestidos y revestidos de palabras que los convierten en seres de tres dimensiones. Y eso contribuye a la imaginación dialógica.

LAS VERDADES DE UNA MALA ESCRITURA

¿Quién tiene el monopolio de la verdad en las novelas de Dostoievski? Nadie. Simpatizamos con sus héroes, con el Raskolnikof de Crimen y Castigo, con el Príncipe Mishkin de El idiota. Pero apenas tomamos un poco de distancia, descubrimos que sus interlocutores, y especialmente sus villanos, superan a los héroes cuando intentan demostrar cómo sus deplorables motivos resultan laudables.
Dostoievski nunca nos ofrece una fácil solución. Muchos de sus estupendos infames tienen mejores excusas que sus héroes para actuar de manera atroz.
Y como la narrativa –o cualquier producción dramática– es esencialmente un conflicto, cuando más titánica sea la lucha de ideas entre el protagonista y el antagonista, más agradecido estará el lector, quien deberá decidir a quién le otorga su voto de confianza.

NO CEDER ESPACIO

Pude disfrutar de los casi alucinantes beneficios de la imaginación dialógica durante la elaboración del texto de mi novela, Eros y la doncella[i], que transcurre durante el Reino del Terror. Todavía hoy intento recrear cómo ocurrió. Pero el núcleo central es éste: no hay héroes en una Revolución. Y si existen, los matan en la primera jornada. El resto de quienes se encaraman en el poder, son seres terriblemente mediocres, y muy peligrosos.  
Yo tenía un primer draft, sabía hacia donde deseaba dirigirme, contaba con los personajes principales (Robespierre, Danton, Marat), conocía el período en que debían transitar esos personajes, y poseía buenos referentes históricos. Cuarenta años de periodismo no transcurren en vano. ¿A quién se le ocurre investigar quienes fueron los primeros guillotinados? En mi pesquisa, descubrí que se trataba de seres fenecidos de dos tipos: cadáveres de un hospital, y especímenes de tortugas.


Otra pregunta ¿cómo hizo el pintor David para mostrar el rostro agónico de Marat en su bañera? Bueno, David siempre tenía a mano media docena de cadáveres que compraba a un proveedor. Los cadáveres eran guardados en tinas repletas de alcohol o de aguardiente. No duraban más de una semana. Y en el ínterin, si había que usar alguno, se ablandaban sus miembros sumergiéndolos en una bañera de agua caliente.
¿Por qué la ejecución de Robespierre fue tan recordada? Porque Robespierre era un coqueto que empolvaba cotidianamente su peluca con talco. Cuando guillotinaron a Robespierre, se alzó una nube de talco de su empolvada peluca, creando una inolvidable sensación entre los habitués a la Plaza de la Revolución.

Maximiliano Robespierre        

UN PROBLEMA: LA HISTORIA

Pero había una dificultad con Eros y la doncella: estaba colmada de historia. Y allí fue cuando comenzó a funcionar la imaginación dialógica. En frecuentes diálogos por email, la profesora Carmen Virginia Carrillo, editora de todas mis novelas, iba leyendo los capítulos, hacía comentarios. Todo aquello que parecía sacado de un texto de historia aconsejaba eliminarlo o corregirlo. Créanme, la novela creció.
Es increíble. Cuando un novelista escucha las palabras de su personaje reiteradas por la voz de un interlocutor, algo hace clic en su cerebro. En ese sentido, creo que los dramaturgos tienen una enorme ventaja sobre los novelistas. Pues la voz interior nada tiene que ver con la voz exterior. ¿Acaso no quedamos sorprendidos cuando oímos nuestra voz reproducida en un grabador?

SENDEROS NO TRANSITADOS

Esa traducción de la novela a un diálogo entre dos participantes transportó a Eros y la doncella por caminos inesperados. Hizo surgir, como de la galera de un mago, a una pareja, el convencionista Louvet, y su esposa Lodoiska. Son, junto con el general venezolano Francisco de Miranda, el héroe de tres revoluciones, los únicos personajes entrañables en un friso poblado por malvados.
Sin la imaginación dialógica, librada la novela a mi exclusivo criterio, al menos esos tres personajes no hubieran existido. Allí también primó la insistencia de la profesora Carrillo.
Cuando reviso la novela, y la observo intentando olvidar el período previo a su concepción, sigo considerando esos personajes imprescindibles. Pues le brindan humanidad a un escenario de gran guignol donde toda iniquidad hace su nido.

LA NECESIDAD DE DESCENTRAR

En la película El Gatopardo, Luchino Visconti ordenó poner ropas muy costosas, y de época, en guardarropas que permanecían cerrados. Burt Lancaster, quien representaba al personaje principal de la película, le preguntó a Visconti por qué ese gasto que consideraba inútil, pues el espectador nunca vería esas ropas. Y Visconti le respondió que, para él, lo único importante era que los personajes del filme estuvieran enterados de su existencia.
Tal vez –y ojalá– el lector ignore que esa circularidad existe en mi novela, y solo esté interesado en las peripecias de los personajes. Pero para el escritor es importante saber que ha podido manejar el trasfondo, desplazar con seguridad a los seres humanos que habitan su novela.

UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD


La adquisición de un nuevo idioma, la tarea de trabajar y volver a trabajar un texto desde el español y desde el inglés, ha cambiado mi forma de redactar. Hace 30 años me gustaban las frases largas, con muchas cláusulas subordinadas, como las elaboradas por Proust y Faulkner.
En mi segunda etapa como escritor –hubo un hiato de 20 años en que nadie estaba interesado en publicarme– fueron otros los autores que se convirtieron en mi constante compañía.  Primero y principal, Jim Thompson.  Rezo cotidianamente en el altar de Big Jim. Y luego están Faulkner, Flannery O´Connor, el Hemingway de sus primeros cuentos, el Truman Capote de Handcarved Coffins, y todo Kurt Vonnegut.
El grande entre los grandes Leonard Cohen solía decir: I have taken a lot of Prozac, Paxol, Wellbutri, Reflexol, Ritalin and Focalin... I have also studied deeply the philosophies and the religions ... But cheerfulness kept breaking in. Como Cohen, yo también tuve mis altibajos, mis búsquedas, y desencuentros. Por eso es siempre grato encontrar seres humanos que suavizan la melancolía, alientan la euforia, contribuyen a que la alegría se siga desbordando. Y que, además, nos enseñan una nueva manera de escribir.
Creo que en Eros y la doncella, y gracias a la imaginación dialógica compartida con la profesora Carillo, pude probar las nuevas herramientas de la composición literaria.
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 [i] Editorial Verbum, Madrid, 2013. 

miércoles, 11 de abril de 2018

Los delirios de la retórica


Mario Szichman


 "Quiero desgranar los pétalos del florilegio engarzado
por la clarividente y distinguida concepción de este
gran bardo Pepe Radilla, gloria inmarcesible
de las letras contemporáneas, y refulgente
sol de nuestro estado".

De la película Subida al cielo, dirigida por Luis Buñuel


Winston Churchill

Hace algunos años, cuando José Luis Rodríguez Zapatero era presidente del gobierno español, el periódico El País de Madrid le hizo una entrevista. No poseo esa edición, pero estoy seguro de que la entrevista ocupaba numerosas páginas del matutino. Dudo que las declaraciones del señor Rodríguez Zapatero merezcan ocupar varias páginas de un periódico. Dudo que algún político, por más importante que sea, deba fastidiar la atención de los lectores con sus morosas elucubraciones.
Winston Churchill necesitó apenas algunas palabras para explicar al pueblo, en los comienzos de la segunda guerra mundial, que Gran Bretaña estaba al borde del abismo, y que el abismo la estaba contemplando.
El 13 de mayo de 1940, en la Cámara de los Comunes del parlamento del Reino Unido, Churchill les explicó a los ingleses que solo podía prometerles blood, toil, tears and sweat, sangre, trabajo duro, lágrimas y sudor, a fin de enfrentar a las potencias del Eje. ¿Necesitaban los ingleses más información para averiguar qué les esperaba?
En nuestro continente, es imposible encontrar un político que sea conciso y explique de manera didáctica qué se propone hacer.
¿Qué ha hecho del español el idioma de la densidad y de la prosa interminable? ¿Por qué nuestros políticos y profesores no cesan nunca de procrear palabras? ¿Por qué esas peroratas interminables? ¿Es que para gobernar y doblegarnos resulta necesario matarnos de aburrimiento?
¿Existe algo en el español que convoca al rebuscamiento, al perifraseo, la declamación, la elocuencia y la retórica? ¿Por qué el idioma contamina inclusive a políticos que en otras instancias mostraron gran sabiduría política?
Y la epidemia es contagiosa. No solo Juan Perón, Fidel Castro y Hugo Chávez Frías abrumaron a sus resignados oyentes con prolongados discursos donde nada humano les era ajeno. El contagio se ha generalizado. Diputados, gobernadores, alcaldes, a lo largo y lo ancho de nuestra geografía, necesitan matar a sus oyentes por cansancio. ¿Y por qué? ¿Puede acaso la palabra convencer y doblegar los hechos? ¿En qué mundo habitan?

LA PRUDENCIA DE TODA MATANZA

Es fácil memorizar el discurso de Gettysburgh pronunciado por el 19 de noviembre de 1863 en uno de los campos más ensangrentados por la guerra civil.
En la versión que poseo, alcanza exactamente a 246 palabras. Y de esas palabras, dudo que una sola sea redundante. Allí Lincoln indicó que “los muertos no habían muerto en vano”, y que la tarea de los sobrevivientes era demostrar que “el gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo, no debe desaparecer de esta tierra”.
En un lapso inferior a los tres minutos, Lincoln trazó el ideal de los padres fundadores, y delineó las tareas que correspondían al gobierno de Washington para no traicionar ese legado.
Lincoln comenzaba el discurso con esta sentencia:  “Hace 87 años, nuestros padres fundaron en este continente una nueva nación, concebida en libertad y consagrada al principio de que todos los hombres han sido creados iguales”.
¿Imagina el lector a alguno de nuestros presidentes, rectores o caudillos explicando en tres minutos el compromiso de los padres fundadores y de su misión? Lo dudo.
Si el líder tiene que mencionar el lapso acometido a partir de la independencia, no se limitará a resumirlo en la cantidad de años transcurridos. No, cada año merecerá al menos diez minutos de exposición. Cada una de las batallas –siempre ganadas, pues en nuestro continente todos los generales son invictos, y si resultan derrotados, son vencedores morales– se llevará al menos otros treinta minutos.
¿Es que la amplitud de la elocuencia va en dirección inversa a la insignificancia de lo proclamado? ¿Es que sólo un campo de batalla circundado de fosas comunes permite a un líder ser frugal?
¿Por qué un discurso de tres horas para inaugurar un acueducto? ¿Por qué una arenga de ocho horas para denunciar el imperialismo, cuando Yanquis, Go Home, se articula en menos de diez segundos? ¿Por qué transmitir en cadena velatorios políticos seguidos de interminables discursos?
El gran escritor polaco Witold Gombrowicz calificaba esas monsergas, y perdone el lector la crudeza, de “cometer estupro por las orejas”.
¿Ignoran los líderes que quienes los escuchan están concentrados en un anfiteatro simplemente por obligación, aunque la tentación de todos ellos es huir en estampida, y algunos de ellos solo desean irrumpir en los lavatorios a fin de resolver sus humildes necesidades?
Nuestros discursos políticos se han convertido en un sucedáneo de la tortura (aunque ambas prácticas suelen coexistir en perfecta armonía).
Y lo más grave es que quien paladea esas variaciones del suplicio nunca se pone en el lugar de la víctima. ¿Acaso alguno de esos retóricos ha aceptado con humildad sentarse en la audiencia mientras uno de sus clones le propina una alocución inacabable?
En cierta ocasión, un periodista amigo me preguntó si podrá sobrevivir el español en Estados Unidos. Es obvio que sobrevivirá, pues hay varios millones de hispanos que lo hablan.
Y por supuesto que también sobrevivirá en América Latina, en el mundo entero, y especialmente en el espacio cibernético, donde hay extensión suficiente para alojar todos los discursos de nuestros salvadores.
Sí, por supuesto que el español sobrevivirá. Pero no será el español de Baltasar Gracián (“Lo bueno si breve, dos veces bueno”) sino el de los émulos de Rodríguez Zapatero o de Hugo Chávez. Y lamentablemente, no lo hará por sus mejores virtudes, sino por sus peores defectos.